El Dunkerque de Alberto

El Dunkerque de Alberto

Por Mauro Federico


Del toque de queda sanitario, a la sugerencia a los gobernadores para que restrinjan la actividad gastronómica entre la una y las seis de la mañana, hay una distancia que el Ejecutivo nacional optó por recorrer en las horas previas a la publicación del decreto, que también pasó de ser de “necesidad y la urgencia” a la “recomendación”. Para evitar planteos de anticonstitucionalidad y otras posibles objeciones judiciales, Alberto Fernández eligió el camino de trasladar la responsabilidad en la ejecución de medidas restrictivas a los jefes provinciales. A la vez, se intentó un nuevo apelativo a la conciencia colectiva invitándolos a ejercer la “cuidadanía” de manera responsable y así evitar los caldos de cultivo para la proliferación de un virus que sigue provocando contagios y muertes. ¿Alcanzará para frenar la segunda ola y darle tiempo al proceso de vacunación que, tarde o temprano, nos protegerá del Covid? Pasen y lean.

La que se convertiría en la Segunda Guerra Mundial estaba dando sus primeros pasos. Tras la invasión de Polonia a manos de los nazis, en septiembre de 1939, siguieron ocho meses de calma tensa que terminó con el ataque a Dinamarca y Noruega, en abril de 1940. Pero durante esa supuesta calma la idea de Hitler no era otra que la de avanzar hacia el oeste para dar el primer gran golpe: la conquista de París. El grueso del ejército nazi invadió Bélgica, los Países Bajos y Francia. Pero el que fue el gran triunfo del ejército alemán en la guerra tuvo algo de pírrico a largo plazo, en un escenario inesperado y poco reconocido hoy en día: las playas de Dunkerque, una pequeña localidad costera ubicada al nordeste del territorio galo.

En esas playas terminaron acorralados más de 300.000 soldados británicos, franceses y belgas, que vieron en ese pequeño puerto la mejor vía de salida para una retirada que no ofrecía otra posibilidad. La pinza de la Wehrmacht, empujando desde el norte y sobre todo desde el sur, condenaba al bando aliado a la huida hacia las islas británicas como única alternativa a la rendición. Y para lograrlo, los aliados pusieron en marcha la Operación Dínamo, una maniobra combinada de fuerzas militares para evacuar a las tropas aliadas, a fines de mayo de 1940. La operación permitió rescatar a esos soldados que se encontraban asediados por los alemanes y sentenciados a la rendición o a la muerte.

Cerca de la medianoche del 26 de mayo, bajo un intenso fuego de artillería de las baterías alemanas y bombardeos de aparatos de la Luftwaffe, miles de soldados aliados hicieron interminables colas en la playa, mientras siete divisiones francesas resistieron en los ochenta kilómetros del frente de batalla. La Armada británica había preparado una flota con cuarenta destructores y ciento treinta barcos mercantes y de pasajeros, que debían embarcar las tropas en condiciones muy precarias, pues el puerto de Dunkerque había sido devastado por los bombardeos nazis y solo estaba operativa la zona exterior durante la marea alta.

Para transportar a los soldados desde la playa hasta los barcos de la Royal Navy, que permanecían en alta mar defendiéndose de la artillería aérea alemana con sus propias baterías antiaéreas, se utilizaron todos los medios disponibles en la playa. A pesar de las cuantiosas pérdidas materiales, en poco más de seis días, lograron atravesar el estrecho de Calais rumbo a territorio británico más de trescientos mil combatientes.

La operación fue bautizada como El Milagro de Dunkerque. Ese mismo día, el premier británico Winston Churchill legó a la posteridad uno de sus discursos más recordados, donde expresó una frase que pasó a la posteridad: “las guerras no se ganan con evacuaciones, de los enemigos no se huye, se los enfrenta y eso es lo que haremos, cuando corresponda”.

