California Dreamin’

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Por Adrián Machado


El avance del tecnoliberalismo es analizado en detalle por Eric Sadin en “La Silicolonización del Mundo”.

Google, Apple, Facebook, Uber y Netflix tienen en común haberse gestado en la cuna de las tecnologías digitales: Silicon Valley. Ese “lejano oeste” estadounidense, lugar de afiebrados buscadores de oro, que se convirtió luego de la segunda guerra mundial en el centro del desarrollo militar e informático, hoy es el eje de un continuum innovador que dice obrar por el bien de la humanidad en su conjunto, pero rediseña nuestras vidas con fines privados.

“La Silicolonización del Mundo, la irresistible expansión del liberalismo digital”, se titula el libro de Eric Sadin. Escritor y filósofo francés, investiga acerca de las relaciones entre tecnología y sociedad. En distintos artículos ha trazado diagnósticos sobre la contemporaneidad y sus prácticas en función del impacto que los artefactos tecnológicos producen en la humanidad.

El valle de silicio no es únicamente un territorio, es un espíritu que pretende colonizar el mundo a través de diversos promotores símil misioneros que predican las bondades del modelo y de actores políticos que fomentan la creación de “valles” digitales e incubadoras en todo el globo.

Lo que se instala no es solo un modelo económico, sino un modelo civilizatorio: “la industria de la vida”, afirma Sadin. El basamento de este modelo es la organización algorítmica de la sociedad, que prescinde de nuestro poder de decisión.

Además de la introducción y la conclusión, el libro está dividido en cinco partes. En esta entrega inicial nos ocuparemos de introducir el tema y su primer episodio: Génesis y auge de Silicon Valley: de los Grateful Dead a Google X.

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Los identitarismos amenazan la cohesión social y las relaciones entre territorios, reavivando de esa manera tensiones que se creían superadas. El terrorismo cambió de escala, hoy lo hace de modo recurrente e indiferenciado. El cambio climático existe, no es una cuestión discursiva.

“Estamos cada vez más desamparados, colectiva e individualmente, mientras sentimos la impotencia y el vértigo como una condición reciente y generalizada de la existencia”, sentencia Sadin, después de enumerar problemas sociales recurrentes a nivel mundial. Y en ese contexto es que aparece como faro mundial una región de la siempre soleada california: Silicon Valley.

Ha vuelto el mito de San Francisco, el que a mediados del siglo XIX representaba en el imaginario norteamericano, el oeste providencial de una “América redentora y salvadora”. Luego se transformaría en meca de la contracultura y su espíritu libertario atraería a jóvenes disconformes con los valores del trabajo, la familia y el consumo: “Fue un periodo de sit-in, de debates, de experiencias comunitarias, de fiestas hedonistas inyectadas de LSD, de exaltación sensorial y sexual que inspiró por oleadas al conjunto del país y a muchos otros territorios que asistieron a la eclosión de primaveras rebeldes a lo largo y ancho del mundo”.

Esa idea de cambio de paradigma se mantuvo hasta comienzos de los años 70’, en ese momento tomó la posta un camino mucho mas frio y menos encantador, que fue el que se terminó desarrollando. Los nietos reales o simbólicos del Flower Power y del verano del amor son los que declaran estar inmersos en una contracultura “disruptiva” -palabreja muy utilizada en esos ámbitos-. La fiebre sigue siendo del oro, pero las pepitas ya no son el fin sino los algoritmos, sistemas smart y servidores.

“Silicon Valley es la nueva América de nuestra época, lo sagrado planetario de California -el ‘Golden State’-, no es la América de Hollywood, el glamour, el simulacro y el estuco, no es la América de Disney y la frivolidad, la polución automotriz o la violencia de sus barrios menos favorecidos”, introduce el autor. El modelo descansa en la generación exponencial de datos y la sofisticación de la inteligencia artificial. Ofrecer el mejor de los mundos posibles, ese es el objetivo fundamental de la economía actual y futura. “Vivimos el tiempo eufórico de una economía digital en pleno despliegue, destinada a monetizar cada circunstancia espacio-temporal singular”, agrega Sadin.

