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Puntos débiles

Por Mauro Federico


Son los cuatro dirigentes más poderosos de la Argentina. Tres están expuestos cotidianamente por sus funciones ejecutivas al desgaste que provoca la gestión pública en el marco de una crisis sin precedentes. La cuarta es quien diseñó la estrategia para que el peronismo vuelva al poder, tras haber sido ella misma derrotada por el macrismo en 2015 y 2017. Parecen invulnerables. Pero tienen debilidades, que pueden ser explotadas por sus adversarios políticos y por sus detractores. Inmersos en una profunda debacle social y económica producto de la pandemia, Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta, Axel Kicillof y Cristina de Kirchner tienen el timón de la Argentina y, sin embargo, están expuestos a los ataques de terceros… o de ellos mismos. ¿Cuáles son los “talones de Aquiles” de quienes toman las decisiones más trascendentales en el país? Pasen y lean.

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La mitología griega cuenta relatos que fueron originalmente difundidos en una tradición poética oral. Las fuentes literarias más antiguas conocidas, los poemas épicos de la Ilíada y la Odisea, se centran en los sucesos en torno a la guerra de Troya. Una de las historias más difundidas es la del poderoso Aquiles, cuyo mito lo acompaña desde su mismísimo nacimiento.

En el siglo I después de Cristo, el poeta Estacio escribió una oda inconclusa llamada Aquileida, que contiene una versión de aquel episodio, que no aparece en otras fuentes: cuando Aquiles nació, su madre Tetis intentó hacerlo inmortal sumergiéndolo en el río Estigia. Sin embargo, lo sostuvo por el talón derecho para sumergirlo en la corriente, por lo que ese preciso punto de su cuerpo quedó vulnerable, siendo la única zona en la que Aquiles podía ser herido en batalla.

Durante el asedio de Troya, batalla final de la guerra librada entre griegos y troyanos, el príncipe más joven de aquella ciudad amurallada, Paris, mató a Aquiles clavándole una flecha envenenada en el talón. De allí aquel dicho popular que remite a la debilidad de esta parte de la anatomía del pie, en donde hasta los invencibles pueden ser vulnerados. En la mismísima fuente de su poder, está el secreto de su punto frágil.

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Cuatro dirigentes ostentan hoy en Argentina un poder que trasciende las fronteras de lo convencional. Tres de ellos, por la posición institucional que ocupan, cuentan con la legitimidad de los votos y la legalidad de sus representaciones. Pero además han logrado posicionarse como los referentes –por momentos controversiales– en una de las crisis más inéditas de la historia, que es la provocada por la pandemia.

Se trata de los integrantes del llamado “trío Cuarentena”: Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof. Los tres tienen fortalezas evidentes que fueron fundamentales para colocarlos al frente de los gobiernos nacional, porteño y bonaerense, con todo lo que ello implica en materia de responsabilidades administrativas, manejo de presupuesto y planificación de un gobierno.

La cuarta en cuestión es, tal vez, la personalidad política más importante de los últimos veinte años, cuyas capacidades y talentos son reconocidos aún por sus detractores. Se trata de la actual vice presidenta Cristina Fernández de Kirchner, arquitecta de la estrategia que le permitió al peronismo, mediante el camino de la unidad, retornar al gobierno tras cuatro años de desatinada gestión macrista.

Cuando se habla fortalezas, nadie se ofende. Pero ¿a quién le gusta que le marquen los puntos débiles? Repasemos.

Cristina tiene la misma “debilidad” que ostenta desde hace varios años y que no le ha impedido erigirse nuevamente en una de las personas más poderosas de la Argentina. Está procesada en varias causas judiciales por presuntos delitos cometidos durante sus dos gestiones como presidenta. ¿Cuál sería, entonces, su debilidad en este caso? Simple. Todas las iniciativas que tome el gobierno que ella integra en la actualidad son señaladas por los opositores como tendientes a garantizarle una supuesta impunidad en cualquiera de estos procesos.

Basta observar los señalamientos efectuados por varios miembros de la alianza Juntos por el Cambio –ampliamente difundidos por ciertos medios que parecen más opositores que la oposición– sobre la propuesta de reforma judicial presentada hace diez días por el presidente de la Nación, para entender el sentido de esta debilidad. “Quieren poner jueces amigos y desplazar a los imparciales que la puedan condenar”, dicen sin demasiados argumentos aquellos que aborrecen a Cristina.

Curiosamente una de las debilidades más notorias de Alberto Fernández guarda estrecha relación con su vicepresidenta. ¿Por qué? Porque muchas de las decisiones que toma como titular del Poder Ejecutivo se le atribuyen a la influencia que Cristina ejerce sobre su mandato. Si bien es cierto que cada vez que se le pregunta al respecto, Alberto minimiza la cuestión, el hecho en sí mismo supone una subestimación a sus propias capacidades como gobernante. Y no deja de ser irritante.

