Futuro cercano

Cripto, energía y conflictividad social: la actualidad de Estados Unidos Y Kazajistán unida a través de la especulación en detrimento de la economía real.

En Estados Unidos, en 2022, existe una guerra cultural despiadada y en espiral, combinada con una enorme burbuja de precios de los activos alimentada por dos años de dinero de estímulo, todo ello apoyado en una economía real increíblemente tenue, sacudida por la pandemia.

Hamilton Nolan señala que la base de todo lo que está ocurriendo ahora es una especie de política nihilista tardía alimentada puramente por las guerras culturales: una huida casi primitiva de la racionalidad impulsada por medio siglo de creciente desigualdad y desmoronamiento de la fe en instituciones públicas ineficaces. El sueño americano ha muerto: a los niños ya no les va mejor que a sus padres. El sueño de un hogar con un solo ingreso se ha acabado. En su lugar han surgido la economía colaborativa, la aplastante deuda estudiantil, la muerte de los sindicatos y la precarización generalizada. Los ricos son inimaginablemente más ricos, y todos los demás hacen girar sus ruedas. La respuesta republicana ha sido la guerra cultural, en lugar de redistribuir la riqueza. Prima el identitarismo.

Los paquetes de estímulo otorgados por el gobierno de EEUU para paliar los efectos de la pandemia han tenido diversos destinos que alimentan distintas burbujas. El caso de GameStop es significativo en cuanto al frenético ritmo de auge y descenso de acciones bursátiles. En el mismo sendero se inscriben las criptomonedas y los NFT: los billones de dólares en los que están valuados no se basan en ninguna utilidad fundamental, sino en la idea de que siempre habrá alguien más que te pague más de lo que gastaste en tu moneda.

Nolan señala que las cripto no son monedas, debido a la enorme fluctuación de valor. Son objetos de colección, puros objetos especulativos con cero valor intrínseco. Si compras una acción, posees una parte de un negocio; si compras una casa, aunque el precio baje, sigues teniendo una casa. Si compra un Bitcoin, no tiene nada más que el título de un trozo de código informático que no puede hacer absolutamente nada por vos, excepto en la medida en que se pueda inducir a otra persona a pagarle dinero por él. En medio de un furor como el actual, el precio de estos activos tiende a subir, porque el sentimiento colectivo es que los precios subirán. Cuando ese sentimiento cambia -ya sea por miedo o por algún acontecimiento que haga que los tenedores de criptomonedas necesiten cobrar- el precio caerá en picada. Esta dinámica básica se ha demostrado un millón de veces en la historia financiera, a menudo por activos con mucha más sustancia que el cripto.

La ilusión de la descentralización, de un lugar utópico sin jerarquías, es uno de los incentivos más importantes en la captación de inversores. Claro que los controles existen, y como la mayoría de las cosas, lo ejercen algunos cuantos ricos.

La caída de las criptomonedas está destinada a ocurrir por la misma razón que todos los esquemas Ponzi acaban por desmoronarse: No hay una oferta infinita de nuevas personas dispuestas a pagar precios cada vez más altos por las cosas que se poseen actualmente. La cuestión más interesante no es si muchos pequeños inversores perderán mucho dinero en sus inversiones en cripto, sino qué ocurrirá cuando lo hagan.

La reflexión final de Nolan es que la fuerte desilusión tornará en una radicalización aun mayor y ese enfado se catalizará en la ultraderecha. Eso se percibe ahora, en menor intensidad, una especie de libertarismo de derecha que pulula en la nueva Iglesia criptoevangélica.

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Mineros kazajos

El trasfondo de la protesta por el precio de la energía en Kazajistán -que derivó en un intento de golpe de estado a través de una revolución de color financiada por los mismos de siempre- también encuentra a las criptomonedas en el centro de la escena. El país asiático, que dobló sus precios energéticos, se ha convertido en el hogar del 18% de toda la minería/transacciones de Bitcoin del mundo.

Casi una quinta parte del hashrate de Bitcoin (esencialmente la minería y la verificación de las transacciones) está en Kazajstán, donde ahora hay cortes de electricidad e internet, escasez de combustible y protestas callejeras.

Los criptoevangelistas afirman que las cripto incentivan la inversión en energías renovables, cuando ocurre lo contrario: la búsqueda de combustibles baratos y sucios -fósiles- es el principal objetivo. Además de Kazajistán, Irán y Kosovo albergan buena cantidad de criptomineros. La energía subsidiada y laxas regulaciones gubernamentales es la combinación perfecta para estas compañías.

Claro que la minería blockchain no consume petróleo ni gas natural…directamente. En estas situaciones conviene aclarar hasta lo obvio, puesto que las centrales eléctricas para funcionar utilizan los combustibles anteriormente citados.

Tampoco es una situación lineal, existen múltiples aristas que exceden a este artículo que conjugan el presente kazajo. No se afirma que el Bitcoin produjo la crisis, pero si que tuvo su cuota en la misma.

El desenlace de la crisis nos mostrará, entre otras cuestiones, si la minería de Bitcoin continúa en aquel país o se muda a otro más amigable, en el que ninguna protesta interrumpa el arte de minar.

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#PA.

9 de enero de 2022.

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