El “presidente que no fue” y el que puede serlo

Por Mauro Federico

Por Mauro Federico


Máximo Kirchner urde con puntada firme la organización que se prepara para liderar un nuevo proceso de transformación en Argentina. Como el Frente para la Victoria en los ochenta, el heredero natural del legado político más importante de los últimos treinta años, construye poder, sin prisa pero sin pausa, priorizando el proyecto por sobre su propia candidatura. Consolidar el territorio, perfeccionar cuadros en el manejo de la “cosa pública” y fortalecer los lazos con la burguesía nacional, son los objetivos estratégicos de La Cámpora, que aspira a colocar un Presidente en el 2027. Alianzas, confrontaciones y el rol de Alberto Fernández, Axel Kicillof y Sergio Massa en la transición. Pasen y lean.

La figura de Héctor José Cámpora es recordada por haber sido el presidente de los 49 días que antecedieron el retorno de Juan Domingo Perón a la Argentina, tras dieciocho años de exilio. Su rol fue mucho más trascendental que el asignado por los escribas del establishment histórico y mediático, quienes maliciosamente intentaron devaluar su legado, sostenido en una trayectoria de lealtades y sacrificios en pos del ideario justicialista, con proscripciones, cárcel y exilio incluidos.

Para la tendencia revolucionaria del peronismo setentista, Cámpora representó una figura emblemática de aquella transición entre el gobierno de facto del general Agustín Lanusse y el camino de Perón hacia su tercera presidencia. Durante el breve período que estuvo al frente del Ejecutivo, el “odontólogo de Giles” —como lo llamaban maliciosamente los opositores— debió resolver tres problemas centrales para el sostenimiento de la democracia: cómo subordinar a los militares al nuevo poder civil; cómo insertar en el orden constitucional a las organizaciones guerrilleras que habían combatido la dictadura; y cómo realizar la amnistía de los delitos políticos cometidos durante la autodenominada Revolución Argentina. Y todo en un contexto mundial signado por la Guerra Fría y la Doctrina de la Seguridad Nacional de Estados Unidos, que exigía a los países latinoamericanos utilizar sus fuerzas armadas para reprimir la “infiltración marxista”.

La llegada de Perón, su posterior muerte —que dio paso al gobierno de María Estela Martínez y su oscuro adláter José López Rega—, el surgimiento de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) —que desembocó en el Golpe del 24 de marzo de 1976— y los siete años de sangrienta dictadura cívico-militar, contribuyeron a constituir una imagen distorsionada de El Tío.

Reivindicar su impronta histórica implicaba plantear una discusión al corazón del mismísimo peronismo. Sin embargo, a Máximo Kirchner no le preocupó demasiado cuando decidió –junto a un puñado de jóvenes militantes aquel Día de los Inocentes de 2006— bautizar su agrupación política con el nombre de “La Cámpora”.

La organización se fortaleció durante el lockout patronal agropecuario de 2008 y creció considerablemente a partir del 27 de octubre de 2010, luego de la muerte de Néstor Kirchner y las subsiguientes demostraciones populares de duelo que la acompañaron, con manifestaciones caracterizadas por una activa presencia juvenil. ​

“Los hijos del poder”, “la banda de la Play Station”, “militancia rentada”, en esos primeros años la agrupación fue estigmatizada con todos los motes peyorativos imaginables. Cuando Cristina fue derrotada en 2015 y debió abandonar la Rosada, los vaticinios más oscuros se cernieron sobre el destino del grupo. “Sin el apoyo del Estado, van a desaparecer”, auguraron los oficialistas de entonces, mientras seguían nutriendo las usinas de difamación.

Contrariamente a lo que esos sectores suponían, los cuatro años de macrismo sirvieron de impulso para fortalecer y ampliar cuanti y cualitativamente los tentáculos de la agrupación que continuó creciendo y sumando militantes y experiencia en la resistencia al gobierno de Cambiemos. Como el peronismo mismo, que se alimentó del odio sembrado en su contra y lo usó de combustible para incentivar la mística, La Cámpora supo aprovechar la adversidad en el mismo sentido. Su rol fue protagónico en la campaña que le permitió al justicialismo volver al gobierno en 2019.