Como el nazismo por Europa, el coronavirus se expandió por todo el planeta de manera vertiginosa y letal. En Argentina, la primera ola de contagios logró demorarse lo suficiente como para permitirle al gobierno reforzar el sistema sanitario y así evitar el colapso de las terapias intensivas. Alberto Fernández siempre supo que la única manera de evitar una segunda ola pandémica trágica es tener inmunizada a la mayor parte de la población vulnerable antes que la curva epidemiológica se descontrole. Ese cálculo inicial falló. Nadie imaginó que las conductas sociales irresponsables y la relajación de las medidas preventivas iban a adelantar el incremento de casos mucho antes siquiera de tener vacunado al personal de salud.

Y por eso esta semana fue decisiva para resolver la adopción de medidas radicales que permitan reducir drásticamente los niveles de circulación del virus que, como ya todos saben, se mueve con más velocidad conforme haya mayor concentración de gente sin los cuidados mínimos indispensables (distancia social, uso de barbijo y alcohol en gel). Las hipótesis que se barajaron fueron desde un complicado retorno a la tan resistida Fase 1, hasta el toque de queda sanitario, que permita restringir al máximo las actividades de los grupos sociales más jóvenes quienes, se prejuzga, son los más proclives a violar las normativas de cuidado vigentes.

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Enfrentar o huir

Al igual que Churchill al momento de decidir la evacuación de sus soldados, Fernández debió resolver la estrategia para proteger a la población de los contagios masivos. A la espera de las dosis salvadoras, otra vez, tuvo que ganar tiempo y evitar que hasta tanto la mayoría de la población no esté protegida, el virus no se siga haciendo un picnic con quienes mayores riesgos corren.

Había una carta fuerte, con la que seguramente hubiera ganado esa tan ansiada primera mano, que vale doble, pero para ello debía enfrentarse con el fantasma de la desaprobación, justo en el comienzo del año en el que su gobierno deberá enfrentar el primer test electoral que dará veredicto sobre la mitad de su gestión. Cuarentena estricta por quince días o toque de queda sanitario eran dos hipótesis a tono con la preocupación de los partes que día a día no bajaban de números con cinco cifras.

Entonces sobrevino un pensamiento que Fernández perfectamente pudo haber aprendido leyendo a Von Clausevitz o Tsu Tzu: “jamás des una orden que tus soldados no estén dispuestos a cumplir porque su desacato, te debilitará ante la tropa”. Un rápido sondeo por el humor social le confirmó al presidente la peor de sus suposiciones: un alto porcentaje de la población no iba a acatar ninguna disposición que atente contra el trabajo, simplemente porque “no dan más”.

El razonamiento lo llevó a inclinarse por repartir responsabilidades con sus “socios” de gestión: los gobernadores. Y les promulgó un decreto por el cual los “invita” a seguir las “recomendaciones” oficiales en torno a la prevención del coronavirus. El que quiera celeste, que le cueste, que se haga cargo, que no permitan que cualquiera se apodere del espacio que tanto costó construir.

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¿Qué puede pasar ahora?

Hoy hay más preguntas que respuestas. Ni Santiago Cafiero, ni Carla Vizzotti, ni Matías Lammens, ni –un rato más tarde- Horacio Rodríguez Larreta o el propio Axel Kicillof, pudieron evacuar las dudas de millones que no terminan de entender cómo se van a implementar las medidas sugeridas por el gobierno y si efectivamente contarán con el consenso de las autoridades distritales y de la población en general.

Este fin de semana terminarán de entrar en vigencia las módicas restricciones a las que se adhirieron los gobernadores. Los resultados no se verán inmediatamente, habrá que esperar varias semanas, pero de seguro será mejor que lo que veníamos viviendo.  Aunque no alcance para evitar que el cerco viral se cierre sobre la población antes que podamos dar una respuesta inmunizatoria.

El poder del presidente es fundamental para garantizar la firmeza del timón a la hora de conducir la nave a buen puerto. Si hoy no se puede enfrentar cara a cara los efectos de la pandemia, va a ser muy difícil sortear la complejidad del escenario futuro, que ya tiene una carátula muy poco optimista. ♣♣♣

#PA.