Sociedad adicta

Por Mauro Federico

Por Mauro Federico


La problemática de las adicciones atraviesa dolorosamente a la sociedad sin distinguir clases sociales. Muchas veces, quienes la padecen cargan con el estigma de no ser considerados como enfermos y encuentran en los dispositivos de asistencia y prevención una respuesta insuficiente. Cuestionamientos a la ley de salud mental, que en más de una década, no contribuyó a mejorar el panorama. Y la mirada de quien pudo atravesar el infierno y fue capaz de ponerlo en palabras. Pasen y lean.

Había sido una tarde rara, de emociones contradictorias. Estaba contento y, a la vez, angustiado. Una editorial muy importante acababa de aprobar el proyecto de lo que sería mi primer libro, resultado de una exhaustiva investigación sobre los efectos políticos, económicos y sociales del narcotráfico en la Argentina. Y llegaba a mi casa en donde sabía que me esperaba un infierno familiar del que, por entonces, apenas conocía la periferia.

Me bajé del auto y antes de ingresar por el garage, desde la calle, alcancé a escuchar el portazo, seguido de un ruido a vidrio rompiéndose en mil pedazos. Aceleré el paso y cuando entré, Virginia sentada en el sofá del living, apretaba fuerte a Emilia contra su pecho mientras contenía el llanto propio y mitigaba el de nuestra hija, de apenas ocho meses. Sin palabras y con un movimiento de cabeza me señaló el fondo. Caminé a paso firme por el pasillo, abrí la puerta que daba al patio y pude ver entre las astillas del vidrio roto a Ariel, en cuero, gesticulando como loco y golpeando con su puño la pared.

El encontronazo fue inevitable. Hacía semanas que lo notábamos extraño. Qué adolescente de 15 años no lo es, me preguntaba en tono de justificativo para mitigar la angustia de una realidad que me había negado a asumir. Esa tarde todo fue distinto. Intenté dialogar, pero fue inútil. Ariel estaba cegado, enojado. Entonces opté por ponerme firme, algo poco habitual en mí.

Lamentablemente ya era tarde para imponer mi autoridad de esa manera. Me miró fijo, con sus ojos desorbitados, hizo una mueca irónica mordiéndose el labio inferior y me pidió con la mandíbula apretada que me corriera. No le hice caso, me mantuve parado delante de él, junto a la puerta. Ante mi negativa, me tomó de los hombros y me empujó fuerte. Quise retenerlo, pero se zafó y salió acelerando el paso.  Si se escapa esta vez, lo pierdo, pensé. Salí detrás de él, corriendo por el medio de la calle. Logré interceptarlo antes de que llegara a la avenida y me paré, interrumpiéndole el paso. “No voy a dejar que te sigas haciendo daño, hijo” le dije. Y justo en ese momento, se quebró y se desplomó sobre mi humanidad.

Volvimos a casa caminando despacio, abrazados. Los dos estábamos confundidos. Al llegar, preparé unos mates y nos sentamos en el patio. Permanecimos casi media hora en silencio, solo se escuchaba el ruido de la bombilla cuando alguno succionaba a fondo el último resto de la cebada.

Estaba más asustado que él, no tenía ni idea a quién recurrir o qué hacer, pero estaba seguro de que estábamos frente a una oportunidad inmejorable para empezar a salir de la adicción en la que, de una u otra manera, ambos nos habíamos metido: Ariel desde el lugar de quien no puede ya controlar el daño que le provoca lo que consume; y yo como el padre de una familia que permitió por acción equivocada u omisión, que la enfermedad se apoderara de todos nosotros.

Este es uno de los tantos capítulos de nuestra historia, la de la familia Federico, que hace un par de años decidimos junto a mi hijo Ariel, escribirla y transformarla en libro. Pero perfectamente podría ser la de cualquiera de tantas familias que hoy atraviesan por un drama similar al que nos tocó vivir a nosotros durante aproximadamente una década.

