Perder el tiempo

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Por Silvia Risko

Como si fuera un mantra repiten “somos la nueva política”, “hay que ser innovadores y disruptivos”, “somos el cambio”, “hacen falta nuevos dirigentes”, “son siempre los mismos”,  “queremos lo nuevo”, y otros etcéteras. No tengo dudas que esto es compartido por la gran mayoría, siendo algo lógico y racional. Las necesidades sociales evolucionan, hay nuevas exigencias dentro de nuevos contextos donde la política debe no solo acompañar, sino anticiparse (cosa difícil que pase) para dar soluciones o proponer alternativas a nuevas y mayores necesidades.

En la búsqueda permanente de “él o la mesías” damos lugar a que se incorporen al sistema político los famosos outsider, personas o personajes que, con discursos anti sistema llaman la atención del electorado y logran colarse por las fisuras del conservadurismo y se apropian del poder. Desde las estructuras partidarias imponen candidatos emergentes, sin formación política, compromiso social ni capacitación en gestión de la cosa pública, pero sobre todo, con un alto desprecio hacia la única herramienta que transforma la realidad: la política.

Nada está librado al azar o la espontaneidad. Consultores y expertos en marketing político analizan segundo a segundo las motivaciones emocionales del electorado. Miden el miedo, la ira, la sensación de injusticia, inseguridad, el pánico ante la inestabilidad e incertidumbre y proponen estrategias para capitalizarlas. Nos segmentan y clasifican en tribus por edad, sexo, necesidades y gustos. Identifican nuestras fortalezas, debilidades y banalidades para ofrecernos al salvador o salvadora.

Pero ojo, no es cuestión de tirar la pelota fuera de la cancha, ellos sólo prestan un servicio para el cual fueron contratados por los partidos políticos o algún poder económico. Es así que vemos como “anti sistemas” como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Mauricio Macri llegan al poder.

Los venden como héroes que con su hidalguía y valentía nos salvarán de la opresión del villano o villana de turno, nos defenderán de los “viejos burócratas o militantes choripaneros”; la ironía y desfachatez son su mejor herramienta de seducción.

Pero es en la cancha donde se ven los pingos. ¿Qué pasa cuando los no-líderes deben gobernar? ¿Qué sucede cuando energúmenos desaforados gritan en vez de dar soluciones? ¿A qué nos exponen cuando se les salta la cadena y se comportan como niños ricos caprichosos haciendo berrinches? ¿Qué podemos esperar de ellos cuando se dedican más a contestar con chicanas berretas por redes sociales antes que a gobernar? ¿Quién nos protege cuando su ineptitud nos pone en peligro? Están más para un talk-show que para conducir el destino de sus pueblos.

Se puede perder la compostura –a quién no le ha pasado alguna vez–, se puede perder consensos, romper o generar nuevos acuerdos, equivocarse en estrategias y modificarlas, pero lo que no se puede hacer es hacernos perder tiempo y ponernos en riesgo.

Mientras Trump se jacta de burlarse del peligro del cambio climático, se pierde tiempo en tomar medidas para contrarrestarlo; mientras Bolsonaro se ríe de la esposa de Macron y rechaza ayuda internacional, se pierde tiempo en salvar el Amazonas; mientras Macri se enoja, victimiza, agrede, juega al futbol y no gobierna, se pierde tiempo para tomar medidas adultas y responsables para sacar a Argentina del caos. El riesgo país (término que volvió con él) nos destroza día a día y nos desbasta hasta las esperanzas.

Dónde está la innovación o disrupción cuando el hacernos perder el tiempo es dejarnos sin educación, sin salud pública, sin posibilidad de crecimiento, sin progreso, sin ciencia y tecnología, sin industria nacional, con instituciones debilitadas y corrompidas y sobre todo, sin paz social.

Mientras ellos sigan ganando elecciones, nosotros perdemos lo único que no vamos a recuperar, el tiempo.♣♣♣

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