Quemados, el barbijo o la vida

Quemados, el barbijo o la vida

Por Florencia Guerrero


Hace casi un año, el Covid-19 comenzaba a enseñarnos nuevas pautas de convivencia. Las caras tapadas, los guantes, las máscaras transparentes se convirtieron en el icono de la protección, pero también en el objeto de la rebeldía. Esta semana, como hace meses, la quema de mascarillas volvió a despertar una polémica que no terminará hasta que se vaya el virus.

Como si la locura mundial fuera poca, a años luz de aquellas tardes de sábado en las que Jair Bolsonaro salía a saludar con abrazos y besos a sus seguidores desafiando a una pandemia que acosa al mundo, este fin de semana, el disparate se mudó al Norte, donde cerca de 150 personas se manifestaban este sábado 6 de marzo en la ciudad de Boise, en estado de Idaho, Estados Unidos. Enojados, enojadísimos se mostraron junto a sus hijos, en una protesta contra la obligación de usar barbijos, en un reclamo que se viralizó mientras quemaban los barbijos que hace meses forman parte de la indumentaria mundial.

En las imágenes se vio a los manifestantes reunidos frente al edificio del Capitolio local, hasta donde llegaron convocados por las redes sociales. Cada uno tenía que llevar una mascarilla con el objetivo de quemarla, para mostrar su rechazo a la orden de úsalos en la vía pública. En el material difundido por el periodista local de Oregon Public Broadcasting, Sergio Olmos, se ve no solo la columna de humo negro en un tacho con fuego, sino también a los padres incentivando a sus hijos a hacer lo mismo.

Pero no fue todo, porque en el derrotero del brote social, también apareció un manifestante portando un arma de fuego y colocando una foto del presidente Joe Biden, quien días atrás había pedido seguir con la obligación de usar barbijos. A viva voz, llamó al presidente norteamericano “Sleepy Joe“, tal como le decía Donald Trump en la campaña electoral.

Durante la protesta, la policía estatal pidió a los organizadores que apaguen el fuego, mientras se escucha en los videos como la gente los echa. Pero como el general decía, la única verdad es la realidad, y ahí es donde estos dislates resaltan, porque lejos de la tranquilidad sanitaria, Estados Unidos sigue figurando como el país más golpeado en cifras totales relacionadas con el coronavirus, con 28,8 millones de casos y 522.876 muertos.

De todos modos, el ciudadano promedio estadounidense y el presidente brasilero no son casos de excepción. Ya en 2020 hubo quema de barbijos en nuestro país, y varios políticos de fuste se dieron el lujo de enfermar luego de participar de multitudinarias movilizaciones en las que llamaban a la rebelión contra las medidas oficiales. Una postal del exorcismo, y de que las miserias no tienen nacionalidad.

Tan fuerte fue aquella imagen, y tan frescas estaban las pérdidas sufridas especialmente durante el principio de la pesadilla pandemial, que el médico Pedro Cahn llegó a definirlos como “gente agresiva, irracional, y violenta”.

Pero volvamos a Biden, que esta semana prometió vacunar a todos los adultos de EE.UU. para fin de mayo. Según dijo el recientemente electo, su país contará con suficientes dosis para inmunizar a todos los adultos del país, lo cual supone una aceleración respecto al cronograma de inoculación que inicialmente se planteó alcanzar ese hito a finales de julio.

***

Quema de barbijos en Idaho, Estados Unidos

***

Del miedo a la desidia

Ante las nuevas olas, cada país ha reaccionado de manera dispar. Cierres totales, parciales y el fantasma que zigzaguea entre el miedo a la muerte y el pánico a seguir vivos y sin un centavo.

Los primeros en reaccionar contra los toques de queda, que intentaron imponerse también en Argentina, fueron los habitantes de Los Países Bajos, en enero de este año. Desde Ámsterdam hasta La Haya, las principales ciudades vivieron un caos de protestas y fuego, una batalla campal contra las normas de encierro que siguen juntando detractores.

Como si la protesta frenara el caos. Como si la furia popular pudiera imponer la posibilidad de que el virus no exista. Tal vez lo más fuerte de las imágenes durante la quema en Idaho fue el uso de los niños, a cara descubierta, abrigados por el intenso frío, tirando sus barbijos a pura risa, mirando la llama. Un juego perverso, el uso de sus imágenes para alentar el ataque a la política sanitaria mundial, en un momento en el que apareció una nueva variante de la enfermedad, que habría surgido en personas inmunodeprimidas que permanecieron enfermas por un largo período, y que ha ampliado su alcance en Estados Unidos en las últimas dos semanas y acumula 735 casos confirmados hasta en una quincena de estados, si bien la mayoría se han diagnosticado en Nueva York y Nueva Jersey.

Difícil panorama, que pocos advierten y que empujó en pocos meses a la calle a las peores versiones del ciudadano común, de norte a Sur, con la cara desnuda y sin ningún pudor. ♣♣♣

#PA.