El Comunismo Ácido de Fisher

Por Adrián Machado

La introducción inconclusa de lo que hubiera sido su último libro plantea la idea de la superación del individualismo neoliberal impuesto hace más de cuatro décadas por una conjunción que hoy parece imposible, pero no lo era en las décadas del sesenta y setenta: “la convergencia de la conciencia de clase con la autoconciencia feminista y la conciencia psicodélica, la fusión de nuevos movimientos sociales con un proyecto comunista, una estetización sin precedentes de la vida cotidiana”.

Hace unos pocos meses, la editorial Caja Negra completó la recopilación de Mark Fisher, englobada dentro de la serie de escritos denominada K-Punk (la K es de Cyber en griego, Kuber, y era el nombre del blog que supo tener el autor inglés). Esta tercera, y última edición (ya no habrá más Fisher para leer), contiene reflexiones, ensayos, entrevistas, y la introducción inconclusa de lo que sería su próximo libro: Comunismo Ácido. Recordemos que Fisher murió por propia voluntad en 2017, a los 48 años.

La idea central del libro, dice Fisher, es que en los últimos cuarenta años no se ha buscado otra cosa que exorcizar “el fantasma de un mundo que puede ser libre”. “En la izquierda llevamos mucho tiempo equivocándonos: no es que nosotros seamos anticapitalistas, sino que el capitalismo, con sus policías munidos de máscaras y gases lacrimógenos, con todas las sutilezas teológicas de su economía, se propone bloquear la emergencia de una Abundancia Roja -un nuevo asalto de la utopía comunista-”, apunta.

Una de las características que lo hacen atractivo como pensador es su heterogeneidad para el análisis; fue crítico cultural, filósofo, docente, rockero y bloguero. Por ejemplo, no pierde el pulso ni el ritmo narrativo al examinar alguna serie o película desde la filosofía francesa, y al mismo tiempo, contestarle a algún otro bloguero. Su capacidad retórica y analítica es envidiable.

Quien fuera docente de la Universidad de Warwick señala en su introducción inconclusa que la mejor manera de entender al neoliberalismo es pensarlo “como un proyecto orientado a la destrucción de los experimentos de socialismo democrático y comunismo libertario que afloraban a finales de los sesenta y principios de los setenta, al punto de volverlos impensables”.

Fisher es hartamente citado por su frase, mezcla de sampleo y slogan entre Jameson y Zizek, de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. En esa línea se inscribe la idea de “realismo capitalista”, es decir, la aceptación resignada de que no hay alternativa al capitalismo. El autor sitúa el origen de esta sensación en el golpe sufrido por Salvador Allende en Chile el 11 de septiembre de 1973. “¿Por qué? Porque ahí estaba todo lo que el capital temía. Porque no era el estereotipo soviético de una burocracia estalinista de arriba abajo, un triste monolito. Chile contaba con un sistema socialista de internet, Cybersyn System, un modelo que buscaba devolver el poder a los trabajadores hacia una democracia en su propio lugar de trabajo”, relataba así en una de sus últimas conferencias brindadas, el 23 de febrero de 2016 en Londres en el marco de una actividad del CCI Collective bajo el nombre de “All of this is temporary”.

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Fisher explora a los teóricos de Frankfurt Herbert Marcuse y Theodor Adorno para allanar el camino hacia su argumento principal. En el caso del primero, señala que la crítica realizada varias décadas atrás acerca de la administración total de la vida y la subjetividad por parte del capitalismo sigue teniendo resonancia en el presente. Adorno, por su parte, ha ahondado en las heridas de una vida dañada bajo el capitalismo.

Marcuse ya había anticipado la impugnación que implicaba la contracultura a un mundo dominado por el trabajo sin sentido, este aspecto (la contracultura) es central en la propuesta inacabada de Fisher para su idea de comunismo: “A Marcuse le preocupaba la popularización de la vanguardia; no por un temor elitista de que la democratización de la cultura corrompiera la pureza del arte, sino porque la absorción del arte por parte de los espacios administrados por el comercio capitalista disimulaba su incapacidad con la contracultura del capitalismo”.

La década del setenta (y el estertor final de los sesenta) acecha el presente, luego de ser brutalmente sepultada, según Fisher, por las potencialidades que se habían materializado y empezado a democratizar. El proyecto de una vida libre de la constante monotonía del trabajo es incompatible con el capital.

Quien anticipó mejor que Marcuse la capacidad del capitalismo del siglo XXI para generar trabajo excesivo y administrar el tiempo por fuera del trabajo remunerado (el sueño es una de las áreas privadas aun) fue Philip K. Dick, con la penetración de la comunicación corporativa, el entretenimiento, el ocio, en gran parte de las áreas de la conciencia y de la vida cotidiana.

