Alberto Nisman y sus dos demonios

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Por Mauro Federico


En un nuevo aniversario de la aún no esclarecida muerte del fiscal de la UFI AMIA no faltaron las teorías estrafalarias y los opinólogos de ocasión que –lejos de contribuir con el esclarecimiento de los hechos– solo arrojaron más dudas sobre lo acontecido en el departamento Le Parc hace exactamente cinco años. Sin embargo, poco se habló de la interna entre los servicios de inteligencia que sembró de pistas erráticas la investigación del atentado y reemergió con intensidad tras la denuncia de Nisman por el Memorándum con Irán, cuatro días antes del trágico suceso. El fantasma de Stiuso, que ya no asusta, sirve como pantalla para seguir ocultando las pruebas que podrían terminar con la impunidad en los dos sucesos más conmocionantes de la historia contemporánea argentina. Pasen y lean.

Hasta la llegada de los Simpson a la cultura occidental, el más famoso de los Homeros no era el padre de la célebre familia de Springfield, sino el mítico aedo griego a quien se le atribuye la autoría de obras monumentales de la literatura antigua. Una de las más famosas es La Odisea, donde Homero relata las peripecias del rey de Itaca durante su periplo de regreso al hogar, tras la guerra contra los troyanos. En ese derrotero interminable hasta los brazos de su amada Penélope, Ulises debe atravesar por innumerables inconvenientes que amenazan su vida y la de su tripulación. Uno de esos escollos es el estrecho paso entre dos monstruos: Escila, con torso de mujer y cola de pez del que surgen seis perros, cada uno con dos patas finalizados en cabezas con tres filas de dientes que atacan ferozmente a los barcos que pasan por su lado del estrecho. Y en el otro extremo del canal un remolino, Caribdis, que tres veces al día devora a los barcos que se le animan y los vomita destrozados. La expresión “entre Escila y Caribdis” se ha utilizado mucho en la literatura y hasta en el lenguaje coloquial, para representar el estado donde uno se encuentra entre dos peligros. 

Al igual que los marineros de Odiseo, Alberto Nisman, de cuya muerte se cumplió ayer cinco años, intentó sortear el paso entre dos demonios que atraviesan la historia contemporánea de nuestro país: el atentado a la AMIA y las sucesivas maniobras para encubrir a sus responsables, entre las cuales el propio Nisman entendió que se encontraba la firma del memorándum con Irán, origen de la denuncia que terminaría por sellar su destino. Detrás de esos intrincados artilugios que garantizaron la impunidad, emerge la sombra de los servicios de inteligencia, en donde también habitaron hasta no hace mucho algunos monstruos menos mitológicos, pero tan peligrosos como los de la estrecha ruta marítima de la antigua Grecia.

El quinto aniversario de la muerte del fiscal fue la excusa perfecta para que muchos sectores reabrieran una herida que continúa sin cicatrizar en la memoria colectiva, valiéndose de argumentos aportados por los históricos encubridores, que son rayanos con la ciencia ficción. Así, no faltaron durante estos días los artículos periodísticos que intentaron fortalecer la hipótesis del asesinato de Nisman, subidos a un supuesto análisis del entrecruzamiento de llamadas y mensajes que involucraría –una vez más– al ya procesado como partícipe necesario del presunto crimen Diego Lagomarsino. Una hipótesis imprecisa y de difícil validación tecnológica, que solo sirve para alimentar las expectativas de quienes no aceptan otra conclusión que no sea la del magnicidio.

Lamentablemente, tanto lo ocurrido en la AMIA hace un cuarto de siglo como la sospechosa muerte de su principal investigador, forman parte de los hechos sobre cuya materialidad la Justicia nunca terminó de hallar las pruebas que convalidaran las hipótesis impulsadas, en ambos casos, por el mismo sector de los servicios de inteligencia: que hubo coche bomba en el atentado organizado por los iraníes y que a Nisman lo mató un comando por orden de la Presidenta que quiso garantizarles la impunidad a los autores del ataque contra la mutual judía. Y ese destino trágico pende como espada de Damocles sobre la sociedad argentina. ¿Cómo es posible que dos episodios de tamaña magnitud institucional permanezcan sin una resolución judicial contundente que disipe dudas sobre su responsabilidad? ¿En qué país, que se precie de serio, puede transformarse una tragedia conmocionante en materia opinable de la clase política, como si se tratara de un Boca-Ríver?

***

Mucho servicio, poca inteligencia

La ex Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), actual Agencia Federal de Inteligencia (AFI), estuvo –y sigue estando– presente en ambas pesquisas, con un protagonismo que no siempre fue el adecuado. El primer tramo de la investigación por la explosión en la calle Pasteur, que arrojó un saldo de 85 víctimas fatales, estuvo a cargo de un equipo especial que comenzó a desanudar una compleja trama de relaciones entre terroristas de Medio Oriente y una supuesta conexión local, sobre quienes se puso el foco en aquellos primeros años. Una interna orquestada desde la división Contrainteligencia desplazó a aquel grupo de elite, formado por una docena de integrantes de La Casa –varios de los cuales provenían de la inteligencia militar– y montó la primera gran pantalla de encubrimiento sobre el atentado. 

