Subte, asbesto y la ciudad de los recursos humanos

Subte, asbesto y la ciudad de los recursos humanos

Por Florencia Guerrero


Un trabajador del subte B murió esta semana por cáncer, causado por el asbesto en las formaciones que compró Mauricio Macri en 2011. Hay 42 más enfermos y en Madrid, de donde vienen los vehículos, otros tantos. Mientras la gente muere, ni el gobierno local ni el nacional dicen nada. ¿A quién le importan las personas en Argentina?

“La faz oculta de Moriana, una extensión de metal oxidado, telas de costal, ejes erizados de clavos, caños negros de hollín, montones de latas, muros ciegos con inscripciones destruidas”, escribió Ítalo Calvino en “Las ciudades invisibles”, un interesante relato realizado en base a un supuesto diálogo entre Marco Polo y el rey de los tártaros Kublai Kan. Cada descripción, tan vivaz como sombría, invitaba a analizarla desde las diferentes épocas productivas.

Las ciudades como la expresión de los regímenes y las sociedades que las animan, y a la vez deshumanizan. El capital, apoderándose de los espacios urbanos, desde los tiempos de “tomar la calle” a la virtualidad de la era digital, en la que la realidad sigue marcando vidas y el perjuicio sobre los cuerpos se naturaliza en pos del rédito económico. Para muestras basta con el silencio respecto del crecimiento de casos de cáncer en Entre Ríos, a consecuencia del empleo de agrotóxicos: Según un dato, en 2020 55% de los niños y adultos internados en el Hospital Garrahan y el Hospital Italiano por casos de cáncer o malformaciones, provenían de esa provincia. Nadie dice nada.

Otro tema similar, que esta semana retomó estado público es el del asbesto, con existencia comprobada en el Subte porteño, que se cobró su primera víctima, Jorge Pacci, un trabajador que sufrió un cáncer terminal producto de este material contaminante, y falleció el jueves. Por eso, y porque vienen denunciando ante organismos nacionales e internacionales sobre el peligro de trabajar en presencia del material empleado en las formaciones, los trabajadores del subte pararon este sábado.

“Necesitamos trabajar, pero nuestras familias nos quieren vivos. Hace años reclamamos el retiro del asbesto de todo el subte, la descontaminación de las instalaciones y el seguimiento de nuestra salud, pero a pesar de todos nuestros cuidados y exigencias, hoy tenemos más de 40 trabajadores afectados por el asbesto y antes que Jorge falleció un compañero ya jubilado por este mismo tipo de cáncer”, explicó a #PuenteAereo Néstor Segovia, metrodelegado, que además destacó que “al día de hoy tenemos 8 trabajadores del subte que perdieron su vida enfermos de COVID-19”.

“Nosotros no solo hacemos frente todos los días a la inseguridad laboral que nos produce la pandemia que azota al mundo y el asbesto -aseguró Segovia-, también enfrentamos la desidia de Metrovías que afecta a trabajadores y pasajeros por igual, porque la empresa incumple con las medidas de seguridad sanitaria que podrían minimizar los riesgos, pero lo peor de todo es que cuando alguno de los trabajadores es víctima de estos riesgos, la empresa los persigue y judicializa sus casos, como pasó con Jorge”.

Otro de los casos más significativos sobre el intento de silenciar las denuncias es el de Leonardo Saraceni, delegado de tráfico de la línea B al que Metrovías le inició un juicio por desafuero. “Tienen tanto poder y lo usan sin ningún tipo de prurito, que consiguieron una cautelar para impedirle al compañero desempeñarse en su puesto de trabajo, lo que va a generar más conflictos gremiales en los próximos días”, adelantó Segovia.

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Un reclamo viejo que nadie escucha

No es nueva la oposición a los vagones con asbesto que irónicamente, fueron desechados, por su alta toxicidad, por el metro de Madrid -donde también enfermó a los trabajadores-, y luego fueron comprados en 2011 por el entonces jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri.

