La salud mental como problema político

La salud mental como problema político

Por Adrián Machado


Un viejo texto de Mark Fisher sirve para pensar la relevancia de una enfermedad que no puede ser restringida únicamente al ámbito de lo privado.

El escritor inglés, fallecido en 2017, publicó en 2012 una columna en el periódico inglés The Guardian en la que hacía referencia a la salud mental como problema político. Retomaba una polémica desatada en el Reino Unido en el que sectores de derecha afirmaban que no se producían suicidios debido a la quita de beneficios sociales ocurrida poco tiempo atrás.

“Los suicidios por los beneficios sociales no existen. El suicidio es un problema de salud mental”, señaló un antiguo funcionario laborista. Ese comentario fue levantado por diferentes tuiteros y editorialistas de la derecha en Reino Unido. Fisher dice que tres líneas argumentales fueron las que se utilizaron contra la idea de afectación a la salud mental debido a la quita de ingresos:

  • Los subsidios no fueron causados por los cambios en los beneficios sociales, por lo que mencionarlos es un acto de explotación oportunista
  • Si fueron causados por las reformas, no son argumentos para abandonarlas (es decir, no son las reformas en sí, sino la aplicación de las mismas, faltó contención para quienes tuvieron que volver a salir al mercado laboral, por ejemplo)
  • El suicidio no es un acto racional, por lo que no puede tener un significado político

Más allá del porqué de los suicidios, Fisher arremete contra la idea de la no utilización del argumento del suicidio a causa de legislaciones nocivas. “Si el hecho de que una persona muera como consecuencia de la implementación de medidas no puede ser utilizado como evidencia de que la legislación tiene efectos nocivos, ¿qué más podría serlo?”, inquiere.

La racionalidad esgrimida como núcleo argumental central es discutida por el autor de “Realismo Capitalista”, ya que la capacidad de actuar racionalmente por quienes sufren enfermedades mentales está afectada severamente, por lo que deben ser protegidos. La falla garrafal estatal en cuanto a la contención de los pacientes que debían volver a trabajar también es resaltada por Fisher.

El argumento central puesto en discusión por el ensayista británico es el que fue sostenido desde sectores reaccionarios y afirmaba que se había “politizado” a la salud mental ante las críticas sobre los suicidios. El punto es el opuesto, afirma el filósofo, las enfermedades mentales han sido despolitizadas y se acepta sin problemas que la depresión sea la enfermedad más tratada (tiempos pre-covid) por el Servicio Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés).

Una de las características del trabajo de Fisher es haber considerado frecuentemente al estrés como “privatizado”, desde los ’80 con Margaret Thatcher pasando por el Nuevo Laborismo de Tony Blair y los gobiernos de coalición que lo sucedieron. Los salarios se estancaron, las condiciones laborales se precarizaron, el desempleo aumentó. La mayor razón reportada por quienes sufren de depresión es la ansiedad, y la solución recetada fue la medicalización. El daño causado por la destrucción de la solidaridad y la seguridad tuvo como respuesta la visita al médico clínico o, si se tenía suerte, al terapeuta.

Las causas sociales son obviadas por la corriente de tratamiento dominante, ya sean terapéuticas o de la industria farmacéutica, es más fácil de sostener que las razones de la depresión se encuentran en la química individual del cerebro o en raíces de la temprana infancia del sujeto. Y la mayoría de los desórdenes pueden ser tratados con drogas.

Fisher cita al terapeuta David Smail, quien sostiene que la famosa frase de Thatcher sobre que la sociedad no existe, sino solo los individuos y sus familias, encuentra “un eco no reconocido en casi todos los acercamientos a la terapia”. Los primeros años de una persona son evaluados y se combina con dosis de autoayuda, donde el sujeto puede transformase en amo de su destino.

La idea de convertirse, con la ayuda de un terapista o consejero, en alguien capaz de cambiar su destino y eliminar la angustia que lo molesta, es definida por Smail como “voluntarismo mágico”, reseña Fisher.

La depresión es el lado oscuro de la cultura empresarial, allí el voluntarismo mágico se encuentra con las oportunidades limitadas. Los ricos son los ganadores y el acceso a la cima está abierto para cualquiera que tenga el deseo de lograrlo, no importan tus orígenes familiares, étnicos o sociales, y si no lo lográs solo hay una persona a la que culpar.

La culpa debe ser ubicada en otro lugar, dice Fisher, revertir la privatización del estrés y considerar a la salud mental como un problema político.

A pesar de tener casi una década, la reflexión sigue siendo válida, debido a que es una problemática que pasa desapercibida por todo el espectro político, así como por buena parte de la sociedad. ♣♣♣

#PA.