***

Chano no hay uno solo

Somos una sociedad de adictos. La gran mayoría logramos convivir con nuestras adicciones, sin que se transformen en conflictivas y afecten a nuestro entorno. Esto no significa necesariamente que seamos consumidores de sustancias psicoactivas, que es lo que popularmente conocemos como “drogadicción”. Pero si hablamos de personas que atraviesan situaciones de consumo problemático, lo primero que es necesario señalar es que permanecen invisibilizados, hasta que generan hechos de características policiales.

Lo ocurrido con “Chano” Charpentier o “Pity” Álvarez son crónicas con finales anunciados. Chicos que pidieron ayuda de diferentes formas, no explícitas y no tuvieron una respuesta acorde ni del sistema de salud, ni de su entorno, compuesto generalmente por personas que prefieren encubrir, por miedo, vergüenza o, simplemente, desconocimiento. Y terminaron así, judicializados, heridos, puestos en la picota de una sociedad que no hizo demasiado para ayudarlos.

Dos factores pueden “explicar” los motivos de este desamparo. Uno requiere de un análisis sociológico y nos interpela como conglomerado de seres humanos que sobrevivimos en una sociedad donde se nos incentiva permanentemente al consumo y, a la vez, se condena a los consumidores (un sinsentido propio del sistema capitalista).

“El narcotráfico es parte de la organización socio-económica del capitalismo. Se ha buscado identificarlo como algo marginal, ilegal y anti social, que contraria valores sociales, como si fuera un atentado, una amenaza. Sin embargo, termina siendo parte constitutiva de la sociedad contemporánea: expresa sus valores, sus lógicas y sus prácticas, expresó el licenciado Javier Bertagni, Doctor en Trabajo Social (UNR) y con una maestría en Salud Mental Comunitaria (UNLa).

El otro aspecto, tiene ribetes legales y sanitarios porque nos remite al análisis de la Ley de Salud Mental, vigente desde el año 2010, que ha generado muchas resistencias entre quienes trabajan desde hace años en dispositivos de asistencia terapéutica específicos para pacientes con este tipo de problemática.

“La Ley 26.657 basa la decisión de disponer una internación para una persona con problema de adicciones en su voluntad, sin considerar que esa voluntad está confundida por el consumo excesivo de sustancias”, explicó Javier Silberman especialista en el tratamiento de adicciones y Secretario General de la Mesa Nacional de Organizaciones dedicadas a esta problemática.

En charla con este cronista, el profesional sostuvo que “esta ley vino a complejizar el acceso a los tratamientos, las guardias de los hospitales no están preparadas para poder asistir con eficiencia a una persona con una excitación psicomotriz como la que tenía Chano. Nos quedamos con la utopía de un sistema en el que estos chicos no lleguen a este tipo de situaciones, pero seguimos sin estar preparados para enfrentar la problemática”.

***

¿Qué plantea la ley?

Muchos teóricos del abordaje para el consumo problemático de sustancias entienden que los tratamientos deben darse dentro del campo de la salud y, en particular, de la salud mental y promover la descriminalización de consumidores. Resulta indiscutible el fracaso del paradigma punitivista, dados los impactos negativos que ha tenido sobre los derechos humanos, la salud y la vigencia del Estado de derecho. Sin embargo, en la práctica, aún prevalecen las respuestas estatales basadas en el accionar de la policía y del sistema penal como actores privilegiados.

Los promotores de la ley actualmente en vigencia entienden que su instrumentación fue “garantía de  protección de los derechos de las personas con consumo problemático contra la intervención estatal desproporcionada en su vida íntima y en su salud” porque reconoce que las adicciones “deben ser abordadas como parte integrante de las políticas de salud mental”; y que las personas “con uso problemático de drogas, legales e ilegales, tienen todos los derechos y garantías que se establecen en  su relación con los servicios de salud”.

