Mentiras que matan  - Wag the Dog - Mentiras que matan

Mentiras que matan

Por Mauro Federico


El “vale todo” instaurado por cierto sector de la política para torcer el rumbo inexorable de la historia, incluye la utilización sistemática de falsedades para sostener sus hipótesis e intentar imponer sus criterios, en medio de una situación social y sanitaria que demanda de los dirigentes menos mezquindad y más conciencia solidaria. Errores que no son tales, noticias falsas que nunca terminan de ser aclaradas y una cuota de perversión propia de quienes se regodean pregonando teorías conspirativas que solo maximizan la angustia, son parte del menú repetido por los que desdeñan la única verdad que, como decía Juan Domingo Perón, es la realidad. Pasen y lean.

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Basada en la novela “American Hero” de Larry Beinhart, el gran Barry Levinson dirigió en 1997 una película que aún puede verse en las plataformas de entretenimiento más populares. El título original del film es una expresión en inglés que no tiene fácil traducción al castellano: “Wag the dog”. Como suele ocurrir, en Argentina se estrenó con otro título: “Mentiras que matan” la bautizaron. El argumento se ríe, en clave de sátira, de la forma de hacer política en Estados Unidos. Pero perfectamente podría ser aplicado a nuestra realidad criolla contemporánea.

El presidente es acusado de propasarse con una pequeña niña scout, a pocas semanas de las elecciones en las que debe revalidar el apoyo de los votantes. Sus asesores se proponen superar la crisis construyendo una estrategia basada en la difícil tarea de distraer la atención del público para evitar el escándalo. Uno de los “cráneos” de la comunicación que rodean al mandatario propone crear una guerra ficcional con Albania para tapar todo, y para eso contrata a un reconocido productor de Hollywood quien será el encargado de recrear la ilusión. Tal como si se tratara de una novela negra, todo se complica y nada sale dentro de lo previsto. Eso obliga al equipo a improvisar sobre la marcha, ficcionando episodios, situaciones y hasta personajes que permitan direccionar la atención del electorado casi como si se tratara del público de un espectáculo televisivo. En la película, el presidente es una marioneta y quienes mueven los hilos a su alrededor son personas detestables que manipulan al público para proteger a un abusador de niños.

Las noticias deben darle cobertura a las acciones y los dichos de los políticos. Cuando son los políticos los que disponen lo que las noticias deben decir a partir de una construcción falsa de la realidad, una sociedad está en problemas. Hannah Arendt defendía el precepto de que la verdad es una herramienta fundamental para el espacio público democrático. “La libertad de expresión no existe si no se fundamenta en un informe objetivo y veraz, los ciudadanos necesitan que se exponga la situación real de su país, se precisen sus logros y se reconozcan sus fracasos”, sostenía la filósofa alemana venerada por Elisa Carrió, paradójicamente una de las cultoras más reputadas de esta mala praxis política.

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¿Quiénes intoxican el debate democrático?

Las mentiras no son inocuas, siempre hacen daño. Cuando se difama a alguien o se lo acusa de algún hecho deshonroso o ilícito con inducciones amañadas, carentes de pruebas, el engaño se transforma en libelo que degrada la reputación de un enemigo político. Lo sufrió el dirigente radical Enrique Olivera, a quien durante la campaña por las elecciones legislativas de 2005 se lo acusó falsamente de tener dos cuentas millonarias no declaradas en bancos de Suiza y los Estados Unidos. Si bien todos los medios se hicieron eco de la denuncia sin chequear la veracidad de la información, tras la elección se comprobó que todo había sido una operación en contra del ex jefe de gobierno porteño y entonces candidato a legislador.

Pero también lo sufrió diez años después el hoy interventor de Yacimientos Carboníferos de Río Turbio, Aníbal Fernández, cuando se postulaba a la gobernación bonaerense. Un informe televisivo basado en el testimonio de un detenido, sindicó al histórico dirigente peronista de Quilmes como el responsable del llamado “triple crimen de General Rodríguez” y de ser el artífice de la llamada “ruta de la efedrina”, difamación que terminó costándole aquella estratégica elección al Frente para la Victoria, inaugurando el peor cuatrienio de la historia contemporánea argentina.

Detrás de aquella presentación seudo periodística validada solamente por las declaraciones de uno de los criminales condenados, existió una descomunal y costosísima operación, que contó con la articulación de un reconocido consultor y, por supuesto, una corporación empresarial con tentáculos mediáticos dispuesta a difundir hasta la saturación esta falsedad manifiesta, todo financiado por dinero aportado desde un sector de la política que claramente se vio beneficiado con los resultados de la maniobra.

