La ira no puede condicionar el voto de la Tierra Sin Mal

Por Fernando Oz

Por motivos de la vida, desde abril vengo estudiando todo lo que puedo sobre la ira. Escribí para esta columna, sin darme cuenta, quince folios donde tomo por las astas la cuestión de la ira. Pero prefiero ir al grano para que el lector gane tiempo.

Como una de esas extrañas paradojas, el electorado de la Tierra Sin Mal se deja ganar por la ira. Lo mismo sucede en buena parte del país. La ira siempre castiga, de manera irracional e indirecta, a quienes no tienen nada que ver en el asunto. Sucede que el gen de la ira suele gobernar las masas.

Veamos el cuadro actual del país. Las casi 116.000 personas que murieron por Covid en el país, la colosal deuda que dejó Mauricio Macri, la fiesta en la Quinta de Olivos, y las alfombras del vacunatorio vip, azuzan el fuego de la ira colectiva.

Cómo no montar en ira cuando el Gobierno informa con optimismo que la tasa de pobreza durante el primer semestre del año se situó en el 40,6 %, con un descenso de apenas 0,3 puntos, y dejan en segundo plano el aumento de la indigencia, es decir de quienes afrontan problemas a diario para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, que son el 10,7 %, 0,2 puntos más respecto al semestre anterior y al primero de 2020.

La tasa de pobreza se había disparado en la segunda mitad del pasado año hasta el 42 %, el mayor nivel registrado desde 2004, cuando Argentina aún trataba de recomponerse de la severa crisis económica de 2001-2002 que hizo que la pobreza llegara a un máximo del 57,5 %. El crecimiento de la pobreza verificado el año pasado se dio en el escenario de la pandemia de Covid-19, con severas restricciones sanitarias que hundieron a una economía que ya había entrado en recesión en 2018, cuando gobernaba Cambiemos.

Al rosario de quejas hay que añadir el fenómeno de la persistente alta inflación -del 50,2 % interanual en junio pasado-, algo que en el país parece patológico. Los aumentos corren por delante de los ingresos y mina el poder adquisitivo de trabajadores, jubilados y las millones de personas que reciben algún tipo de ayuda social por parte del Estado.

Frente a semejante fresco, parecería injusto que Alberto Fernández cargue la romana en soledad. Cristina Fernández de Kirchner, Mauricio Macri, y la manada de serviles, infames, rancios, reaccionarios, miserables, arrogantes, pedantes, demagógicos, oportunistas, que los rodean también son responsables. 

Sucede que las dos partes de la llamada grieta se necesitan mutuamente para sobrevivir y a menudo, son cómplices. Los he visto dándose besos de lengua después de insultarse durante horas en el Congreso y de denunciarse mutuamente en Comodoro Py. Algunos dicen que es una tención necesaria que hace al juego democrático, para el arriba firmante no es más que el juego de unos pocos miserables que se aprovechan de una serie de complejos mecanismos de dominación que ahora no vienen al caso.  

Pero no nos rasguemos las vestiduras, todo eso también es la vida real y alcanza con acercarse a cualquier libro de historia decente para darse cuenta de que no es nada nuevo. La clase política que maneja el país, al igual que en los árboles genealógicos de los vicios, comúnmente se encuentra emparentada. Pero no todo es lo mismo, como en todos los ámbitos, siempre hay un justo en Sodoma.

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La renovación, en la Tierra Sin Mal, quedó en medio de ese fuego cruzado y si el 14 de noviembre no se los apoya es posible que pierdan una banca. No son santos de mi devoción, pero convengamos que sus diputados nos garantizan poco de racionalidad en cuanto a los intereses de una provincia que siempre fue relegada.

Hay que atreverse a poner las cosas en su lugar. Sé cómo suena el concierto en el Congreso. No creo que Martín Arjol vaya a levantar la mano en contra de los intereses de la asociación de Juntos por el Cambio, tampoco tiene qué ofrecer, será uno más en aquella pelea estúpida que tanto daño de ha hecho al país. No digo que sea una mala persona, digo que estará condicionado a que le retiren la membresía del club. Lo mismo pasaría con Isaac Lenguaza, sin más.