Esos grupos tenían dos cabezas bien diferenciadas: los doce apóstoles de la Sala Patria, estaban comandados por el licenciado en ciencias políticas Patricio Finnen y el mayor del Ejército Alejandro Brousson; mientras que el otro sector, era liderado por Antonio Stiuso, especialista en informática que manejó la estratégica Dirección de Operaciones del organismo. Mucho más hábil para el manejo político y con menos escrúpulos que sus oponentes, “Jaime” supo construir su poder en base a la utilización “oportuna” de información que acumulaba en sus archivos en perjuicio de sus enemigos.

Cuando Nisman tomó el control de la causa AMIA, el mismísimo Néstor Kirchner lo conectó con Stiuso para que trabajaran juntos. En más de doce años al frente de la Unidad Fiscal especial, la dupla no logró avances significativos que sirvieran para consolidar una acusación fundada en hechos comprobables jurídicamente. Toda la ingeniería de la acusación contra los sospechosos de siempre, se fundó en los dichos de los informantes secretos y en las teorías que el propio Stiuso construyó para conformar el apetito de avances que demandaba la política. Es muy difícil imaginar que el garante del encubrimiento durante el primer tramo de la causa pudiera actuar de modo diferente al que le había permitido congraciarse con sus verdaderos mandantes.

El poder de Stiuso basado en el temor por su archivo era tan grande que un ministro de aquel primer gabinete kirchnerista fue desplazado de su cargo y debió dejar la Argentina por haber cometido la osadía de mencionarlo públicamente en un programa de televisión, donde llegó a mostrar su foto al aire mientras lo describía como “un tipo peligroso que te puede llegar a matar, te puede meter en situaciones muy complicadas”. 

Durante los sucesivos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, la relación con el espía se fue deteriorando a pasos agigantados. La Presidenta no veía con buenos ojos la existencia de un personaje capaz de extorsionar a la política desde la propia SIDE y decidió emprender el camino de la confrontación. Esta estrategia la fue separando paulatinamente también de la UFI AMIA a quien su esposo y antecesor le había otorgado carta blanca para actuar y un presupuesto sensiblemente mayor que el que tuvieron los anteriores investigadores.

La consolidación de la acusación contra los iraníes como autores intelectuales del atentado contra la AMIA comenzó a transformarse en un escollo para un gobierno que pretendía profundizar los lazos políticos y comerciales con uno de los países más poderosos de Oriente Medio y empezaba tomar distancia en materia de relaciones exteriores del eje Washington-Tel Aviv. A la vez, un esquema probatorio basado en evidencias poco contundentes, motivaban que el gobierno argentino no terminara de avalar lo actuado por Nisman, con el respaldo de Stiuso y de las embajadas de Estados Unidos e Israel. Esa alianza –otrora conveniente para los intereses argentinos– entre el espía y el fiscal, ya no lo era. 

Y entonces ocurrieron dos episodios que terminaron de definir el rumbo de la controversia, profundizando la división entre el Ejecutivo y la dupla investigativa del atentado. Por un lado, el avance del Ejército en el ámbito de la inteligencia, de la mano del General César Milani, surgido de las mismas filas que el mayor Brousson y, de la mano de aquel ascenso, lo que el propio Stiuso interpretó como “un intento de asesinato” en su contra: el fusilamiento de uno de sus colaboradores –el “Lauchón” Viale– en el marco de un supuesto operativo antidrogas a cargo del grupo Halcón. Y el otro hecho fue, sin lugar a dudas, la firma del memorándum de entendimiento con la República Islámica de Irán. 

La guerra fue total. Stiuso abrió su selecto archivo de carpetas y empezó a distribuirlas entre sus tentáculos mediáticos y judiciales, para acorralar a Cristina y su gabinete. Y Nisman empezó a preparar lo que desembocaría en la denuncia final contra la primera mandataria. Su hipótesis era que la firma del documento buscaba que cayeran las alertas rojas de Interpol que pesaban sobre los ciudadanos iraníes acusados por el atentado a la AMIA a cambio de que se reflotaran las relaciones comerciales entre ambos países. Cuatro días después, el fiscal apareció muerto con un tiro en la cabeza dentro del baño de su departamento.

Entre estos dos procesos judiciales aún irresueltos y cuyo desenlace es incierto producto de la ineficiente (o no) labor de los personajes oscuros que metieron mano en las respectivas investigaciones, transita la indignación de la ciudadanía que aguarda recibir señales claras por parte de las instituciones que dicen representarla. Mientras existan servicios de ¿inteligencia? poco profesionales que operen a favor de garantizar la impunidad y un poder político que se limita a opinar sobre temas en los que debería actuar de manera efectiva y contundente, será muy difícil zafar de ser devorados por alguno de los monstruos que acechan a cada lado del estrecho sendero de la historia.   ♣♣♣

#PA.

Domingo 19 de enero de 2020.
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