El dilema del prisionero

El dilema del prisionero

Por Mauro Federico


Buenos augurios tras reuniones con sindicalistas y empresarios. Anuncios de acuerdos salariales y de precios que encarrilan una discusión crucial para el sostenimiento de la pauta inflacionaria proyectada por el Gobierno, a la que las expectativas del mercado consideran poco probable. Sin embargo, todo depende del cumplimiento de lo acordado y de la confianza que inspire la política económica diseñada por Martín Guzmán para este 2021 en el que se espera una recuperación lo suficientemente perceptible al humor de la ciudadanía como para ganar las elecciones de medio término. ¿Alguno traicionará el acuerdo? Pasen y lean. 

John Forbes Nash fue uno de los economistas más notables del Siglo XX. Tal su genialidad que, a pesar de padecer esquizofrenia paranoica y de tener pocas condiciones para relacionarse por los demás, recibió el premio Nobel de Economía en 1994 por sus aportes a la teoría de los juegos no cooperativos y los procesos de negociación. El dilema del prisionero es uno de los problemas fundamentales de esta teoría, que demuestra que dos personas con intereses comunes pueden no llegar a cooperar, incluso si esto va en beneficio de ambas.

El enunciado se puede simplificar con un ejemplo sencillo: la policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos, por lo que se decide separarlos y darles el mismo trato, intentando que ambos confiesen para conocer la verdad. La pena que tendrán que cumplir dependerá de si cada uno de los sospechosos está dispuesto a cooperar, o si decide traicionar al otro.

Cada uno de los sospechosos tienen dos opciones: cooperar con su cómplice y permanecer callado, o bien confesar y por tanto traicionar a su cómplice. En primer lugar, vamos a suponer que los dos sospechosos son completamente egoístas y su único objetivo es reducir su propia estancia en la cárcel. El resultado de su elección dependerá de la elección del otro sospechoso; el problema es que ninguno de ellos conoce la decisión del otro.

En ambos casos, confesar es la estrategia dominante. Sea cual sea su elección, podrá siempre reducir su pena si confiesa, por lo que la elección regular será la de confesar. Por desgracia, confesar significa cumplir una condena de seis años cada uno y, sin embargo, si ambos cooperaran podrían salir en tan solo un año.

Pero ninguno de los dos va a querer arriesgarse a recibir una condena más dura y por eso deciden en función de sus propios intereses; hay que tener en cuenta que ambos sospechosos son egoístas, y que esta forma de elección, reducirá la pena independientemente de la elección del otro sospechoso, aunque la pena no sea la decisión que maximiza el beneficio. La decisión óptima en este caso sería que ambos sospechosos lo negaran, ya que la pena total sería tan solo de dos años, mucho menor que los seis que recibiría cada uno de los dos sospechosos si ambos confiesan. Pero ¿en qué pueden basar los sospechosos sus decisiones de cooperación? Al no conocer la decisión del otro, ambos jugadores tendrán que basarse en el conocimiento que tengan de decisiones similares pasadas, o de la confianza que tenga de que el otro jugador haga lo mismo que él.

El padre del liberalismo, Adam Smith, afirmaba que “en la competencia, la ambición individual beneficia al bien común”. O lo que es lo mismo, si cada empresa e individuo busca su máximo beneficio, también acabará mejorando al grupo. Sin embargo, en el dilema del prisionero esto no es así y el máximo beneficio se obtiene cuando cada individuo busca lo mejor para él y para el resto del grupo.

En la película Una mente brillante, en la que Rusell Crowe interpreta magistralmente el papel de Nash, hay una escena en un bar que lo explica con un ejemplo más mundano. Nash y sus amigos están tomando unas cervezas cuando entra un grupo de chicas con una rubia muy atractiva a la cabeza. Todos deciden que van a intentar seducirla, pero Nash los convence que lo mejor para el bien común es que cada uno escoja a una amiga, porque si van todos por la rubia, esta los rechazará por sentirse asediada, y luego lo harán las amigas por haberlas escogido por descarte. Acá el dilema del prisionero se aplica porque todos deben confiar en que ningún amigo va a intentar levantarse a la rubia y sacar el máximo beneficio individual a costa de traicionar a sus compañeros. Si todos buscan su máximo beneficio, al final todos salen perdiendo.

El dilema del prisionero es perfectamente aplicable en la actividad económica y empresarial diaria. La cooperación entre empresas se ha convertido en uno de los interrogantes que a todo directivo se le plantean al llevar a cabo la dirección estratégica de la compañía. ¿Es beneficioso para ambas compañías el cooperar en un mercado competitivo?

Imaginemos dos empresas que compiten en el mismo sector, un sector altamente competitivo en el que es muy complicado mejorar la posición competitiva en el mismo. En un momento determinado, se le plantea a dos empresas la posibilidad de poder cooperar para mejorar la posición de ambas. La cooperación de ambas empresas puede ser beneficiosa para ambas, cuyas ventajas podrían ser:

Cada una de ellas puede aprovechar las ventajas comparativas de la otra, aumentando sus capacidades y competencias. Ambas pueden aprovechar las economías de escala, es decir, reducir el costo unitario de cada producto a medida que aumenta la producción. Ambas ganarán terreno con respecto a la competencia.

El objetivo final es que se produzcan sinergias entre ambas empresas, es decir, que el efecto producido por la combinación de los negocios de ambas sea superior a la acción individual de cada una de ellas. El beneficio se maximizará si las dos empresas son honestas y realmente cooperan, pero si una de las dos traiciona a la otra para buscar su propio beneficio, ocurrirá exactamente lo contrario.