Para el elector con los pies en Misiones no es lo mismo votar al macrismo, al kirchnerismo, o al misionerismo. Optar por cualquiera de los dos primeros es avivar las llamas de la grieta, de la ira. No digo que votar a Juntos por el Cambio es lo mismo que optar por el Frente de Todos, son dos modelos diferentes. Pero ambos son parte del mismo problema.  

La tercera opción, para el electorado misionero, es sinónimo de voto útil. Apoyar al bloque renovador es fortalecer a una patrulla propia en territorio hostil. Los renovadores han venido utilizando al Congreso como los fenicios al Mediterráneo. Los he visto juntar orín en las puertas de diferentes ministerios para ver si traían algo a la provincia. Los he visto hasta llorar por tener que votar leyes que no querían votar, pero terminaban haciéndolo por la patria chica, la que los esperaba a poco más de mil kilómetros.   

Después está la macropolítica. Quisiera ver a Martín Arjol votando una reforma de flexibilización laboral que elimine la indemnización por despido y facilite el despido de trabajadores. La oposición aprendió a jugar con los débiles nervios del oficialismo, ya lo hizo en 2015 y ahora buscan generar un clima hostil para llegar a 2023 con el país en llamas. Claro que la inoperancia del Gobierno hace lo suyo. El voto ira suele marcar el paso de los pueblos incultos.

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La ira es una de las cinco o seis emociones universales. Es una emoción desencadenada por la aparición de un obstáculo que bloquea el desarrollo de los deseos o las expectativas. Siempre es un movimiento “contra” y puede resultar fatal.

Suele convertirse en pasión y en vicio cuando es violenta, duradera, aceptada, y al hacer perder el control, pasa con facilidad a la acción. Es una locura breve. La observé en varios ojos, en diferentes circunstancias, con mayor o menor intensidad.

No me extraña que la base del principal pilar de la historia de la literatura de occidente sea un canto a la ira. Me refiero a la ira de Aquiles, en la Ilíada. Pero es que era lógico, los pensadores griegos estuvieron obsesionados con el asunto de la ira. La consideraban, junto a la lujuria, como la pasión más feroz, intensa y peligrosa.

Lo de Platón siempre resulta maravilloso. En su mito del auriga –Alegoría del carro alado– presenta el alma como un carro movido por dos violentos corceles, uno blanco y otro negro. El primero representa el ánimo, el impulso. El segundo es el deseo. Después aparece el conductor del carro, lo que simboliza la razón. No me digan que no es una imagen fantástica.

Los romanos también se ocuparon de la cuestión. Séneca, que dedicó al tema un libro entero, pensaba que era la más destructiva y peligrosa de las pasiones. Para los poetas Virgilio y Horacio la palabra ira significan pasión o deseo violento. Y podríamos seguir dándole vueltas al asunto hasta nuestros días.

Ya lo he dicho en otro momento. En Argentina la gente nunca vota a favor, lo hace en contra de. Lo hace con ira. Pero no sucede sólo aquí, hoy es un fenómeno que crece en varias latitudes y tiene cánones similares. Miren a Vox en España, qué mayor ejemplo de la ira.

Cuando alguien se atreve a dar un discurso que sale del clásico: conmigo o contra mi, le llueven de todos lados los misiles. Pero cómo puede ser que usted no está en éste o en aquel bando. Súmese a la ira, porque la división así lo necesita. 

Pero hay un antídoto y se llama cultura. Necesitamos políticos cultos que se arriesguen a la educación de un pueblo libre, para que luego sea el pueblo quien asuma su propia responsabilidad. El argentino no es inocente, también somos cómplices de lo que ocurre.

Si en la Tierra Sin Mal se vota con ira, vamos a ser cómplices de la vileza, la infamia, la demagogia y la estupidez de la clase política predominante. Prefiero el voto útil y luego arreglar nuestros propios entuertos, como lo hicieron los griegos y los espartanos después de frenar el avance de los persas.   

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#PA.

10 de octubre de 2021.

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