Para hacer frente a la desinformación es necesario centrarse en quién crea y paga las fake news y quién cobra por crearlas y viralizarlas. Detrás de esa perversa trama existe una  auténtica industria conformada por gobiernos, instituciones y partidos políticos, accionistas y directivos de los medios de comunicación de masas, grandes corporaciones, grandes fortunas o celebrities, del lado de los que financian la difusión de mentiras. En las filas de quienes cobran están algunas empresas de comunicación política, especialistas en bots y gobernanza algorítmica, medios de comunicación y plataformas on line.

“Si se desea realmente atacar el fenómeno de las fake news, estos actores deberían ser el objetivo principal”, explica Simona Levi, estratega tecnopolítica, investigadora y co-fundadora de XNet, un proyecto activista que trabaja y propone soluciones avanzadas en diferentes campos relacionados con los derechos digitales y la actualización de la democracia. “Quien financia la viralización es responsable de la desinformación, no quien la recibe. Los principales inversores en fake news son partidos políticos, gobiernos e instituciones que, además, luego legislan sobre el asunto. Son los sujetos número uno de la intoxicación del debate democrático”, señala la experta.

Levi sostiene que el daño que puede causar la desinformación se produce “si tiene un impacto masivo, lo que ocurre cuando existe una inversión en ella y se espera que genere ciertos beneficios, sean políticos, económicos o de otra índole”. Para XNet el negocio que se hace con la comunicación “no es ningún derecho y, como todo negocio, debe tener límites cuando perjudica al interés general”. Por eso señala que “para diseñar normativas hay que centrarse en hacer aflorar la inversión en comunicación antes que fiscalizar el contenido en sí”.

Por su parte, Guadalupe Muñoz Álvarez, miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España que ha estudiado este fenómeno añade que “la mentira se difunde deliberadamente en política, no se improvisa, se predetermina con el fin de rentabilizar sus resultados; va penetrando subrepticiamente y termina por prevalecer convertida en aparente verdad. No solo hay que criticar a los políticos de otros tiempos. Se ha dicho que en el siglo XX la mentira  ha entrado rotundamente en  el consumo masivo”.

Los efectos de la mentira en política suelen tener consecuencias en la vida de los ciudadanos y es un factor que influye en el rechazo hacia ese comportamiento, que tiene una dimensión pública. “Durante la pandemia, la oposición construyó todo su discurso sobre la mentira y lo sigue haciendo. Van imaginando con lo que tienen a mano para usarlo a su favor, sin importar si es verdad o no, hicieron poco para defender la vida de los ciudadanos, por el contrario, terminaron poniéndola en riesgo”, aseguró Aníbal Fernández en una entrevista radial.

La polarización de la política se traslada a la población y se atribuye la verdad en función de la ideología. En las redes sociales, la opinión se expresa muchas veces sin matices y se difunde con una falta de sentido crítico que en cambio sí se da en las relaciones personales. La pérdida del matiz es un drama de la sociedad actual. Y la política está a veces detrás de algunas ideas manifiestamente falsas que se acaban instalando en la opinión pública. “El debate público debería basarse en el respeto, escuchar al otro y aceptar su legitimidad, para que los ciudadanos puedan decidir a partir de diferencias verdaderas entre unos y otros y no inventadas o manipuladas”, advierte Robert Fishman, profesor de sociología en las Universidades de Notre Dame y Harvard.

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Sin vergüenza

El debate permite la confrontación de ideas. Esta práctica es de gran ayuda para dejar en evidencia el escaso arsenal argumentativo de un sector de la oposición que ha basado su estrategia anti-gobierno en cuestionar el programa de inmunización lanzado por la administración del Frente de Todos. Desoyendo las sabias recomendaciones del analista Jorge Asís -quien le aconsejó a la oposición que “busque un tema más sólido para entrarle al gobierno que los problemas en la campaña de vacunación, porque el peronismo los va a tapar de vacunas”– el diputado nacional por Cambiemos Fernando Iglesias intentó chicanear en una contienda discursiva televisiva al legislador porteño Leandro Santoro justamente con el inflado conflicto suscitado en la negociación con el laboratorio Pfizer.

La devolución no se hizo esperar. “En el momento que más lo necesitamos tuvieron mezquindad política al hacer politiquería barata de la peor. Te cagaste de risa de los muertos del Covid y ahora que tenemos 80 mil muertos lo único que se te ocurre decir es que no firmaron un acuerdo con Pfizer por una ley que vos votaste”, enfatizó Santoro, quien recordó un mensaje de twitter de Iglesias donde decía que los muertos por Covid serían menos que los fallecidos anuales por gripe. “Trabajaste para que la gente no crea en la capacidad de las medidas de cuidado. Formaste parte de siete movilizaciones con consignas berreta para que se contagien en distintos lugares. Fuiste una de las personas que menos apoyó la posibilidad de que los argentinos mantuviéramos la unidad cuando más lo necesitábamos”, remató Santoro.

