Soplando en el viento

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Por Mauro Federico

Cuadernos de Campaña

(apuntes de trinchera en un año electoral)


Las elecciones se ganan y se pierden cada dos años. Las batallas culturales, en cambio, se libran todos los días. Y sus efectos son mucho más estructurales y perdurables que un gobierno o una mayoría parlamentaria. El debate que propusieron esta semana el futuro presidente de los argentinos y el exmandatario uruguayo es de una profundidad ideológica que requiere detenerse a analizarlo. Llegar a la Rosada es un paso muy importante, pero insuficiente para consolidar un proceso de transformación que permita obtener un triunfo en la pelea más importante que debemos librar, que es la pelea por las ideas. Pasen y lean.

Apenas tres años recién cumplidos tenía el pequeño Alberto cuando un muchacho judío, nacido en Duluth, Minesota, irrumpió en la escena de la canción folk norteamericana con un tema que se transformaría en himno de toda una generación: Blowin’ in the Wind. Aunque recién una década después, este joven porteño, nacido en el seno de una familia de clase media, aprendería las estrofas de aquella mítica composición que inspiró a los “Dylan argentos” a conformar los cimientos del rock nacional, de la mano de personajes como Litto Nebbia, Tanguito, Javier Martínez y Luis Alberto Spinetta. “No hay mucho que decir sobre esta canción, excepto que la respuesta a nuestros interrogantes no están en ningún libro o en una película o en un programa de televisión o en un grupo de discusión: está soplando en el viento”, respondió Bob Dylan cuando se le preguntó por el significado de aquella letra.

Es sencillo suponer en quién pensó el presidente electo de los argentinos a la hora de bautizar al perro más famoso y activo de la red social Instagram. Pero claramente el homenaje de Alberto Fernández a uno de sus referentes culturales trasciende la mera inspiración para elegir el nombre de su mascota favorita. Hay un trasfondo más profundo y tiene que ver con lo que alguna vez el filósofo contemporáneo Jacques Derrida denominó la “comunidad del pensamiento”. El pensamiento es la base de toda construcción teórica, pero también es la esencia misma de un conjunto de conceptos que se constituyen en el pilar de una ideología. Los aparatos ideológicos del Estado son fundamentales para la construcción de los estudios culturales, como los llamaba Louis Althusser, otro de los filósofos políticos destacados del siglo XX, que se animó a reinterpretar las ideas marxistas un siglo después de su nacimiento.

El viernes pasado, Fernández participó de una charla abierta en la Universidad Nacional de Tres de Febrero junto a José “Pepe” Mujica, en la que dejó de lado los temas políticos y abordó otros, vinculados con el rol de la cultura y el consumismo. Los medios –siempre ávidos por encontrar un titular con gancho– eligieron posar su mirada en la referencia efectuada por el presidente electo de la Argentina al célebre personaje de la Warner, el conejo Bugs Bunny, a quien Fernández definió como “un gran estafador”. En ese contexto, recordó un artículo académico inédito en el que se refería a los “dibujos animados como sistemas de control social, como la familia, la escuela y los medios de comunicación”. Incluso se adentró en profundidades más complejas, al afirmar que “los controles sociales son aquellos mecanismos por los cuales nos dan valores”. Y acá es donde para los titulares de los diarios, se desvanece la información, justo cuando empezaba a aparecer el verdadero mensaje, el que generalmente conviene banalizar o desdeñar. “Definitivamente hay un modelo económico que ha triunfado en el mundo, que es el capitalismo. Y el capitalismo necesita de un sujeto que se llama consumidor. El problema es que el capitalismo fue moldeándose a un tiempo distinto, que no solamente se satisfacen necesidades del que consume, sino que se generan necesidades allí donde no existen”, aportó.

A su turno, Mujica también continuó profundizando el planteo e introdujo otro elemento de debate centrado en la pregunta clásica del existencialismo: ¿cuál es el sentido de la vida? “Los economistas se horrorizan si el PBI no crece y las sociedades se miden en macro-números, pero nadie le pregunta a la gente si es feliz o no”, afirmó el Pepe. “Si dejás que la presión del mercado te haga comprar, serás un prominente comprador pero difícilmente seas un ser humano feliz”, agregó.

