A quien corresponda

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Por Fernando Oz

Uno de los personajes que más me gustan de la historia es Martín Lutero, el monje agustino que en 1517 se enfrentó al poder de Roma cuando decidió colgar en la puerta de la capilla de Wittemberg las 95 Tesis, una dura crítica teológica hacia el Papa y la Iglesia Católica. El negocio que se generó en torno a la venta de indulgencias fue el principal motivo que lo empujó a romper con el poder de aquella época.

Lutero tuvo una vida apasionante. Nació en 1483 en un pueblo llamado Eisleben (Alemania), en una familia de origen humilde. Le gustaba la música, obtuvo un título en arte y luego hizo una maestría, su objetivo era estudiar derecho, pero su vocación sacerdotal se adelantó.

Fue durante un viaje a Roma donde el monje alemán se encontró con un cinismo que lo impactó profundamente. Allí fue donde llegó a la conclusión de que no necesitaba de la institución de la Iglesia para llegar al cielo. Para él, la salvación era un regalo de Dios, un regalo que se recibía a través de la fe, y eso significaba que la Iglesia no tenía el derecho de vender la redención.

En aquellos tiempos la Iglesia era el centro de la vida, su poder se encontraba en el gran consuelo que prometía. Si se seguían sus reglas y se realizaban sus rituales, uno podía escapar de los horrores de este mundo y encontrar la felicidad eterna en el paraíso. La Iglesia tenía tanto control en la vida sobre la tierra como sobre la vida en el cielo. Sus reglas y sus leyes penetraban en cada aspecto de la vida cotidiana. Eran ellos los que declaraban qué nacimientos eran legítimos, qué matrimonios eran legales, y qué testamentos eran validos. La Iglesia no pedía el apoyo de su gente, simplemente lo exigía y lo requería. Tenía el poder para exigir diezmos, que no eran contribuciones voluntarias.

Las 95 tesis, esa furiosa letanía de críticas escritas en latín durante la noche del 31 de octubre de 1517, se extendieron como un incendio por toda Alemania y colocaron a Lutero y a toda Europa en un camino que nadie había previsto. Quién iba a pensar que se iba a levantar tal tormenta en Roma por un simple pedazo de papel. El enojo del Papa León X no era tanto por la crítica hacia él, sino porque las tesis se habían vuelto enormemente populares y eso podía hacer temblar al poder de la Iglesia.

Lutero se enfrentó al poder de la Iglesia con un estilo inédito para la época, utilizó un arma que nunca antes había sido utilizada: la imprenta. Menos de setenta años antes, Johannes Gutenberg, otro alemán, había perfeccionado la primera imprenta del mundo. Muchas imprentas ya comenzaban a hacer circular libros y panfletos.

El trabajo de Lutero fue copiado y llevado a la imprenta. En aquel momento, el monje rebelde se estaba convirtiendo en uno de los autores más vendidos de la historia. En Roma los escritos causaban una creciente furia.

León X intentó que Lutero se arrepienta, que se retracte de cada uno de los puntos de las 95 Tesis, y envió a un cardenal para que lo interrogara. Durante el juicio el embajador del Papa tenía un solo pedido: que el monje se desdijera ante todos.

“Lo siento, esto es en lo que yo creo, me lo dice mi conciencia y no puedo hacer otra cosa”, dijo Lutero después de fundamentar los motivos de su postura. No aceptó la autoridad del Papa ni de los concilios. Su declaración marcó el inicio de una nueva era, la de las personas comunes revelándose contra la autoridad, fue un emerger definitivo de nuestro entendimiento de la libertad personal e institucional.

El Papa León X lo persiguió, en 1520 lo excomulgó y lo desterró del imperio. Cuando la bula papal llegó a manos de Lutero la prendió fuego, toda una declaración de guerra.

Después escribió otros textos, uno de ellos fue dirigido a la nobleza cristiana de Alemania, el pequeño panfleto fue un golpe devastador. Esta vez no se dirigió al clero, sino a los dirigentes seculares. Los escritos de Lutero concentraban una audiencia cada vez mayor. Tenía buena pluma, era ingenioso, divertido, sarcástico, sagaz.

Eran temas del momento para un gran número de personas: La economía, el poder de la Iglesia, la salvación. Todo aquello se volvió un tema de discusión. Las primeras víctimas fueron los libros de Lutero, el poder del momento se ocupó de quemar cada ejemplar que encontraba. Aquella práctica se utilizó incontables veces a lo largo de la historia. La siguiente víctima era el propio Lutero, las mismas llamas en las que ardía su obra esperaban por él.

“El Papa debería controlarse y sacar sus dedos del pastel”, escribió en un texto, que si no recuerdo mal, lo tituló: El Cautiverio Babilónico de la Iglesia. El monje rebelde atacó al sistema de sacramentos, ni más ni menos que la base del poder de la Iglesia.

Cuando la bola de nieve ya había crecido, por razones políticas o de pura conciencia, Federico III de Sajonia, conocido como Federico el Sabio, decidió proteger discretamente al ruidoso teólogo y se negó a entregarlo a los agentes del Papa. Luego ordenó raptarlo y esconderlo en un castillo. Lutero, sin quererlo, había comenzado una revolución: había llegado el momento de la reforma.

El torrente de reformas que Lutero impulsó fue imparable. El protestantismo se extendió por Alemania, Holanda, Bélgica, Francia, Inglaterra y hasta el nuevo continente. En 1522 organizó su propia iglesia y dos años después se casó con una ex monja llamada Catalina.

“Cuando muera quiero ser un fantasma para poder seguir molestando a los obispos, sacerdotes, monjes y dioses, hasta que tengan más problemas con un Lutero muerto que los que pudieron haber tenido con mil Luteros vivos”. Murió de una ataque cardíaco después de un viaje a su pueblo natal.

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Cuando estoy en el cantón de Berna, capital de la Tierra Sin Mal, me encanta sentarme sobre las escaleras de la entrada al Instituto Gutenberg, al lado de una vieja linotipo, a que me pegue el sol de la tarde. Amo leer en ese lugar.

De algún modo, Martín Lutero liberó la relación del hombre con Dios. Pero más allá de las cuestiones de fe, creo que su gesta es un monumento a la libertad de conciencia. Aquel monje irreverente, al menos para el poder de su época, deseaba creer con libertad y no ser un esclavo de la autoridad de nadie.  

Pese a las presiones, Lutero permaneció fiel a sus principios y a su trabajo. A través de sus escritos discutía con el Papa y poder de turno. Lo que fue la imprenta para él, fue internet para la Primavera Árabe. Las ideas viajan y no se las puede detener.

Hace algún tiempo dije que #PuenteAereo comenzó siendo como una carta dentro de una botella que fue arrojada al mar. Hoy es un pequeño bergantín con media docena de cañones y una patente de corso vencida.  ♣♣♣

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