Volver a Perón

Por Mauro Federico

Por Mauro Federico


Las guerras dejan secuelas y la recuperación de sus efectos es el principal desafío que enfrentan las sociedades que las padecen. La post-pandemia puede transformarse en una oportunidad inmejorable para desarrollar un proyecto de país que no tenemos desde hace cincuenta años. Para eso es necesario que la dirigencia modifique su estrategia de construcción centrada solo en la resolución de los conflictos coyunturales y se proponga discutir qué país queremos para las próximas décadas. En las dos oportunidades que inauguró sendas gestiones durante el siglo veinte, Juan Domingo Perón demostró ser el único dirigente capaz de planificar a largo plazo incluyendo los intereses de las mayorías y las minorías. ¿Podrá el Frente de Todos construir el proceso político que consolide una recuperación de bases sólidas para la Argentina? Pasen y lean.

Como muchos hogares argentinos durante la segunda mitad del siglo pasado, el de mi infancia estaba dividido por una frontera infranqueable, que opacaría notoriamente en la comparación memoriosa a la “grieta lanatista”. Mi abuelo Enrique, un santiagueño descendiente de libaneses que se había ganado la vida como viajante de comercio, era un acérrimo anti-peronista. Siempre contaba las anécdotas de la “persecución” a la que había sido sometido durante el primer gobierno del “tirano” por pensar diferente o, simplemente, por negarse a aceptar los rituales impuestos de la cultura justicialista. Con ese vozarrón que hacía temblar los vidrios y esa figura imponente, nadie en la casa se animaba a cuestionarlo; a excepción de mi tía Cristina, hermana menor de mi madre, que por entonces militaba en la demonizada Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y tenía un novio filo-montonero. Todos vivíamos en la misma casona de la calle Lautaro, en el Bajo Flores, que solía ser escenario de discusiones memorables cada vez que la política decía presente.

Y esa noche, como nunca antes, dijo PRESENTE. Era 3 de septiembre de 1973, un lunes si mal no recuerdo. Apenas faltaban veinte días para las elecciones presidenciales que definirían el rumbo de la Argentina por los próximos seis años. El viejo televisor que la casa del abuelo tenía en la cabecera del comedor (blanco y negro, por supuesto), se encendió temprano para que “la válvula caliente”. A las 22 la imagen mostraba una escena de la famosa casa de la calle Gaspar Campos en la que Juan Domingo Perón se había alojado tras regresar a la Argentina. Y allí aparecían dos primeras figuras de Canal 13: Sergio Villarroel y Roberto Maidana, junto a Jacobo Timerman, maestro de periodistas y fundador de “Primera Plana” y “La Opinión”, quienes iban a ser los interlocutores de una charla memorable.

Algo de contexto, para los más jóvenes. El general encabezaba la fórmula del Frente Justicialista de Liberación, en dupla con su esposa, María Estela Martínez. El 11 de marzo de ese mismo año, con las candidaturas de Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima, el peronismo se había impuesto de manera contundente en las elecciones y, de este modo, retornaba al poder después de 18 años de proscripción y persecuciones. El “odontólogo de Giles” -como solían llamarlo peyorativamente sus detractores- solo gobernó por 49 días y había renunciado para dar paso al regreso de la leyenda, en medio de internas que cruzaban el peronismo de lado a lado. Gremialistas, grupos de izquierda –que reivindicaban la “lucha armada” como metodología-, dirigentes más clásicos, de extrema derecha, neoperonistas, advenedizos que buscaban aprovechar el río revuelto, en definitiva, una mezcolanza propia de la dinámica movimientista, se tironeaban por un pedazo de poder en un país que estaba a punto de estallar.

Volvamos a la entrevista. La grabación tenía un clima cautivante. Los tres entrevistadores lo ametrallaban con preguntas inteligentes, que recorrían todos los temas. Como esgrimista experto que era, el General daba pasos hacia atrás y hacia adelante mientras empuñaba su florete discursivo con la habilidad de un verdadero maestro. Se entusiasmaba hablando de la planificación económica, defendía lo hecho entre marzo y setiembre (con “Cámpora al gobierno y Perón al poder”) a partir de su propia estrategia basada en un acuerdo que garantizó el aumento de la producción y la baja de la inflación, y rescataba el rol de la CGE, cuyo máximo exponente era José Ber Gelbard, el “burgués maldito” que ocuparía el estratégico ministerio de Economía de aquella tercera gestión peronista. Analizaba que los cambios no se hacen “rompiendo un sistema y poniendo otro”, distinguía revolución de reforma, de la que se declara partidario, y señalaba: “veo naciones en el mundo que han hecho revoluciones hace 56 años y todavía no han conseguido estabilizarse”. Insistía en el largo plazo, recordando sus planes quinquenales, y los sugería contra la “anormalidad” que le toca en esa coyuntura pues “todas las formas han sido trastocadas por maniobras de especulación, y eso no es la economía”.

Perón proponía construir una política equidistante del individualismo egoísta que caracteriza al capitalismo liberal y del colectivismo autocrático del socialismo stalinista. Ese General era el mismo pragmático de siempre, que supo adaptar sus ideas a los tiempos, abrazando los postulados de la socialdemocracia, la real, la del estado de bienestar y la distribución del ingreso. Esa de la que el justicialismo fue su antecedente más directo. Por eso, esa noche, ante la pregunta de Timerman sobre qué modelos de democracia reivindicaba, Perón se refirió a los socialismos del norte.