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Liderazgos presentes y futuros

A Máximo no lo desvela llegar a la Casa Rosada. Al igual que su padre, el primogénito de la sociedad conyugal/política más importante de los últimos treinta años y actual titular de la bancada del Frente de Todos en la cámara de Diputados, prioriza la construcción de su proyecto de poder por sobre los cargos y los despachos propios.

Néstor emprendió ese sueño en la década del ochenta desde su Santa Cruz natal y lo bautizó “Frente para la Victoria”, fuerza con la que llegó a la Presidencia en 2003 y logró dos reelecciones, para coronar un ciclo de doce años en la conducción del Estado.

Máximo comenzó a erigir su propio proyecto cuando aquel espacio nacido en la ventosa Río Gallegos como expresión del peronismo santacruceño, desembarcó en Buenos Aires con un puñado de cien “espartanos” para ocupar los cargos de un Poder Ejecutivo al que habían arribado cuatro años antes de lo previsto en el plan original.

El territorio elegido por La Cámpora como cabecera de playa para su desembarco no fue la lejana pingüinera patagónica, sino la inabarcable provincia de Buenos Aires. Hoy, por decisión de la líder indiscutida del espacio kirchnerista cuyo nombre se ha transformado en bandera para estos jóvenes, el espacio cuenta con dos referencias claras: Axel Kicillof, a quien le toca la ardua tarea de administrar el distrito más grande y complejo de la Argentina; y el propio Máximo, que tiene la no menos dificultosa labor de conducir el proceso político de alinear a todos los sectores en pos de la unidad.

El gobernador no disfruta de las reuniones de rosca, tiene un perfil bajo y detesta los asados donde los intendentes se la pasan mangando y nunca termina por resolverse nada. Pero para contener a la tropa peronista en tierras bonaerenses y sostener la territorialidad de un movimiento tan amplio y heterogéneo como el Frente de Todos, es necesario mostrar presencia en todos los espacios.

Para eso está Máximo, que los escucha aparentando atención, mientras le hinca el diente a un ojo de bife con ensalada y nunca responde con una negativa: “Lo tomo, lo charlamos con Cristina y vamos viendo”, suele ser su respuesta. Porque a nivel nacional está claro que la conducción es de ella, nadie lo discute. Sin embargo, la vicepresidenta sabe que llegó el tiempo de la generación de su hijo y que deberán ser ellos los que asuman la responsabilidad de llevar las riendas del movimiento.

Aquí aparece un primer punto de discusión. Para el kirchnerismo duro, la reelección de Alberto Fernández no es un objetivo prioritario. “Alberto no está cumpliendo con el contrato prenupcial”, le dijo a #PuenteAereo una fuente con acceso a los despachos de las cabezas camporistas. ¿Eso qué significa?, repreguntó este cronista. La respuesta no se hizo esperar: “Él llegó a la Rosada porque la Jefa lo eligió de candidato con algunos compromisos claros, como por ejemplo intervenir para que se desactiven las causas del lawfare con las que el macrismo pretendió acorralar a Cristina; o mantener a raya al Grupo Clarín para evitar sus ataques furiosos contra nosotros y la verdad es que, transcurrido más de un año de mandato, todavía no hizo ninguna de las dos cosas”, dijo el informante.

La apuesta de alguno de los integrantes del espacio es que en 2023 haya un candidato más comprometido con esas consignas. “Que se anime, como hizo Néstor —siempre por la vía institucional— a cambiar a los miembros de la Corte, que lo único que tiene de justicia es el nombre”, apuntó otro integrante de la agrupación. Uno de los primeros frentes que decidió atacar Kirchner cuando asumió en 2003 fue el fuerte desprestigio de la Corte Suprema de Justicia, que durante los `90, se había ganado el mote de “adicta” al poder, por ser funcional al menemismo y a los grandes intereses económicos. “No pedimos que saque a cinco jueces, pero por lo menos que impulse el juicio político de alguno, para demostrar que el poder elegido por el pueblo no está dispuesto a soportar más persecuciones judiciales basadas en intencionalidad política y no en razones jurídicas”, reafirmó el dirigente con militancia en la Tercera Sección Electoral.