En realidad, ni tan siquiera cooperando se logrará el máximo beneficio individual. Los ingresos de esta cooperación habrá que compartirlos entre los competidores que cooperen, además de reducir la autonomía empresarial, al menos en todo lo relacionado con el objetivo de la cooperación. En todo caso, lo más probable que en sectores altamente competitivos, la acción coordinada de ambas empresas redunde en el beneficio de ambas.

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Precios y salarios en el centro del dilema

El Gobierno reunió esta semana a empresarios y sindicalistas por separado, para encaminar una negociación que le permita contener la inflación y, a la vez, contemplar las demandas de los dos sectores que pujan por un pedazo más grande de la torta, a la hora de la repartija. Los representantes de ambos sectores salieron de sendas reuniones con la convicción de que los funcionarios habían comprendido sus reclamos y que iban a actuar en consecuencia. Incluso en el encuentro del jueves con la crema empresarial, hubo aplausos para el ministro de Economía Martín Guzmán que sonaron a un gesto de confianza.

El acuerdo fue útil para alinear expectativas y como una especie de remedio para combatir la inercia. Si todos cumplen con el compromiso adoptado, la estrategia puede funcionar. Pero si una de las partes decide cortarse sola, podrá sacar ventajas temporarias, pero a la larga, el esquema se caePorque lo único que sostiene este esquema es la confianza. No es poco, para una administración que vienen debatiéndose entre la crisis heredada y la generada por una pandemia que socavó los ya deteriorados cimientos de la economía. Precios y salarios disputan la clásica carrera por ver quién llega más rápido y más alto. Si el Gobierno no logra el equilibrio, el sistema no resiste y la inflación terminará por hacer su trabajo demoledor.

Lo primero que intentó Guzmán en las reuniones con ambos sectores fue aferrarse a las previsiones de su presupuesto —donde prevé una inflación del 29 %— y torpedear las predicciones de las consultoras que a mediados de semana dieron a conocer su tradicional Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM) que estima una suba de 50% para fines de 2021. Para lograr su objetivo, desacreditó el trabajo de los “privados”, alegando que “siempre se equivocan” y que el Estado tiene razón. Por eso, aunque sin hablar de techos a las paritarias de los gremios, el gobierno logró alinear a la mayoría de los sindicalistas presentes en cercanías del número mágico del treinta.

“La inflación es un problema macroconómico”, repitió como un mantra antes gremialistas y empresarios y explicó (¿justificó?) lo ocurrido con la disparada de los precios en las últimas semanas alegando que el mercado “extrapola” lo que ocurrió con los precios en el último trimestre, algo que consideró un “error”. La expectativa es que no vuelva a repetirse en este primer trimestre de 2021.

Justo el día de la reunión con los caciques gremiales, Sergio Massa presentó su proyecto para elevar el monto del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias hasta los 150 mil pesos, con lo que se beneficiarían cerca de 1,2 millones de trabajadores. Fue como un bálsamo para las heridas aún no cicatrizadas por las promesas casi siempre incumplidas de considerar el salario como retribución al débito laboral y no como una mera ganancia sobre la cual el Estado pretende imponer un gravamen.

Al día siguiente, el Gobierno recibió a los representantes de los grupos empresariales más importantes de la Argentina e hizo un pedido de juego limpio con los precios. A la vez, se acordó un blanqueo de las estructuras de costos para atacar la raíz del problema inflacionario. El objetivo declamado es que el esfuerzo de las empresas y los trabajadores “no se vaya por la canaleta de la inflación”, para lo cual se hace imprescindible “vigorizar el mercado interno y establecer un acuerdo político y social entre todos los sectores”, dijo el Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, en la apertura del encuentro en el Museo del Bicentenario.

Todos los ministros se encargaron de hacer foco la misión principal del Ejecutivo: que en 2021 el salario le gane a la inflación. Y para eso es fundamental no solo que las paritarias superen la previsión inflacionaria, sino también que los controles puedan contener los precios. “Si no, estaremos en presencia de la clásica imagen del conejo corriendo la zanahoria que nunca alcanza”, graficó uno de los ministros presentes en ambos encuentros. Lograr esto solo será posible si el Estado afloja las tensiones históricas entre supermercados y productores de alimentos en su rol de formadores de precios. “Unos alegan que son los comercios y otros que son los fabricantes, pero no se trata de buscar culpables, sino una solución”, explicó la fuente.

El empresario textil Teddy Karagozian pareció haber estudiado el dilema del prisionero. Tras el encuentro declaró: “si nosotros perdemos dinero las empresas quiebran y los empleados pierden el trabajo, eso fue lo que me ocurrió con el Gobierno anterior, tuve que cerrar tres de mis nueve fábricas y despedí a 800 personas y hoy me están pidiendo que genere empleo”.

Ambos fueron rounds de estudio en los que el Gobierno adelantó los lineamientos sobre una discusión que se seguirá en reuniones más chicas y cruzadas, con empresarios y sindicatos. Allí se verá lo más caliente de un debate ríspido, en un contexto inflacionario que requiere soluciones urgentes. Lo que queda claro es que no hay posibilidad de que la recuperación se pueda transitar de una forma virtuosa, si no hay un crecimiento del salario real. Y para ello es clave que la coordinación de expectativas vaya en una reducción de la inflación que macroeconómicamente es factible junto a un aumento sostenible y posible del salario real. 

Porque —como dice el analista político Raúl Timerman— “en esta crisis somos todos prisioneros: gobierno, sindicalistas, empresarios, obreros, empleados, amas de casa y estudiantes”.  ♣♣♣

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