La economía del dato es la economía integral de la vida integral, aspira a hacer de todo gesto o relación una ocasión de beneficio, nada debe quedar afuera. La alianza público-privada, que opera desde los años 80’, fue fundamental para que el modelo se afianzara y dispersara. Ya en esa década Jean Baudrillard decía que “América entera se ha convertido en californiana”.

La idea siliconiana es recibida globalmente como portadora de potencialidades infinitas, además de ser vista como otro tipo de capitalismo. Eric Sadin asevera que “vivimos un nuevo TINA –There is no alternative, no hay otra alternativa, memorable frase de Margaret Thatcher- ya no tomado como un mal necesario, sino guiado por una fascinación que considera esa trayectoria, además de virtuosa, naturalmente inscripta en el curso de la historia y como representación del horizonte insuperable de nuestra época”.

No hay violencia en esta nueva colonización, hay una aspiración por quienes anhelan someterse a ella. Existe un impulso “autocolonizador”, afirma el francés. Actores hacen proselitismo difundiendo constantemente preceptos de la “biblia siliconiana”, el núcleo de ese seguidismo son los políticos con responsabilidad de gestión: “es la clase política que lo alienta -y eso más allá del enfrentamiento derecha-izquierda, dentro de un consenso social-liberal mayoritariamente en acto en las democracias-, convencida de que ‘de ahora en más hay que ajustarse a lo que haga Silicon Valley’”.

Otro elemento fundamental es la creación de “valles”, parques industriales, “incubadoras”, destinados a promover la creación de empresas start-up, ejercer de lazo entre los distintos actores y “subirse” al tren de la economía de datos -también conocida como “del conocimiento”-.

“Es tiempo de detenernos en el hecho de que Internet no constituye de ahora en más sino una parte relativa del entorno digital que ha desbordado el estricto marco frontal de la pantalla para conquistar progresivamente todos los campos de la vida”. A la “era del acceso” se le ha desarrollado otra fase en paralelo a partir de 2010: “la era de la medición de la vida”. Lo digital mutó de garantizar la gestión de datos a una función interpretativa y decisional.

La visión de mundo tecno-ideológica se asienta en que hay “una deficiencia humana fundamental que va a ser salvada por los poderes afectados a la inteligencia artificial”. El problema sería nuestro juicio y elección.

El momento es crítico, explica el escritor, durante esta tercera década del siglo XXI pueden ocurrir dos situaciones: “o bien el desarrollo frenético de ‘innovaciones’ que buscan capitalizar el menor de nuestros suspiros o bien la manifestación de cuestionamientos salvadores y la emergencia de otras modalidades de existencia totalmente preocupadas por el respeto de la integridad humana, que pretendan sustraerse a la depredación siliconiana y a su influjo totalizante”. Lo digital no puede ser entendido como “algo” por fuera de sus condiciones de producción, una especie de esencialismo fascinado, se encuentra condicionado tanto por las condiciones científicas como por las industriales.

Lo económico prima por sobre lo técnico, “los ejes de la innovación son dictados por las proyecciones de las oficinas de tendencias, los estudios de mercado o los análisis de marketing, que generarán eventualmente nuevos bienes o servicios elaborados de modo interno o externo por ingenieros sometidos al mando del mundo industrial-digital, que se encargará el mismo de patentar”.

Estamos inmersos en una autonomización del tecnoliberalismo, validado por el social-liberalismo.

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Los cinco valles

“La contracultura californiana había vivido un verano hermoso e intenso. Y paralelamente se había desplegado otra forma de contracultura que no llevaba ese nombre”, no cuestionaba el estado de las cosas sino que era un proyecto destinado a favorecer la emergencia de un entorno tecnocientífico particular: “la intención declarada consistía en concentrar, en una misma zona a científicos, ingenieros, investigadores de alta calidad y de todas las disciplinas, así como a responsables industriales y militares en vistas a hacer germinar una sinergia fructífera entre ese entorno de actores”.