Fernández ya lo había parafraseado a Aristóteles al afirmar que “el objetivo de la vida es la búsqueda de la felicidad” y ese estadío hay que lograrlo “con lo que se tiene y no atormentarse por lo que no tengo, concepto difícil de entender en un tiempo signado por el individualismo y la estética”.

Si hubo alguien dotado de un ingenio agudo, capaz de ser irónico e hiriente, pero sin llegar a ofender con sus locuaces frases, ese fue Groucho Marx, el más popular de aquellos hermanos cómicos estadounidenses que alcanzaron la fama gracias a un humor surrealista e imprevisible. Fiel a su estilo, el anteojudo de prominente bigote también jugó a definir el concepto de felicidad, valiéndose de un recurso actoral y utilizando la figura de un hipotético padre que aconseja a su hijo y le dice: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”.

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BATALLA CULTURAL

Todos los procesos políticos libran una disputa por el sentido. La clave para comprender la tolerancia social al ajuste instrumentado durante el gobierno de Mauricio Macri no debe buscarse en el plano económico, sino en el plano político y simbólico: más específicamente, en el contenido de la promesa política que Cambiemos le propuso a la sociedad argentina a lo largo de estos cuatro años. Esta promesa sorteó todas las penurias ocasionadas por sus políticas antipopulares y se centró en torno a la idea de “construcción de un cambio cultural”, basado en defender a ultranza los postulados de la meritocracia y lo aspiracional como motor de ascenso social.

El concepto imperante durante este proceso político fue que la mejora en las condiciones de vida de los ciudadanos debe ser producto del sacrificio, la habilidad para aprovechar oportunidades y la viveza que tengamos para posicionarnos en la carrera social. El modelo a imitar en la era Cambiemos fue el entrepreneur o el CEO, que logran mediante la competencia, posicionarse en todos los órdenes de la vida, una suerte de búsqueda de la “individualidad popular”. La idea antagónica imprescindible para la confrontación ideológica del sentido es la del Estado prebendario que otorga beneficios a los parásitos de la sociedad que viven a expensas de lo que generan unos pocos. Según este conjunto de ideas, la prebenda es ilegítima y corrupta, por ende hay que combatirla.

“¿Quiénes son estos para pensar que tienen derecho a viajar al exterior y comprarse cosas que sólo están restringidas a las clases dominantes? Si quieren celeste, que les cueste, que hagan mérito”, fue uno de los pensamientos impuestos por esta casta dirigencial a la que su líder denominó como “el mejor equipo de los últimos cincuenta años”. Una suerte de elite gobernante cuyo mérito no es ni intelectual, ni político, sino meramente económico, una minoría compuesta por aristócratas y empresarios capaces de terminar con el asistencialismo improductivo desde sus cómodos despachos vidriados con vista a Puerto Madero.

Entre estos dos segmentos sociales hubo históricamente un muro que el kirchnerismo osó demoler para tender puentes y permitir el acceso de los sectores más populares a ciertos “privilegios” de las clases acomodadas. Cambiemos vino a levantar nuevamente esa pared y plantear nuevamente la división entre los que tienen y los que no. Por eso irritó tanto a cierto estrato de la sociedad la foto que Alberto Fernández se sacó esta semana con el joven Braian, a quien desde el anonimato cobarde de las redes sociales trataron de peligroso sólo por vestir como el estereotipo de pobre que el modelo cultural impuso. Macri representa claramente a ese porcentaje de la sociedad que se siente “humillada” por verse obligada a compartir “privilegios” con aquellos que “no se lo merecen”.

El gobierno que se termina el próximo 10 de diciembre representó un cambio en los valores de la sociedad argentina que disputó el sentido común e instaló un sistema de valores, creencias y costumbres que sostengan el modelo económico de ajuste y opresión contra las clases populares. La tarea de Alberto Fernández y el Frente que él encabeza será volver a ordenar los principios que fueron subvertidos a lo largo de estos cuatro años, poniendo énfasis en la reconstrucción de los lazos solidarios que viven en el corazón del pueblo argentino. Porque, como dijo Mujica en la charla del viernes pasado, “ninguna transformación política o económica es verdadera y vigente si no ocurre un cambio cultural y la receta está dentro de tu cabeza”.

#PA.

Domingo 3 de noviembre de 2019.
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