En el mazo de los posibles candidatos, aparece en primer término la carta de Axel, que viene sorteando la tremenda crisis de la pandemia con luces y sombras, pero con balance levemente positivo. “Aunque no es del riñón, tiene convicciones firmes y comparte con nosotros la misma visión estratégica sobre el rumbo que debe tomar la Argentina y quiénes son los enemigos”, agregó la fuente.

Otro que “está en la baraja” a la que recurrirán los camporistas para buscar un posible sucesor de Alberto es el actual titular de la Cámara de Diputados de la Nación, Sergio Massa. “Juega bien con nosotros, coordina acciones dentro y fuera del Congreso y tiene amigos entre los empresarios que necesitamos para reconstruir la burguesía nacional, además de ser un trofeo para Cristina”, dijo el camporista.

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El control del PJ y el territorio

La apuesta de La Cámpora en territorio bonaerense incluye el intento de Máximo Kirchner de asumir la presidencia del Partido Justicialista provincial  y la promoción de referentes con proyección en varios distritos claves del conurbano. Algunos ya ostentan cargos importantes a nivel nacional, pero no descuidan el “pago chico” y muchas veces trabajan a nivel local junto a los intendentes peronistas, más allá de los tironeos por la conducción partidaria. También marcan presencia en distritos gobernados por macristas.

Los Camporistas se hicieron fuertes en el conurbano, pero algunos de ellos se proyectaron a la gestión nacional. El caso más emblemático es el de Luana Volnovich, que saltó de la militancia de base en Berazategui a directora ejecutiva del PAMI. En su distrito manda un histórico Barón, Juan José Mussi, que apoya y colabora a la consolidación del proyecto kirchnerista bonaerense desde su aparición en 2003.

El principal aliado de Máximo en la Tercera Sección es el jefe comunal de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, que apoyó su candidatura para el PJ bonaerense. Allí milita la diputada nacional Daniela Vilar, que es la referente camporista en el municipio lomense. En los populosos pagos de Fernando Espinoza y la vicegobernadora Verónica Magario, el que maneja la organización kirchnerista es el presidente del bloque de Diputados del Frente de Todos en la Legislatura bonaerense, Facundo Tignanelli. El bloque oficialista en el Senado provincial también está en manos del militante camporista Gervasio Bozzano.

Aunque el intendente sea Fernando Moreira, en San Martín, manda Gabriel Katopodis —hoy integrante del gabinete nacional—, donde lleva la bandera de la agrupación K Lauro Grande, titular de la Unidad de Articulación Territorial del ministerio de Obras Públicas. En la capital bonaerense la cara camporista es Martín Alanis, secretario de Desarrollo Institucional de la Cámara Baja provincial.

En cuanto al escenario partidario, este sábado se reunieron los miembros del Consejo del Partido Justicialista bonaerense para busca la unidad que permita acordar una lista única, encabezada por Máximo. Aunque en el peronismo suele describirse como “obsoleto” o relativizar la relevancia de la estructura partidaria, la conducción del PJ en un año electoral es clave. Por eso el Frente de Todos resolvió encomendar esta tarea al hijo de la vicepresidenta.

De concretarse finalmente, el heredero natural del legado kirchnerista habrá dado un paso más en la construcción de un proyecto de poder que prioriza la organización a las candidaturas. Todo a su tiempo, dicen en su entorno. Ya llegará el momento de disputar la Presidencia de la Argentina, agregan. Por ahora “paso a paso”, como decía “Mostaza” Merlo, el técnico que sacó campeón a Racing tras 34 años de sequía. Otra historia que los Kirchner también conocen de memoria.   

#PA.

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