Fue físicamente alrededor de la Universidad de Stanford donde más tarde -años 40- se desarrolló el valle, atrayendo rápidamente a gran cantidad de empresas de la región, como Texas Instruments o IBM. La zona se benefició de fondos federales para la construcción de sistemas de irrigación, de autopistas, de escuelas, de instituciones públicas. Su desarrollo es indisociable de una forma de economía mixta voluntarista que mezclaba Estado con sector privado y que estaba dotada de poderosos recursos financieros.

“Fue entonces el momento del ‘primer Silicon Valley’. Este fijó los principios fundadores establecidos sabre el primado de la alta tecnología, la excelencia universitaria, las asociaciones entre la industria de la electrónica y el campo militar y finalmente un espíritu que valoraba la iniciativa empresarial en el origen de lo que más tarde fue denominado ‘la cultura del riesgo’”.

El ADN original de Silicon Valley es el cuestionamiento de un marco existente considerado obsoleto, movilizado por una visión industrial portadora de futuro y mezclada con el sueño americano: la realización de si mismo, con esfuerzo, tenacidad, coraje, meritocracia diríamos por estos lares. Tres décadas después algunas figuras tomarían esa filosofía y participarían en la generación de un nuevo paradigma: el de la informática personal.

Las iniciativas de Bill Gates, Steve Jobs y Steve Wozniak fueron las que inauguraron el segundo Silicon Valley, “que estuvo marcado por un rechazo frontal del primer Silicon Valley. Esta segunda concepción juzgaba a la técnica como potencialmente emancipadora y se oponía ahora a su instrumentalización con únicos fines funcionalistas”.

Sin embargo, a diferencia de la década precedente, que también tenía la esperanza de “cambiar el mundo” pero bajo múltiples formas y gracias a la pluralidad contradictoria de los seres humanos, aquí esta aspiración se realizaba según un modo unilateral y exclusivo -la computadora-, llevado adelante por algunos individuos que pronto se volvieron dominantes y que pretendían encargarse de ello directamente y en soledad.

Silicon Valley, desde los años 70′ hasta hoy, generó y glorificó a los “genios visionarios”, aquellos capaces por sí solos, como los superhéroes de Marvel, de enarbolar todas las esperanzas de la nación y, correlativamente, de la humanidad entera.

A mediados de los 80’ Silicon Valley pareció estancarse. Japón dominaba el mercado de semiconductores, televisores y consolas de videojuegos. Ya nadie daba crédito a la retórica de la emancipación a través de la informática, salvo algunos adeptos a los foros de intercambios. Pero en los albores de la década siguiente, el credo sería relanzado casi de modo inesperado. El advenimiento de la interconexión global iba a insuflarle un nuevo impulso, por doble vía: libertario y liberal.

Se trataba de tradiciones filosóficas y políticas radicalmente opuestas en apariencia, pero que se unían aquí en la convicción de que las redes anunciaban nada más y nada menos que la armonía universal gracias a un mundo convertido en “plano”, y consumando, ante la cercanía de un nuevo milenio, el final feliz y conectado de la historia.

El proceso de mundialización iba a entrar en un nuevo estadio liberado en parte de las coerciones espaciales, vinculando los espíritus en todo lugar y derivando de ello perspectivas comerciales que traerían gigantescos beneficios. Parecía emerger un modelo industrial de nuevo cuño. Sin embargo, sus contornos seguían siendo difusos. Una enorme cantidad de personas a las que súbitamente se les endilgaba el título de “expertos en la web” intentaban definirlo pero sin que pudieran determinar su naturaleza exacta, y sobre todo su viabilidad.