La mutación capitalista también había sido abordada por Fisher en la conferencia citada, cuando comparó las distintas formas de producción: “Ellos debían producir y ser explotados para producir, donde la mercancía estaba separada de los trabajadores como un extracto de su labor. Ahora, en cambio, tenemos una forma de explotación más directa: ya no de la mercancía sino de la promoción de uno. ¿Por qué podrías ser inducido a trabajar por nada, en particular si estás en el sector cultural? Porque debes promoverte a ti mismo y recibir remuneración promocional. Y esta inyección de promovernos a todas horas es ahora nuestra segunda naturaleza -y ciertamente naturalizada a través de las redes sociales-. Y, nuevamente, es algo en lo que no pensamos. Lo que permite esto es la fantasía de que el capital puede vivir enteramente sin trabajadores: ‘¡te hace a ti un favor!’. Puesto que es el trabajo el que te permite desarrollar y acumular esta suerte de capital de reputación”.

El caso de las plataformas, las apps, y demás instrumentos del ecosistema digital, y su “gratuidad” es fundamental para entender la autopromoción: “la razón de que el capital prácticamente los regale [a los smartphones] es porque permite esta forma de súper explotación -donde nunca estás libre del trabajo, del espectro del trabajo, o del espectro de la ansiedad-. Por supuesto, esto no significa que todos estemos empleados, sino que la clave es que no lo estemos aunque siempre dispuestos a ello”.

Al igual que en textos anteriores, Fisher retoma el concepto de hauntología (central en su obra), al afirmar que el pasado no ha ocurrido, hay que narrarlo constantemente y liberar sus potenciales. Ese concepto ya lo había definido Jacques Derrida, y consiste en los futuros perdidos, las cosas que nunca ocurrieron pero que podrían haberlo hecho.

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“El fracaso de la izquierda después de los sesenta tuvo mucho que ver con su repudio hacia los sueños desatados por la contracultura, y con su incapacidad para implicarse en ellos. En la captura de estas nuevas corrientes por parte de la nueva derecha, y en su implementación para su propio proyecto de individualización obligatoria y trabajo excesivo, no había nada inevitable”, define Fisher y explica que el libro regresaría constantemente a esas dos décadas porque el ascenso y establecimiento del realismo capitalista no podría haber ocurrido sin los relatos que las fuerzas reaccionarias elaboraron acerca de los sesenta y setenta. “El individualismo obligatorio impuesto por el neoliberalismo era una nueva forma de individualismo, una definida en oposición a diferentes formas de lo colectivo que se habían proclamado en los sesenta”, profundiza el autor.

Ese proceso, espectro en términos del filósofo inglés, es lo que define como “Comunismo Ácido”, un concepto que es a la vez provocación, promesa y broma. Señala algo que en los setenta parecía inevitable y hoy es asumido como imposible: “la convergencia de la conciencia de clase con la autoconciencia feminista y la conciencia psicodélica, la fusión de nuevos movimientos sociales con un proyecto comunista, una estetización sin precedentes de la vida cotidiana”.

Aquel escenario es difícil de percibir como posible desde el presente, el extendido rechazo de la validación personal únicamente a través del empleo remunerado era un rechazo a la mirada burguesa en general. El conflicto de clases no estaba por desaparecer, pero los trabajadores y el capital, en sociedades como las del Reino Unido y los Estados Unidos, lo aceptaban como un rasgo permanente de la organización social. Con una organización sindical fuerte y una baja tasa de desempleo, las expectativas eran altas. Es más, se podría aventurar una adopción de políticas de tinte socialistas más que el resurgimiento y reinado absoluto del neoliberalismo, como efectivamente sucedió.

En el plano contracultural, las aspiraciones de la clase trabajadora no implicaban una movilidad de clase cuyo ascenso se verificara en convertirse en parte de la clase burguesa. Fisher se recuesta en lo afirmado por la crítica cultural Ellen Willis, quien expresaba que la política de la contracultura se oponía al capitalismo, pero esto no implicaba un rechazo directo de todo aquello que se producía en el campo capitalista. “Las mercancías podían ser, en sí mismas, medios de propagación de corrientes de rebeldía”, concluía Fisher con esta sentencia que revela la idea imanentista de trabajar con las herramientas que ofrece el sistema.

Este tipo de liberación o formulación de un “comunismo completo” (al decir de Nikita Kruschev), era bloqueado, según Fisher, tanto por derecha como por izquierda. En esta última corriente ideológica identifica como una figura bloqueadora al defensor complaciente de los sindicatos o de la socialdemocracia de la Guerra Fría.

“La otra figura, que quisiera llamar el Superyó Leninista Estricto, se define por el rechazo a toda concesión. Según Freud, el superyó se caracteriza por la naturaleza excesiva, tanto en términos cuantitativos como cualitativos de sus demandas: hagamos lo que hagamos, jamás es suficiente”, caracteriza uno de los fundadores de la CCRU en una sentencia que resuena con total actualidad.

Por un lado, si los líderes del trabajo organizado se comprometen con el statu quo, el Superyó Leninista Estricto apuesta todo por un mundo absolutamente diferente. Esta revolución era distinta de la imaginada por Willis, y que yacía en la contracultura, como una “revolución social y psíquica de una magnitud casi inconcebible”, ya que sería más inmediata (afectaría fundamentalmente como se organizaban el cuidado y las tareas domésticas, por ejemplo) y de un alcance mayor.