El punto en análisis a partir de la situación de Chano queda reflejado en el capítulo VII, donde se establecen los requerimientos legales que deben cumplir las internaciones por motivos de salud mental, tanto si son voluntarias como involuntarias, reservando estas últimas a aquellos casos en los que una evaluación profesional interdisciplinaria valore un “riesgo cierto e inminente” de daño a sí mismo o a terceros. Para Silberman “en todos los estudios psiquiátricos está demostrado que, cuando hay consumo de sustancias, la voluntad se ve alterada y, por lo tanto, preguntarle a alguien que está consumiendo si se quiere atender, no es lo mismo que abordarlo cuando está limpio“.

Según la normativa, ante las internaciones involuntarias o aquellas voluntarias que se prolonguen más de 3 meses, se activa un mecanismo de monitoreo judicial tanto sobre la legalidad de la medida como de los progresos en el tratamiento para superar la situación crítica atravesada por la persona. Lamentablemente, la deficiente implementación de los aspectos prácticos que debieran garantizar este punto, le dan argumento a quienes sostienen que en los últimos diez años, la situación ha empeorado notoriamente.

En la actualidad, el Estado no cuenta con efectores propios que garanticen una asistencia de calidad a quienes padecen de una adicción; ni existe un control efectivo sobre las instituciones privadas que deberían prestar servicios acordes con la preservación de los derechos humanos básicos de los pacientes y tratamientos efectivos para el abordaje de la enfermedad, pero desgraciadamente no siempre lo hacen.

Hoy hay muchos Chanos girando como trompos a la espera de una respuesta, inmersos en situaciones de extrema vulnerabilidad, e infinidad de familias con mucho dolor atravesado, que no saben a quién recurrir para asistir a sus seres queridos. La solución no puede ser policial. El debate no se debería centrar en Taser o arma de fuego, porque lo último que necesita un adicto es sufrir más de lo que ya sufre. Se hace imprescindible una respuesta integral que todavía no aparece.

***

Vivir solo cuesta vida

En su relato desde la vivencia personal a través de las páginas del libro “Familia adicta”, Ariel Federico pone en palabras imposibles de mejorar, un mensaje con el que me gustaría cerrar esta columna. De algún modo estas frases también nos interpelan como integrantes de una sociedad que poco está haciendo para contener a quienes padecen una adicción, la enfermedad sobre la que tanto hablamos, pero tan poco conocemos.

“Por más que haga inhumanos esfuerzos por renegar de mi condición de adicto, sigo encontrando en mi vida cotidiana los vestigios de una enfermedad que voy a portar de forma permanente el resto de mis días, aunque sostenga la decisión de no consumir drogas. La adicción es mi enfermedad y se presenta cada vez que me levanto de la cama y coqueteo con la dejadez de lo cotidiano.

La decisión de no consumir no es un punto de llegada en esta carrera, de hecho es todo lo contrario. Dejar las drogas es un paso indispensable para empezar a tratar un mal que sabe muy bien como aferrarse al pecho de cada una de las personas que la padecemos y que está dispuesta a acompañarnos agazapado y al acecho y a matarnos en cuanto le demos la oportunidad. La adicción puede dejar de ser cocaína, puede dejar de ser marginalidad, puede dejar de desmantelar tus vínculos, pero nunca va a dejar de tentarte con la más irresistible de sus ofertas y la mejor construida de sus mentiras: la engañosa ilusión de control que nos regala frente a nuestros mayores miedos, cubriéndonos de silencio.

Esa tendencia a callar lo que nos sucede, a dejar de compartir con quienes nos rodean y con nosotros mismos la verdad de nuestras miserias y de nuestros miedos. Pero creo que no puedo, no quiero y no debo dejar estas palabras como mensaje final, sería irresponsable de mi parte reducir toda la conclusión de este viaje a una especie de persecución permanente en la que la adicción me pisa los talones, mientras yo trato de escaparme.