Esta separación entre la conciencia de la emergencia de un nuevo paradigma y su indefinición en cuanto a sus modalidades de realización caracterizó lo que se denominó por entonces la “net economy”, o sea, el momento del tercer silicon valley. El horizonte a alcanzar convocaba una inventiva plena y juegos de excentricidad cercanos al espíritu bohemio de la época, desviándose de las normas y afirmando en acto la libertad de experimentar todas las iniciativas imaginables.

No había nada en los hechos que debiera suscitar semejante entusiasmo. Sin embargo, la ambición suprema suponía que “todo” debía “ser metido en los cables”, a fin de unir el “contenido” y el “continente”. La dimensión emblemática fue el acercamiento histórico que se operó entre el gigante de los medios Time Warner y la joven y exitosa empresa AOL, que fuera descripto como “el matrimonio del siglo” y que se suponía representaba la fusión entre la “nueva” y la “antigua” economía.

Finalmente, la estrategia totalizadora de la “convergencia” no produjo ningún resultado sustancial y conoció el fracaso. Especialmente por el hecho de la debilidad de los rendimientos, de la relativa lentitud de las computadoras y de un número de usuarios todavía demasiado reducido. En 2002, las perdidas declaradas luego de esta alianza fueron las más importantes de la historia de la economía estadounidense, alcanzando cerca de los 100 mil millones de dólares.

Esa secuencia es recordada como la de una hybris generalizada, una fascinación por la tecnología que confinaba con lo patológico. Este periodo fue testimonio del primer “estallido psiquiátrico” de Silicon Valley.

Ya no eran los tiempos del éxtasis suministrado por el LSD y las “punto-com” sino los tiempos del pragmatismo.

Si a fines de los años noventa nadie había entendido el sentido de la “e-economía”, nadie entendía tampoco lo que significaba, en los albores del nuevo siglo, “la economía del conocimiento”, a veces denominada indistintamente “economía del saber” o “capitalismo cognitivo”.

Esta suerte de dogma directamente inspirado en la ideología gerencial “New Age” californiana había asociado, desde mediados de los 80’, y con gran apoyo de varios tratados teóricos, la capacidad imaginativa -o sea, en otros términos, “ultrarreactiva”- del personal con la estructura horizontal de las organizaciones: “La empresa, de ahora en adelante, debe distribuirse, descentralizarse, ser colaborativa y adaptativa”. En los hechos, ciertamente se trataba del advenimiento de una economía del conocimiento, pero no la que habían imaginado.

La sed de destrucción generó la locura de querer recolectar la casi totalidad de los datos de carácter personal que circulaban en las redes o que estaban almacenados en discos duros. Esta tentativa se hizo posible en gran parte por el acceso, gustara o no, a los servidores de los operadores y a las plataformas privadas que conservaban masas considerables de informaciones relativas a los usuarios.

Tal dimensión fue particularmente emblemática en Google, que, a su pesar y sin que respondiera a su objetivo inicial, fue el actor principal de esta recolección colosal de datos.

El modelo que se desarrolló y que se impuso rápidamente como norma consistió, en los inicios del siglo XXI, en capturar masivamente la atención de los internautas. Este principio trajo aparejado un monitoreo más detallado de los usos. No es por casualidad que el advenimiento de las redes sociales online data de mediados de la década anterior, actualizando la herencia comunitaria de la contracultura y de los foros electrónicos.

Esta es la razón por la cual la valoración en bolsa de Facebook alcanzó, a fines del año 2000, niveles extremadamente altos que podían despertar el miedo al estallido de una nueva burbuja.

La retórica mcluhaniana de la “aldea global” era retomada por empresas privadas que ocultaban el único objetivo de constituir inmensas bases de datos sobre los comportamientos, ubicándolos en un punto de pulsión de ahora en adelante ineludible, y no solo de la economía digital, sino también de la economía en su conjunto.

