Arder en las llamas del infierno

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Por Silvia Risko

Uno de los recuerdos más marcados de mi niñez son las advertencias de mi abuela: “pórtate bien porque Dios sabe lo que haces y te va a castigar” o, mi preferido “repetí los pecados, apréndete de memoria así no los vas a cometer… porque sino vas al infierno”. Cabe aclarar que la advertencia venía acompañada de una descripción horrorosa de ese lugar donde residía El Diablo (nombre vulgar), Satanás (nombre bíblico) o Lucifer (actual y más cool) que estaría esperando un yerro mío para castigarme por el resto de la eternidad.

A diario, de rodillas y con rosario en mano debía, aún siendo una niñita, pedir perdón por los pecados cometidos, rogando clemencia. Debía construir un muro de protección imaginario para que la avaricia, ira, gula soberbia, envidia, lujuria y pereza no invadan mi alma y así alejarme del calor de las llamas que, según mi abuela, siempre iban a estar al acecho.

Las amenazas de excomulgación del monseñor Aguer  –uno de los dirigentes del mayor partido político en la historia de la humanidad habituado a pedir perdón tardío– a todas, todos y todes los que voten a favor de la despenalización y legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, su negativa rotunda a que el Estado brinde educación sexual para prevenir –no sólo embarazos no deseados, sino también enfermedades–, sumados a su descalificación y agresión hacia el feminismo y la pecaminosa idea de goce de las mujeres, pasando por su desprecio hacia la homosexualidad, tienen un fuerte olor a naftalina pero, dejan en evidencia que el instrumento más utilizado –el temor a Dios– sigue vigente dando lugar y cobijando a los pecados capitales políticos y estos sí que nos afectan a todes.

La cobardía, apatía, crueldad, egoísmo, ignorancia e indiferencia son, sin duda, los pecados capitales de la política. Pero, a mi entender, el más grave es el “oportunismo”, porque es el que deja ver el desprecio total hacia una verdadera necesidad. El oportunista se nutre del sufrimiento ajeno y lo amasa cual plastilina sin importarle el resultado, puede salir una fantástica pieza de museo o un objeto amorfo y bestial.

Mauricio Macri sabe mucho de esto, peca a diario de oportunista sin el más mínimo temor a algún Dios. Toma en sus manos la vida de mujeres y su sufrimiento, las amasa separándola por colores. Juega, especula y lucra políticamente con ellas y sus vidas. No le importa la realidad graficada en las altas tasas de mortalidad como consecuencia de abortos clandestinos como tampoco le importan las niñas violadas obligadas a parir y abandonadas a su mala suerte por el sistema estatal. Tampoco su interés pasa por la búsqueda de un Estado con políticas justas y de inclusión. Sólo es oportunismo.

Vetar a estas instancias de su destructivo gobierno, el protocolo para casos de abortos no punibles, es la muestra más clara y pragmática de su pecado. Es de manual. Montarse en posturas demagógicas es su práctica pecaminosa preferida, bailando en zigzag al ritmo de un ficticio 40%, en búsqueda de talones de Aquiles de la sociedad para que, una vez expuestos, fortalecerlos para dividir.

“Divide y reinarás” de Maquiavelo es su precepto favorito –como el de otros– sin importarle las consecuencias. Le urge alimentar y fortalecer una nueva grieta entre los argentinos para robustecer su debilitado liderazgo. Suma a su oportunismo la soberbia, pecado que padecen las personas que no tienen amor por los demás a los cuales ve como inferiores. Lindo combo, ¿no?

Más allá de posibles eufemismos, lo evidente es la premura en poner nuevamente sobre la mesa de discusión y debate político un tema que, más allá de las creencias religiosas, el Estado debe resolver y así salvar la vida de nuestras niñas, jóvenes y mujeres excluidas y violentadas por leyes arcaicas y patriarcales.

Mi abuela falleció a los 94 años con total lucidez y mucho aprendizaje traducido en experiencia. Pese a ser una ferviente y practicante católica estaba a favor de la legalización del aborto. Con el bagaje que da el kilometraje de vida, entendía que era la única forma de salvar las vidas de mujeres que, como ella, tenían derecho a decidir sobre su cuerpo y su vida. ¿Eso, la convirtió en una pecadora? No, solo la humanizó.

Debemos zanjar esta dolorosa realidad, sin dar oportunidad a más odios y grietas entre las argentinas, argentinos y argentines, y así avanzar. Nos queda mucho por recuperar y construir, no sea cosa que pequemos de indiferencia y el infierno esté a la vuelta de la esquina.   ♣♣♣

#PA.

Domingo 24 de noviembre de 2019.
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