La mística siempre vence

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Por Silvia Risko

Trato permanentemente de no caer en la realización de balances de fin de año, pero este 2019 hizo méritos suficientes como para merecer un cierre político, social y hasta personal.

No es un fin de un año más, es mucho más profundo. Despedimos una década muy convulsionada, que nos tuvo en vilo pero desde un lugar inesperado, raro, un poco lejano y hasta desconocido para muchos. Fue una etapa con las emociones a flor de piel, donde los sentimientos chocaron con el pragmatismo de las decisiones y nos desconcertaron. Sin dudas va a pasar a la historia como la década de la contradictoria revalorización de las personas por encima de los personajes, de la organización por encima del individualismo, del reaprender a escucharnos en vez de gritar, de valorar ser un libre pensador por sobre un manso domesticado. Años que nos hizo más fuertes, desde lo interno, para transformarnos en los mariscales y guardianes de una Argentina solidaria, inclusiva, justa y equitativa, con sus defectos pero también con sus innumerables virtudes.

Sin dudas, la inauguración de esta década fue en julio de 2010 con una victoria social y política que quebró definitivamente el dique de los prejuicios, tabúes, discriminación, maltrato, invisibilidad e injusticia: el matrimonio igualitario. Fue la lanza que atravesó todos los sistemas, nos obligó a abrir la cabeza, salir de la caverna e hizo trastabillar el status quo.

Pero no fue magia, fue política. Fue Néstor Kirchner, su visión, decisión y compromiso. No lo sabíamos, pero también fue su despedida. Su muerte, en octubre de ese mismo año, tocó ─aún a sus enemigos─ las fibras más íntimas, ahí donde escondemos el dolor y la impotencia ante la muerte. El desconcierto y desazón fue muy grande. A muchos de nosotros nos hizo sentir algo parecido a la orfandad.

Pero no nos dejó solos. Estaba ella. Cristina nos contuvo y nos quitó el argumento de la pena. Había que seguir y redoblar el compromiso. En ese aprender a caminar con las emociones a flor de piel, vulnerables por el dolor, seguramente se cometieron muchos errores, pero de algo estoy segura: la lucha por la igualdad de oportunidades siempre fue el norte y valió la pena.

En el camino, y probablemente como una reacción instintiva de preservación, nos fuimos cerrando, dejamos de escuchar algunas voces y nos endurecimos. En política, la dureza ─aunque se disfrace de estrategia o intelectualidad─ es muy similar a la soberbia, nos aleja de la gente… de nuestra gente. Se paga un alto costo por ello.

Nuevamente las emociones nos desconcertaron, vimos cómo el enojo por una derrota electoral transmutó en sufrimiento para nuestro pueblo. El desempleo, hambre y exclusión duele hasta al más indiferente. El brote de enfermedades por falta de vacunas y medicamentos nos quema como un hierro caliente, el cierre de industrias, pymes y comercios nos remonta a épocas de horror, la pérdida de derechos y la injusta administración de justicia nos arrincona, pero sin dudas lo peor fue pretender la destrucción de la política y el juzgamiento público de los líderes populares.

La cárcel, el escarnio social, la difamación, maltrato y desprecio que han sufrido líderes como Lula, Correa, Evo y Cristina en esta década han sido de las más violentas e innovadoras. Apuntaron más a la destrucción de lo que representan que a su persona. Sus armas fueron el marketing, los medios, las redes sociales y algunos jueces. Sabían que a los líderes no se los destruye con la muerte, había que ensuciarlos y arrastrarlos hasta que solo queden despojos.

Pero no pudieron. Hay un factor que es determinante, y que no lo tiene cualquiera. No se compra ni se alquila, no cotiza en bolsa ni lo imponen los mercados. La fuerza convocante de la mística.

El poder de la mística es el amor. Es el sentimiento que nos hermana aun a pesar de las diferencias, nos hace tolerantes ante las adversidades, nos carga de adrenalina para empujar y sacar del estanco al incrédulo. Con los ojos del amor podemos ver y no sólo mirar. Nos duele pero no nos paraliza. Es la combustión para el motor de la iniciativa. Obliga a intensificar todos nuestros sentidos para no dejarse vencer. El amor por su gente hace que un líder ─a pesar de sus pesares y desilusiones─ aprenda, reflexione y cambie.

La mayor enseñanza que dejan estos años es que solas o solos no podemos, y esto es válido tanto para el ciudadano como para el líder.

Que encerrarse en torres llenas de súbditos carentes de pensamiento propio y compromiso social lleva a la destrucción de cualquier proyecto político y social, que el diálogo es el camino, que debemos seguir sembrando conciencia social para que nunca más la indiferencia permita injusticias. Que cada uno de nosotres es indispensable. Que valemos y nos merecemos respeto, en definitiva, que es con todes juntos.   ♣♣♣

#PA.

Domingo 29 de diciembre de 2019.
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