La del ingeniero fue la peor compra de la historia, porque los coches de la Serie 6000 del Metro madrileño fueron diseñados de acuerdo a las características de la línea 9 de esa ciudad, de tráfico medio-bajo, con estaciones muy espaciadas y de trazado prácticamente suburbano, con una disposición de asientos enfrentados -que desperdicia espacio en el que podrían ubicarse pasajeros parados-. Además, posee una configuración en duplas, lo que provoca que al armar trenes de seis coches como pasó desde su llegada a Buenos Aires, quedan cuatro cabinas intermedias inutilizadas, con pérdida de espacio para transportar pasajeros. Por último, al ser pensados para brindar servicio en una línea con largas interestaciones, cuentan con una velocidad máxima de 110 kilómetros por hora, cualidad que nunca podrá ser aprovechada en la línea B debido a la corta distancia entre estaciones y a la convivencia con material rodante antiguo.

Nada de eso importó, desde entonces la lucha de los trabajadores ha sido silenciada en las corporaciones mediáticas. Las necesidades de las urbes priman sobre las personas, que se convierten en recursos, pasibles de ser reemplazados, para que la máquina siga su curso.

Pero los recursos tienen nombre, apellido, y memoria. Por eso esta semana la familia de Pacci denunció ante la Justicia a la empresa por su responsabilidad en la muerte del trabajador. Carolina Castellano, esposa del trabajador explicó a este portal que “no solo nadie de la empresa se comunicó con nosotros, sino que mi esposo que era un tipo joven y vital, no recibió el apoyo para nada. De hecho, hicieron todo para que no se vinculara el asbesto con el cáncer tremendo que se llevó a José de nuestras vidas, voy a pelear por justicia, mi marido no será un muerto más de la desidia”.

Pacci, que junto a Carolina tuvo tres hijos, trabajaba como mecánico en Chacarita desde 2014. “Cuando empezó a quedarse sin aire, el médico laboral desestimó todo y le dijo que se quedara tranquilo. Taparon todo desde el minuto cero. Otro médico detectó el cáncer, que se había expandido en el tórax, no pudieron hacer nada, estuvo nueve meses sufriendo dolores tremendos”, denuncia la esposa, con la voz quebrada.

La familia de José no está sola, este fin de semana los Metrodelegados confirmaron que “tomaremos nuevas medidas de fuerza hasta lograr la desasbestización total del subte, porque no vamos a entregar nuestra vida ante una empresa que siguió ganando en pandemia y no invirtió un peso en hacer que el Subte sea un lugar seguro para trabajadores y usuarios. Parte del acto fue la denuncia del fallo judicial que le impide trabajar a Leonardo Saraceni, delegado de los conductores y guardas de la B. Este fallo es parte del ataque empresarial contra 5 delegados por denunciar esta situación”.

Como única respuesta, un escueto comunicado de Metrovias aseguró “desde que se tomó conocimiento de la presencia de asbesto en febrero de 2018, se conformó una comisión para tratar este tema que está integrada por SBASE, Metrovías, los gremios, la Agencia de Protección Ambiental, la Dirección General de Protección del Trabajo, la Superintendencia de Riesgos de Trabajo, el INTI y la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires. Cabe aclarar que en el marco de esta Comisión se realizan permanentes monitoreos ambientales cuyos resultados confirman que las condiciones ambientales en que desempeñan sus funciones los trabajadores del Subte son seguras y no existe riesgo para su salud”.

Perón y Napoleón decían “lo mejor para que una investigación no avance es crear una comisión”, así las cosas, en la ciudad de los recursos y las decisiones inhumanas, las muertes se naturalizan, se silencian y nadie se hace cargo. Aunque tres pibes y una esposa lloren a un hombre de 56 años, aunque potencialmente 42 personas estén en la cornisa entre la vida y la muerte.

Las urbes de los monstruos, donde se absorbe la energía vital y luego se desechan los restos, todo sea por el bien de los mismos cuatro o cinco. Hasta que por fin abramos los ojos. ♣♣♣

#PA.