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El gallinero del mundo

Por Quique Pérez

Bucólicos fines de semana los vividos en la chacra de mis abuelos que marcaron a fuego mis días de la niñez. Solo dos momentos empañaban aquellos encuentros campestres, los atardeceres que me provocaban una sensación de profunda desolación en la inmensidad de la llanura verde y la elección para su posterior ejecución de la gallina que iría a constituirse en el ingrediente principal del estofado que les daría sabor a aquellos inolvidables fideos caseros.

Tarea difícil escribir en #PuenteAereo, pero si se trata de política internacional se torna casi imposible, la calidad y experiencia de nuestras principales plumas solo me permiten intentar abordar el último conflicto en Medio Oriente desde un “irracional” paralelismo con recuerdos de mi infancia mezclados con lecturas de la historia y experiencias transcurridas.

Todos los países, otrora llamados del tercer mundo y hoy rebautizados como emergentes, sobrevivimos como aquellas aves de mi amada abuela, encerrados en un gallinero global con la única esperanza de no ser elegidos para ser el ingrediente principal del próximo banquete de los poderosos. Por supuesto que las naciones no mueren, pero sí se destruye su soberanía convirtiéndolas en simples colonias. Los países desarrollados y los grandes intereses económicos son los invitados al banquete, pero el dueño de la chacra que elige cuál va a ser la víctima de la próxima bacanal sin ningún lugar a dudas es la potencia hegemónica que domina el planeta.

No pretendo a través de estas líneas cuestionar a EE.UU. ni convertirlas en un panfleto antiimperialista, porque desde que el hombre se organizó en sociedades existen las superpotencias que deciden a su antojo qué pueblo sobrevive y cuál no. Cada periodo histórico fue dominado por un imperio que con el paso de los siglos y quizás por su exceso de poder terminaron derrumbándose. Supongo que este eterno comportamiento de la humanidad es inherente a la naturaleza humana y su necesidad de poder ilimitado.

En este 2020 era de esperar algún sacrificio avícola, pues se aproxima la gran fiesta de la democracia global, las elecciones presidenciales en Estados Unidos, en las cuales casualmente alguna nación –preferentemente Islámica– provoca supuestos ataques que exigen la inmediata respuesta bélica desproporcionada que mancomune a la gran potencia del norte, aumentando las chances electorales del presidente de turno. Si no hay motivos reales inventamos armas químicas inexistentes que sin lugar a dudas justifican una invasión en nombre de la libertad.

La semana pasada el presidente del jopo sabroso Donald Trump escogió a la república islámica de Irán como aquellas gallinas que sacrificaban en mi infancia y habrá que estar atentos a las réplicas de ese conflicto que pueden impactar en el resto del planeta.

En el sur pobre de América en 2019 se eligieron dos países para desarticular, teniendo un éxito rotundo en nuestra hermana Bolivia, pero increíblemente fracasando hasta el momento en el intento de derrocar a ese pajarraco esquivo de Nicolás Maduro, que no permite ser devorado en la próxima cena, ayudado desde el mas allá por el pajarito Chávez.

Argentina respira, fundamentalmente por no haber sida escogida para el sacrificio. Pero también sabiendo por experiencias pasadas que, ante grandes conflictos globales, causal o casualmente, logramos periodos de engorde económico y, dependiendo del gobierno de turno, una recomposición del tejido social con recuperación de derechos.

Nuestro flamante Presidente, mediante su política económica que prioriza el pago a los organismos internacionales, intenta que el ajuste no lo paguen los grandes grupos bursátiles y mineros ligados estrechamente a la administración Trump, no por ideología si no por supervivencia, coloca gran cantidad de nuestros recursos en calmar a los poderosos. Quizás escuchando los consejos de mi sabia abuela que decía “jamás mandes a la olla a la gallina más ponedora”.   ♣♣♣   

#PA.

Domingo 12 de enero de 2020.