El regreso triunfal de los bandeirantes

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Por Quique Pérez

A comienzo del siglo XVII La Compañía de Jesús, congregación de sacerdotes conocidos como jesuitas y cuyo máximo exponente en la actualidad es el Papa Francisco, dispuso la creación de la primer reducción Jesuítica “San Ignacio Guazu”, en lo que hoy es territorio Paraguayo, siendo la primera de los treinta establecimientos que en su esplendor albergaron a más de 140.000 guaraníes distribuidos en la región que abarcaba lo que en la actualidad es Paraguay, el sur de Brasil y las provincias de Misiones y Corrientes, principalmente. El éxito económico fue fabuloso y por muchos años lograron disipar las invasiones de los bandeirantes, una suerte de grupos paramilitares portugueses cuya principal actividad consistía en esclavizar guaraníes para hacerlos trabajar en las fazendas y conquistar territorios para extender los grandes latifundios.

La Tierra Sin Mal, como llamaban los jesuitas al territorio de las misiones, llegó a su fin en 1750 cuando Portugal renuncio a la ocupación de la Colonia de Sacramento en Uruguay y los españoles a sus pretensiones sobre la amazonia y el sur de Brasil. Parte del pacto entre los reyes era abandonar siete de las treinta misiones localizadas en el territorio otorgada a los portugueses. Los guaraníes no aceptaron la entrega y se generó un enfrentamiento de once años, que finalizó en 1767 cuando desde el Vaticano suprimieron la Compañía de Jesús, confiscaron todas sus posesiones y los expulsaron.

A partir de la desaparición de las misiones también se extinguió gran parte de la selva que predominaba en este vasto territorio, la acción de los bandeirantes fue efectiva tanto en la persecución de los pueblos originarios como en la venta de los terrenos conquistados que eran desmontados para el cultivo. Se perdió un gran porcentaje de aquel paraíso terrenal quedando como único vestigio de selva virgen en algunas zonas de la provincia de Misiones que con mucho trabajo y política logro mantener la naturaleza viva.

Es maravilloso y emocionante en una provincia tan pequeña como la misionera el heroico esfuerzo por mantener sus selvas autóctonas a pesar de las presiones constantes de los lobbys y la intensificación de actividad agrícola ganadera que implicaría enormes beneficios, pero de manera emocionante prefieren respirar y regalarle oxígeno al resto de la argentina que no tienen su misma conciencia ecológica.

Estamos adoctrinados para respetar las leyes del mercado, pero de manera irracional violamos sistemáticamente las leyes de la naturaleza.

Dos siglos y medio después nos toca revivir aquel genocidio ecológico pero esta vez en el amazonas, los nuevos bandeirantes destruyen y queman la selva para extender las barreras de la agricultura y plantar soja con sus agroquímicos destructivos. Esto no es casualidad, ya el presidente Enrique Cardozo había comenzado con esta desforestación. En tiempos de Lula Da Silva se había controlado y recuperado parte de esos terrenos desbastados, por esa política de Estado se ganó infinidades de enemigos que seguramente influyeron en su posterior encarcelamiento.

Desde la llegada de Jair Bolsonaro al poder, el proceso de destrucción se aceleró exponencialmente. No nos debe sorprender porque es lo que realmente había prometido en su campaña presidencial a los grandes grupos económicos, a quienes aseguró que iba a “asfaltar la Amazonia”. Si la comunidad internacional no detiene esta situación, seguramente Bolsonaro cumplirá su promesa antes de finalizar su mandato.

Sin árboles no habrá flores, sin flores no habrá frutos, sin frutos no habrá semillas y sin semillas no habrá pájaros que las trasladen para que nazcan nuevos árboles y, triste pero inexorablemente, no habrá oxígeno para el desarrollo de la vida no sólo en Brasil sino en gran parte del planeta. El gran triunfo de los bandeirantes modernos.

No es que los terratenientes argentinos sean mejores, ya en el siglo XIX destruímos nuestros montes chaqueños y sus majestuosos quebrachales. En la pampa húmeda, con las grandes extensiones sojeras, se dejaron cientos de kilómetros cuadrados de tierra muerta. Ni hablar del desastre ecológico que provoca la minería a cielo abierto en nuestra magnifica Cordillera de los Andes. Para estos menesteres nuestros políticos saltan la grieta y sean del color partidario que sean permiten estos vejámenes a la naturaleza.

En esta sociedad capitalista y en estos recónditos países del fin del mundo estamos adoctrinados para respetar las leyes del mercado, pero de manera irracional violamos sistemáticamente las leyes de la naturaleza. A nadie se le ocurriría entrometerse en los derechos de los poderosos, pero tenemos asumido como sociedad que se puede violar sistemáticamente a la ecología sin tener en cuenta que si hay algo que nos iguala a todos los seres vivos, sea cual sea nuestra situación económica, es la necesidad imperiosa para nuestra subsistencia del agua y aire. Tanto es así que todos iniciamos nuestro paso por este mundo con el primer suspiro cuando salimos del vientre materno y nos despedimos de esta vida con el tan temido suspiro final.    ♣♣♣

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