El problema no es el rugby ni los genitales, es el sistema

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Por Silvia Risko

Paralizados, atónitos, indignados, impotentes y con temor a que el o la próxima sea nuestra o nuestro hijx. Esta podría ser la secuencia de las emociones que nos ha provocado el asesinato a golpes, patadas y trompadas de parte de una manada descontrolada contra un joven en plena calle y ante la mirada de testigos inertes, sin reacción.

Lo que sucedió en Villa Gesell no es un hecho aislado. Los ataques en manada crecen a diario y ante nuestras narices en todo el país. Las violaciones, vejaciones y muertes por empalamientos de mujeres por parte de grupos no es nuevo; los robos en patota a jubilados, luego de desfigurarlos a golpes y asesinarlos en algunos casos, tampoco. Los ataques entre cuatro o cinco personas, cargados de ira y violencia a personas trans o al visto como “diferente”, es común. Seguimos, de alguna manera, pasivos ante la agresión de los considerados más débiles, vulnerables y hasta descartables.

Lo más llamativo y alarmante, además de la saña con la que actúan las manadas, es la impasividad del entorno en ese momento. ¿Qué nos pasa que no somos capaces de intervenir y detener una riña callejera? ¿Qué nos sucede que es más importante registrar el momento en un video para subirlo a las redes antes que accionar para frenar una golpiza? ¿Qué pasa que es más fácil echar la culpa a una disciplina deportiva o a la apariencia del agredidx antes que reconocer que –directa o indirectamente– se fomentan grietas en la sociedad? Se fomenta la división de clases, el poder de unos sobre otros amparados en la impunidad del “no te metas” o “por algo será”.

Pareciera ser que el carnet habilitante para una paliza se otorga según la condición social y económica, la edad, el género o los genitales que se porta. La intolerancia y el desprecio hacia la vida y libertad del otrx es cada día mas grande y eso es responsabilidad directa del Estado.

El bienestar general –fin del Estado– está dado en principio por garantizar el respeto, inclusión e igualdad, siendo la educación la mejor herramienta para promocionar y consolidar cambios sociales y culturales que apunten a una buena calidad de vida del conjunto. La ley de Educación Sexual e Integral, tan resistida por algunos sectores conservadores y patriarcales, está orientada a educar en base al respeto de la identidad de los niñes y adolescentes. Se busca la valorización de las personas independientemente de su apariencia, identidad y orientación sexual. ¿A qué se tiene tanto miedo? Si aprenden desde niñes a aceptar y respetar al otrx es casi seguro que tendremos mejores ciudadanxs en el futuro.

Ante cada ataque queda en evidencia la falencia del Estado, no sólo en la educación sino también en la escasa y hasta nula capacitación y formación en derechos humanos, perspectiva e identidad de género de las fuerzas policiales, requisito indispensable si pretendemos una sociedad más justa e inclusiva.

Nuestros jóvenes tienen derecho a bailar, reír, divertirse y soñar sin estar en peligro cuando las luces y la música se apaga. Tienen derecho a tener una vida social, civil, cultural, política y económica en igualdad de oportunidades, sin pagar un alto costo por ello.   ♣♣♣

#PA.

Domingo 26 de enero de 2020.
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