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“En retrospectiva, uno de los rasgos más notables de la cultura psicodélica de los sesenta era la forma en las que llevó estas preguntas metafísicas al mainstream. La psicodelia no era nueva; muchas sociedades precapitalistas habían incorporado visiones psicodélicas y el uso de alucinógenos en sus prácticas rituales. Lo que era nuevo era la liberación de la psicodelia de la ritualización de espacios y tiempos particulares, y del control de practicantes específicos, como hechiceros y chamanes. Los experimentos con la consciencia estaban ahora, en principio, abiertos a cualquiera”, detalla Fisher y hace una importante aclaración a continuación.

Las experiencias psicodélicas no se limitaban a las personas que consumían drogas. Los medios masivos incorporaban conceptos psicodélicos al mainstream, el ingreso de la televisión consolida la caída de la separación entre sueño y realidad que había comenzado el cine ingresando al espacio “privado” del hogar. Como en todo su trabajo previo, Mark Fisher explora y analiza la música de aquel momento: el giro psicodélico de los Beatles está presente, así como la experimentación de Whitfield y el trabajo del recientemente fallecido Lee “Scratch” Perry. “Los espacios sonoros que abrieron también se enfocaban en una experiencia temporal particular: un tiempo distendido, a la vez despojado y poblado de extrañas formas sonoras muy poco habituales, que invitaban al oyente a una profunda inmersión en el momento presente, mientras lo envolvían en pulsos y patrones rítmicos. Este nuevo espacio-tiempo sería luego revisitado y renovado por exploradores como Tom Moulton, Larry Levan y Walter Gibbons: los inventores del track extendido de la música dance, que luego sería la base de géneros psicodélicos como el house, el techno y el jungle”, especifica el autor.

El periodista Greil Marcus es citado por su ensayo de 1975 acerca de Sly and the Family, “El mito de Stagger Lee”: “El verdadero triunfo de Sly era que contaba con ambas cosas. Cada matiz de su estilo, desde su ostentosa vestimenta hasta la originalidad de su música pasando por sus explosivas actuaciones en directo, dejaba patente su independencia. Si la esencia de su música era la libertad, nadie era más agresivo y creativamente libre que él. Y aun había sitio para todo el mundo en esa América de un grupo formado por blancos y negros, hombres y mujeres que cantaban ‘different strokes for different folks’ (golpes diversos para gente diversa). Y que subían al escenario para mostrar al público que significaba aquella idea de independencia”.

“Este nuevo tipo de trabajador, que ‘fumaba porro, socializaba de manera interracial y soñaba con un mundo en el que el trabajo tuviera algún sentido’, quería un control democrático tanto de su lugar de trabajo como de su sindicato”, sentencia y suma lo dicho por Franco “Bifo” Berardi sobre que el trabajador que se estaba gestando tampoco tenía “nada que ver con la ideología socialista de un sistema apropiado por el Estado. El elemento central detrás de su protesta era un rechazo masivo de la tristeza del trabajo. Aquellos jóvenes trabajadores tenían mucho más que ver con el movimiento hippie que, mucho más que ver con la historia de la vanguardia”.

La percepción del tiempo entre la psicodelia contracultural analizada en el texto y la aceleración del capital donde predomina la ansiedad y no hay descanso es un atractivo contraste realizado por el crítico cultural: “Pensemos en la imagen estereotípica del tiempo psicodélico de la contracultura: el tiempo era dilatado, y mientras urgencias más lentas eran removidas más lucidez y diferentes tipos de sueños experimentaban. ¿Qué es la ideología sino una forma de soñar el tiempo que vivimos? Y el sueño en que vivimos hoy es el sueño de una ansiedad constante dominado por las urgencias. ¿Cómo son los sueños de la ansiedad? Si hay una cosa que debemos hacer, no podremos pensar en nada excepto en esta cosa y, por supuesto, cuando la terminamos, otra más llega -y debemos olvidar aquella que previamente habíamos realizado-”.

El antropólogo David Graeber afirmaba que el neoliberalismo no es una estrategia económica sino una estrategia política, la cual siempre pone por encima toda meta política sobre las económicas. La meta política de subordinar a los trabajadores, de eliminar otro uso del tiempo –esta impresión de un tiempo abierto–, es la meta número uno porque el espectro del tiempo es “encantatorio”. El motor de la derecha capitalista, el por qué se organizan tanto contra los beneficios de las personas, es porque las personas odian sus trabajos. Así que deben generar toda una aversión hacia y para la gente que no está trabajando.

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El corolario de esta introducción inconclusa a “Comunismo Ácido” es que hay que recuperar el optimismo de ese momento específico de los setenta, al igual que debe analizarse meticulosamente toda la maquinaria desplegada por el capital para transformar la confianza en abatimiento: “Entender como funcionó este proceso de deflación de la conciencia es el primer paso para revertirlo”, remata Fisher.

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#PA.

19 de septiembre de 2021.

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