De a poco fue creciendo la dimensión del entrevistado. “Cuando terminó la segunda guerra mundial, todos los países quedaron destruidos. A nadie se le ocurrió organizar ‘un’ gobierno. Se juntaron todos para hacer gobiernos de emergencia” explicó en tono magistral. Perón no dejó tema sin repasar aquella noche. Planteó la necesidad de impulsar la creación de un Consejo de Estado para acuerdos de partidos en asuntos sensibles y se explayó en una cátedra sobre el “continentalismo”, que defendió desde siempre. Como yapa, anticipó el ascenso de China a lo largo de todo el siglo XXI, señaló cualidades del sistema de integración europeo y expresó su respeto “pero no temor” al “gigante brasilero” y desmitificó la necesidad de obtener financiamiento en los Estados Unidos o Europa.

En el cierre del repaso por esta pieza altamente recomendable para quienes quieran revisitar el pensamiento del líder con mayor visión estratégica de la historia contemporánea argentina, dejo dos perlitas. La primera, parece un mensaje del viajero temporal de H.G. Wells a su otro yo del futuro y bien podría direccionarse a los actuales responsables de las políticas agropecuarias: “tenemos que estar muy atentos porque ha empezado la guerra por las proteínas, todo el mundo está empezando a plantar soya (sic) y nosotros no podemos quedarnos atrás”. Y la otra frase perfectamente se ajusta a otro debate que hoy sigue teniendo vigencia, que es la lucha contra la especulación de los formadores de precios para frenar la inflación: “está bien hacerse rico, pero en algunos años, no en un rato”, remató el Viejo en el cierre del reportaje.

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Pensar el futuro, siempre

No hay política sin historia. Perón se murió hace 47 años y todavía su legado trepida en el corazón de millones de seres humanos a los que sus gobiernos transformaron en sujetos de derecho. Pero sus logros no fueron obtenidos por arte de birlibirloque. Cuando en 1946, Perón presentó su Plan de Gobierno en el que condensaba una nueva modalidad de pensar el estado y las políticas públicas, se produjo un proceso de constitución institucional que sustentó el establecimiento de ese nuevo modelo estatal. La centralidad estuvo puesta en las nuevas herramientas que el Estado nacional obtuvo para regular el proceso económico y la vida social de los ciudadanos y ciudadanas.

Era la post-guerra y el mundo necesitaba reacomodar a los jugadores dentro de la nueva arena de disputa erigida a partir de los acuerdos de Yalta. La lectura del peronismo fue clara y rápidamente supo acomodarse entre ese concierto de naciones diezmadas por el conflicto bélico y ávidas por recursos que a la Argentina le sobraban. Pero la habilidad no estriba simplemente en vender a buen precio lo que el mundo demanda, porque eso transforma al país en un dependiente de las condiciones de comercialización del “commodity salvador”. Hay que aprovechar esos vientos de cola para construir la matriz productiva de un modelo industrial acorde a los contextos internacionales.

Es muy difícil imaginar a ese Perón del ‘46 o el del ‘73 debatiendo ideas con Elisa Carrió, Mauricio Macri, Facundo Manes o Patricia Bullrich. Incluso podría incluir en la lista a varios dirigentes del actual oficialismo, más preocupados por encontrar en Tik Tok el videíto que les permita chicanear en redes sociales al adversario de turno, sin el más mínimo ánimo constructivo y con la creatividad de un youtuber sin background. No hay en el horizonte ningún dirigente que se muestre interesado en discutir la agenda de la post-pandemia (algo muy parecido a la post-guerra), que incluya el análisis de una dinámica de la globalización, observando los escenarios posibles de cooperación multilateral.

Tampoco los veo con ánimos de debatir la integración regional y una verdadera estrategia de inserción en el mundo, pensando en el mejor modelo de producción sobre el que deberíamos trabajar. Ni mucho menos planteando los desafíos que nos exige el inexorable cambio climático en el marco del desarrollo sustentable y la transición ecológica.

La mayoría de los políticos que hoy están debatiendo lugares en una lista de candidatos para representar al “pueblo”, enumeran los problemas de la mayoría de la sociedad sin haberlos sufrido, ni mucho menos comprendido. Hablan del hambre y la pobreza y solo conocen las carencias por las fotos que se sacan durante las campañas. Se refieren a la desocupación, pero no se animan a plantear una verdadera revolución del mundo del trabajo, atravesado por la transformación tecnológica y cooptado por marcos inapropiados para su real expansión.

Ningún dirigente plantea con seriedad la necesidad de una planificación urbana para las ciudades de acuerdo a sus necesidades demográficas, vertebrando planes de vivienda y hábitat realmente funcionales al colectivo urbano y social. Se llenan la boca hablando de educación y salud, pero tiemblan cuando a alguno con un poco más de visión estratégica se le ocurre plantear la necesidad de una reformulación de los sistemas que administran las carencias.

El peronismo tiene –una vez más- la responsabilidad de conducir los destinos de la Nación hacia un porvenir que permita garantizar ese estado de bienestar tan añorado por aquellos que alguna vez lo gozaron, durante los breves interregnos de la historia en los que se pudo alcanzar. Pero para ello es imprescindible construir un modelo integrador y sustentable con el consenso mayoritario de la sociedad. Ojalá la figura de ese Perón ecuménico y sabio que trasluce aquel reportaje de 1973 evocado en esta humilde columna dominguera sirva para entender la importancia de los liderazgos pacíficos y certeros que sepan mostrar el camino de la recuperación para un país condenado al éxito, pero purgando inexplicablemente la condena en el penal de los fracasados. ♣♣♣

#PA.

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