Durante el mismo periodo, en 2005, IBM adoptó una decisión radical. La empresa vendió a la china Lenovo su rama de producción de computadoras para consagrarse únicamente a ofrecer servicios a entidades privadas o públicas.

Microsoft y otras empresas también se comprometieron en esta nueva actividad, inaugurando, hacia mediados de los 2000, la regulación algorítmica, primero de algunos sectores profesionales para alcanzar luego diferentes campos de la sociedad en los años que siguieron.

Finalmente, uno de los acontecimientos decisivos de dicha secuencia fue la introducción del smartphone en 2007, que instituyó una conexión espacio-temporal virtualmente ininterrumpida.

La “economía de las aplicaciones” trajo consigo una profusión sin precedentes de empresas start-up recién creadas cuyo impulso primero estaba basado menos en el manejo de la programación -aquel que Mark Zuckerberg, por ejemplo, había sabido capitalizar-, que en el primado de la “buena idea” que, en teoría, ofrecía la ocasión a cualquiera de poder participar.

A fines de la primera década del siglo, y a la inversa de lo que ocurría en la precedente, quedaron definidos con claridad tres modelos industriales estructurantes: 1) la constitución de bases de datos respecto de los comportamientos; 2) la organización algorítmica de la vida colectiva; 3) la concepción de aplicaciones destinadas a los individuos. De cada uno de estos modelos se derivaban perspectivas virtualmente ilimitadas.

Fue entonces cuando se operó un pasaje decisivo que probablemente no haya sido abordado todavía en su justa medida. Es el de la sustitución de una utopía digital de dimensión cultural y relacional por una utopía digital de dimensión estrictamente económica.

En este final de la segunda década del siglo XXI, Silicon Valley ya no existe solamente en cuanto territorio, sino que ha desbordado de su cauce como un rio que no deja de crecer.

La conjunción entre la expansión territorial y el advenimiento de una “industria de la vida” caracteriza a este “quinto Silicon Valley”.

En su centro se ubica hoy el “núcleo sólido”, o sea la generación de datos cuyo volumen está destinado a aumentar siguiendo curvas de crecimiento exponencial, especialmente por la extensión de los objetos conectados en el seno de nuestros entornos domesticos y profesionales. Este “núcleo sólido” está rodeado en todas sus partes por un “núcleo líquido” -interpretativo y reactivo- formado por una inteligencia artificial que continuamente se vuelve más sofisticada y que está dotada de aptitudes interpretativas y de autonomía decisional. Estos núcleos están en una interacción cada vez mayor que hace posible la constitución de una tercera capa: su “manto”, o sea la elaboración de sistemas destinados a responder a largo plazo a cada acontecimiento de la vida y a instituir una organización automatizada del mundo. Finalmente, el “manto” está recubierto por la “corteza”, “nuestra corteza”, que se compone de la totalidad de los usos que garantizan el dinamismo ininterrumpido y cada vez mas intenso de la propia estructura.

El quinto Silicon Valley remite a un “concepto mundo”. La silicolonización lo consuma en acto al iniciar un modelo industrial-civilizatorio erigido sobre bases estructurales idénticas que hace realidad, en un mismo movimiento de aspectos paradójicos, el proceso histórico de la mundialización. Este periodo se inscribe en la continuidad del principio de intercambio de mercancías y de flujos financieros a escala global, pero haciéndole franquear un umbral que modifica su naturaleza y amplía, según un alcance completamente diferente, su poder de penetración.

“Se despliega un modelo económico-industrial que descansa sobre el primado de ciertas ecuaciones matemáticas y la instantaneidad temporal, sustituyendo progresivamente el peso y la necesaria latencia de las cosas por secuencias algorítmicas encargadas de ofrecer soluciones destinadas a todos los puntos del planeta y a cada secuencia de la vida cotidiana”, finaliza este tramo de su argumentación Eric Sadin.

#PA.

Domingo 12 de julio de 2020.
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