Un revoloteo de pájaro por las últimas decisiones que tuvieron ese estigma nos traslada rápidamente a la ya mencionada reforma judicial y el intento por incrementar la cantidad de jueces que integran el máximo tribunal; y, por supuesto, al fallido plan de intervención estatal del holding Vicentin, con objetivo inicial de expropiación que, finalmente, fue desestimado por el propio presidente.

En ese mismo sentido, los detractores del Frente de Todos le atribuyen a la figura presidencial un supuesto déficit de autoridad en comparación con los estilos de conducción que ejercían los Kirchner cuando manejaban el Ejecutivo. “Los peronistas deberán acostumbrarse a un liderazgo no autoritario como es el de Alberto Fernández”, sentenció hace algunas semanas el analista político Raúl Timerman y levantó polvareda con su declaración. “Alberto tiene maneras diferentes para ejercer su liderazgo y eso suele ser visto como una debilidad, tanto dentro como fuera del espacio peronista”, completó Timerman en diálogo con #PuenteAereo.

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Horacio Rodríguez Larreta es el primer opositor de este cuarteto de poderosos con talón de Aquiles. La principal debilidad del Jefe de Gobierno porteño es, ni más ni menos, que pertenece a una coalición que cuenta con dirigentes como Mauricio Macri quien, en plena crisis por la pandemia, hizo la gran “Casildo Herrera” y se borró olímpicamente con la burda excusa de cumplir con supuestos compromisos por su flamante condición de titular de la Fundación FIFA. Por eso partió rumbo a una gira que incluyó Paris, Costa Azul y Zurich (siempre acompañado de su familia, como para darle un toque vacacional a su actividad) mientras la Argentina debatía su destino.

El dirigente del PRO que tiene la enorme responsabilidad de gobernar el distrito Capital batalla dentro de su propio espacio con dirigentes que convocan a la marcha del 17A para resistirse a la misma cuarentena que el Jefe de Gobierno avala y sostiene con mucho esfuerzo. Entre los convocantes a esta absurda e irracional protesta se encuentra, nada más y nada menos, que Patricia Bullrich, la presidenta del partido que Larreta contribuyó a fundar. De hecho, en la previa a la convocatoria, el alcalde debió aclarar en los medios de prensa que él “respeta la decisión de los que movilicen, pero no piensa participar de la marcha”, basculando con la maestría del sorprendente Philippe Petit.

Cabe consignar que no son pocos los integrantes de Juntos por el Cambio que ven como una debilidad lo que, para muchos, es una fortaleza: su enorme capacidad de tolerancia para sentarse a dialogar con quienes tiene diferencias ideológicas insalvables, pero que son dejadas de lado a la hora de priorizar aspectos de gestión imprescindibles para el bien común. Sin ir más lejos, Larreta ha recibido centenares de críticas por formar parte de ese “tridente” que acuerda y consensua los detalles de esta cuarentena sempiterna, junto a Fernández y Kicillof.

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El gobernador de la provincia de Buenos Aires, en tanto, carga en sus espaldas con la imagen de joven maravilla surgido de los claustros del Nacional Buenos Aires, que tiene el plafond académico suficiente como para enfrentar cualquier desafío, pero carece de la “calle” requerida a la hora de pilotear un territorio complejo y atravesado por el predominio de los caciques de su propio partido. Su paso por la militancia universitaria le otorga a su impronta política elementos discursivos que distinguen a ese estilo dirigencial, cuyos exponentes parecen hallarse cómodos en ámbitos que asemejen a las asambleas estudiantiles.

Tampoco aparece detrás de su figura ejecutiva un equipo de gestión lo suficientemente aceitado como para enfrentar el pesado legado de su antecesora, que entregó llave en mano una provincia en llamas. A pesar de lo cual, Kicillof se las viene ingeniando para sortear las dificultades de lo heredado, más el tremendo escenario que propone la pandemia, particularmente ensañada con el distrito bonaerense. Ciertos contrapuntos entre los miembros de su propio gabinete y de algunos de estos con integrantes del staff ministerial nacional, evidenciaron desacoples que podrían encuadrarse dentro del listado de debilidades del economista.

Ninguno de ellos debería sentirse perturbado por este análisis que solo tiene por objeto proponer una mirada sobre las debilidades de quienes tienen la enorme responsabilidad de gobernarnos, en uno de los momentos históricos más complejos que nos haya tocado vivir como sociedad. Los cuatro aludidos no solo forman parte de nuestra clase política sino que, además, enfrentan cotidianamente el desafío de tomar decisiones que pueden cambiar la vida de millones de personas. Desde ese lugar, y no desde la chicana inconsistente que magro favor le hace a la tan necesaria unidad de acción para sortear las turbulencias de la hora, debe tomarse este humilde repaso por los “puntos flacos” de los principales dirigentes de la Argentina. ♣♣♣

#PA.

Lunes 17 de agosto de 2020.