Hoy, gracias al proceso de recuperación que decidí enfrentar, el abanico de posibilidades que me ofrece la vida es mucho más amplio. Puedo jurarles que hubo momentos en mi vida en que las opciones que barajaba se limitaban a los tranzas que conocía y a la cantidad de plata que juntaba para comprarles la merca que me metía entre las cejas. El futuro trae promesas con nuevos horizontes y nuevos acordes. Pero la adicción viaja conmigo, está acá. Ya no soy un falopero y dejé de ser un “adicto en recuperación”, hoy puedo ver a Ariel en el espejo y no hay nada que me dé más fortaleza que sentir cada cosa que me rodea.

Vivir solo cuesta vida dice una de las canciones más representativas de nuestro querido rock nacional, y esta frase minimiza (de forma mentirosa) todo lo que para mí representa esta lucha, la de vivir sin matarme, la de vivir con miedo. El miedo está ahí afuera cada vez que salgo a la calle, cada vez que llega una factura de luz (esas sí que me dan terror), cada vez que no me creo suficiente para la persona que tengo al lado, cada vez que pienso que mi hermana crece a una velocidad incontrolable y se convierte en una personita que se me escapa, cada vez que recuerdo que fue en estas mismas cuadras y en este mismo departamento en el que hoy estoy vivo que transcurrió la peor etapa de mi vida, durante la cual me cansé de atentar contra mi propia existencia, misión que afortunadamente no pude cumplimentar con éxito.

El miedo está acá conmigo y yo me siento a su lado a recordarme que en cuanto quiera escaparme de él, me voy a lastimar. No hay manera de escapar del dolor, no hay manera de vivir sin la incertidumbre de saber que nos va a pasar el segundo que le sigue a este. Lo que tal vez pueda parecerles un padecimiento, para mí es un grito de victoria. Cada vez que siento miedo, cada vez que un problema me toca la puerta, siento ese peso en todo mi cuerpo y recuerdo lo importante que es estar acá parado para hacerle frente. Cada vez que siento que todo se vuelve insostenible, cada vez que coqueteo con tirar la toalla, recuerdo lo difícil que fue sostener mi vida hace unos años (que ustedes acaban de repasar a lo largo de estas páginas, escritas desde el dolor y el amor). Sostener una doble vida, montar una mentira para mi familia, para el equipo terapéutico que me estaba ayudando a generar todas estas perspectivas, para mis propias amistades de los que tanto me jacto de cultivar. Eso realmente conlleva un esfuerzo inimaginable y un costo muchísimo más alto que el de enfrentar las responsabilidades de estar vivo. Ahí es donde toda esta mentira se cae. ¿Creemos que es más fácil tirarnos en una esquina a tomar una bolsa y hacer como que todo lo que está a nuestro alrededor se disuelva? Yo que soy quien tomó esa decisión en algún momento y hoy toma una diferente, te puedo asegurar que no hay nada más costoso que perder la vida y estar convencido de que no hay otro camino.

Si estas palabras llegaran a un pibe que, como yo en aquel momento, está a punto de tomarse otra bolsa, o espera al gil que le va a volar la cabeza con una dosis más de falsas ilusiones, me gustaría que imaginen por un segundo cómo es ganar, cómo es hacer distinto eso que aprendimos a hacer mal. ¿Qué tanto coraje realmente se necesita para tirarse un cable a tierra y tomar el jarabe amargo de la “cura” y empezar a vomitar todos los dolores que nos desgarran por dentro? Conozco la respuesta: hace falta mucho valor, mucho amor, mucho trabajo, es mucho. Pero sigue siendo mucho MENOS que todo lo que estamos poniendo en juego cada vez que decidimos embarrarnos en la mentira que nos regala un pase más de cocaína. No hay ningún lugar distinto al que pueda llevarte una dosis más, ya los conocés a todos. Solo quedan las morgues, los hospitales, las comisarías y las granjas”. ♣♣♣

#PA.

Notas Relacionadas

GJ 367 b, el misterioso y pequeño planeta de hierro

El planeta ha sido descubierto por un grupo internacional de 78 científicos liderados por el Instituto de Investigación Planetaria del DLR (Centro Aeroespacial Alemán) y los detalles del hallazgo se publicaron ayer en la revista Science.