De la mano de los movimientos antivacunas, las redes sociales se llenaron de fake news que advierten sobre los efectos secundarios que producen inocularse en este caso contra el coronavirus. Desde que comenzó la campaña de vacunación se habló desde que es un veneno hasta que te instalan un chip para controlarte, y la última afirmación sobre el poder de magnetización de las sustancias inoculadas. Hace algunas semanas, una joven platense aseguró a través de su cuenta de Instagram que luego de recibir la primera dosis de la vacuna que desarrolló el laboratorio AstraZeneca/Oxford distintos objetos metálicos se “imantaban” en el brazo en el cual recibió el fármaco. Algo similar vociferaba un exaltado manifestante en la marcha convocada por estos terraplanistas farmacológicos en la ciudad de Rosario, en este caso con los efectos magnéticos de su madre tras haber sido inoculada con la Sputnik V.

Sobre la posibilidad de que esto ocurra con alguna vacuna, todos los especialistas consultados remarcaron que “no hay nada para sospechar que esto fuera así” y, para hacer esa afirmación, habría que hacer un estudio con rigor científico para evaluar cuál es la respuesta del suero que desarrollaron los laboratorios que las producen. En síntesis, no hay ninguna sospecha basada en evidencia científica que pueda considerar siquiera verosímil esta temeraria afirmación. Sin embargo, no fueron pocos los medios que reprodujeron esas versiones, provocando reacciones diversas entre sus audiencias. Seguramente hubo muchos que se rieron de este relato que suena a disparate, pero también debe haber habido personas que consideraron el argumento para decidir, por ejemplo, no inocularse, basándose en el temor a este efecto secundario inexistente. Y poniendo en riesgo su propia vida.

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Operación ja ja

El canal de televisión del Grupo La Nación se ha transformado en un caso digno de ser analizado por los especialistas en medios y poder. Financiado por empresarios afines al macrismo, toda su programación hace gala de una evidente falta de ecuanimidad discursiva, evidenciando una tendencia opositora recalcitrante. Hasta acá, todo lícito y dentro del juego democrático. Lo que traspasa cualquier frontera es la actitud de algunos de sus “periodistas” que no se avergüenzan en poner de manifiesto su desinformación para dar a conocer hechos de una realidad que los contradice.

Esta semana, con el afán de generar noticias que provoquen reacciones contrarias al gobierno, dos de los máximos exponentes del periodismo covi-idiota protagonizaron una página destacada de la televisión basura, con papelón al aire incluido, tan difícil de sostener que entre un productor y un médico invitado en el estudio debieron corregir el brulote al aire. La burda operación armada en el prime time televisivo se inició con un videograph donde se manifestaba: “Denuncian irregularidades en la vacunación”.

El bloque continuó con uno de los desvergonzados presentadores –en este caso, Fernando Carnota– quien narró en tono dramático y con un primerísimo primer plano sobre su rostro de indignación, cómo en un vacunatorio de Lanús, “atendido por La Cámpora” (sic), “más precisamente de Villa del Diamante” (qué poco conurbano tenés, Carnota, es Villa Diamante, no “del diamante”), a una mujer le dieron un certificado donde constaba que había sido vacunada con una dosis de Astrazeneca. “Pero la mujer, luego, llega a su casa y revisa los datos –mientras el otro presentador, Luis Majul, agrega por lo bajo “la carga”y resulta que ahí figura que le dieron la Covishied, de la India. Ahora, dónde está el error, en la que le dieron o en la que cargaron”, remató Carnota, con expresión canchera, como si acabara de revelar el contenido de los documentos secretos del Pentágono.

En ese preciso instante se escuchó al aire una voz que les hablaba a ambos a través de las cucarachas (audífonos que utilizan los productores para comunicarse con los conductores al aire) aclarándoles que Astrazeneca y Covishield son la misma vacuna. Para colmo de males, un médico que se encontraba como invitado en el piso, terminó por dejar en evidencia el orsai de los dos exponentes de la manipulación informativa al repetir lo que el productor les estaba aclarando: “Astrazena y Covishield son lo mismo, es la vacuna del mismo principio”.

Majul, a quien no le gusta que lo contradigan, quiso escapar para delante del inevitable ridículo y no hizo otra cosa que enterrarse más en el pantano en el que estaba ya metido hasta el cuello: “Claro, es la misma vacuna, pero del Fondo Covishield” argumentó Luis Miguel en un intento por sobrar la cancha, a lo que el médico agregó: “no, Covax es el fondo, Covishield es la misma vacuna que AstraZeneca”. El telón cayó piadosamente tras un nuevo papelón de los dos operadores que fueron el hazmerreír de las redes durante toda la semana. ♣♣♣

#PA.