Leandro Santoro, un radical que se ganó el voto de Alberto y el perdón de CFK

Por Florencia Guerrero

Por Florencia Guerrero


De tuitear contra Néstor y Cristina, por seguidores, a encabezar la lista porteña. ¿Cómo fue el derrotero del amigo de Alfonsín e hincha de San Lorenzo que hace dos años pedía pista?

Algo que no se le puede negar a la lista porteña con la que el Albertismo avanzará estos próximos meses hacia las PASO, es la coherencia. Tampoco los actos de justicia.

No porque quien escribe valore como “justas” las candidaturas en sí, aunque si se tiene en cuenta la cantidad de cosas que la cabeza de lista ha enfrentado quijotescamente hasta obtener el premio, probablemente se llegue a la conclusión que la candidatura a Leandro Santoro le llega como premio al esfuerzo mediático.

No fue fácil remontar el enojo que supo alimentar en Cristina Fernández, a quién por mucho tiempo fustigó hasta cansarse en su presidencia. Nadie olvida -aunque disimule-, aquellos mensajes de Twitter en 2013, en los que el ahora candidato del FDT escribía: “Tiene cara de nabo, pero es un criminal frío. Protege a su mujer, pero ya no puede ocultar su delito. La puso en una bolsa en el sótano. #Nestor”, escribió un 2 de julio en su cuenta. También fue cruel y bastante machista con la Presidenta: “Olele, olala Cristina se la come, Bergoglio se la da!”.

Justo dos años después, en 2015, se disculparía de sus expresiones, explicando concretamente que “tenía un grupito de 500 seguidores en las redes, no era dirigente político, no tenía trascendencia, a nadie le importaba lo que escribía. Lo que buscaba era jugar”. Y como quién no quiere la cosa, jugó hasta que finalmente le abrieron la puerta para salir y hacerlo en grande.

***

Un pibe de barrio

Poco a poco, Santoro se adecuó a las reglas del juego mediático, donde se mueve como un pez en el agua. Gustoso de ir a la televisión, comenzó aceptando toda nota que le fuera ofrecida, el primer paso era mostrarse y hacerse escuchar. Habló y habló, y cuando vio un espacio político frendly en el que su elocuencia y verborragia escaseaban, se aquerenció.

El hoy candidato porteño, que es legislador pero ahora sueña más fuerte con construir y pelear la jefatura de gobierno porteña, nació en el barrio de Caballito en 1976 en el seno de lo que él mismo definió como “una familia trabajadora”. Estudió en el colegio salesiano San Francisco, en la calle Hipólito Yrigoyen al 3900, y comenzó su militancia a los jóvenes 13 años en el comité radical de Formosa 114, no muy lejos de allí, cuyos integrantes se hicieron conocidos como “Los Irrompibles“, por cuyas “banderas” se enojaría contra La Cámpora, años después.

Esa adolescencia en las calles porteñas lo encontró en los 90´abrazado a la militancia antimenemista y su intenso fanatismo por San Lorenzo, club del cual es hincha y que le permitió varias alegrías desde la tribuna, pero además desde la Legislatura donde impulsó la rezonificación para la vuelta definitiva a Boedo, algo que cuando ocurrió lo encontró en un discurso emocionado ante miles de fanáticos.

Durante el Alfonsinismo fue un abanderado de “Don Raúl” al que él y sus “Irrompibles” defendieron a capa y espada, a golpes si era necesario. Después, en el menemismo, Leo -como le decían en la agrupación-, alzó la bandera rojiblanca, los colores de la UCR, en las marchas de rigor contra las privatizaciones. Por eso años, además empezaría a cursar Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires, donde años después llegaría a ser docente de UBA XXII, el programa de extensión que esa casa de estudios.

Su carrera no fue fácil, a pesar de la buena llegada con Alfonsín, dentro de la UCR Santoro no lograba reunir poder real, con una agrupación que representa no más del 5% de la Juventud Radical en CABA. Por eso, cuando anunció en 2015 que acompañaría como vice a Mariano Recalde, desde el partido de Yrigoyen definirían a los irrompibles como “Santoro y sus doblados”.

Un orgullo para Leandro N. Alem, se dobla pero no se rompe. Quienes lo conocen desde sus años mozos, dicen que allí comenzó el gran sueño de Leo en la arena política. A fuerza de las múltiples interrupciones de clase, para exponer sus puntos de vista, Santoro se hizo un nombre y ladrillo por ladrillo sumó hasta alcanzar la presidencia de la ya entonces malograda Juventud Radical porteña, en 2004. En aquel entonces, de hecho, sus correligionarios lo catalogaban como un todoterreno, por la capacidad de argumentar a favor y en contra de lo que fuera.

Esa capacidad lo proyectó rápidamente de los pasillos universitarios, hasta su banca en la legislatura. Antes, pegó un lindo portazo en la UCR, para transitar por movimientos sociales, desde donde viene construyendo hace tiempo su vínculo con Alberto Fernández.

El mismo año que su fórmula con Recalde perdía las elecciones a jefe de gobierno porteño, fue designado en la Subsecretaría para la Reforma Institucional y Fortalecimiento de la Democracia, que dependía de la Jefatura de Gabinete, donde no tuvo gran participación.

Dos años después, llegaría a la legislatura de CABA donde actualmente integra el bloque del Frente de Todos, también sin grandes avances, por la falta de representación del oficialismo nacional en territorio porteño.

***

Un premio, dos años después

Junto con su ex suegro Leopoldo Moreau -otro radical arrepentido-, Santoro fue uno de los más enérgicos fogoneros mediáticos del cambio de gobierno, durante el Macrismo. Un caballero del Rey, que denunció siempre que pudo las tremendas desigualdades en las que el ex presidente dejaba al país.

Por eso al momento en que Alberto anunció, en diciembre de 2019, su dream team, Santoro no pudo con la depresión. Literalmente se encerró casi una semana, sin atender ni responder mensajes: él, que aquel domingo de la victoria del FDT salió por TV llevándole la carpeta de papeles al recién elegido presidente, no aparecía por ningún lado, y no entendía por qué.

Nunca lo entendió, aunque decidió aceptarlo, y empezó el cambio que un altísimo funcionario – de su misma edad, pero que hizo mucho menos en campaña-, le demandó: “Si querés algo más, tenés que hablar menos y moverte más”.

Así fue. Desde hace dos años, Santoro elige muy bien las balas y donde las tira. Ya no habla con toda la prensa, ni cumple con un cupo de entrevistas diarias. Aunque esa sea la parte que más le guste, todo productor que lo conozca podría afirmar que lo que más le importa a Leo es saber cuánto hizo de rating cuando pisó el plató de su programa.

Pero volviendo al compás de espera, hay algo que Santoro también atesora en su corazón: allá por febrero de 2020, cuando el gobierno de Alberto Fernández estaba encaminado, el presidente anunció que lo designaría asesor especial ad-honorem, aunque todo quedó en un anuncio y no se plasmó en ningún decreto.

Por eso, esta semana que su nombre sonaba fuerte, Santoro, que trabajó mucho para encabezar la lista porteña del oficialismo, prefirió esperar a ver los papeles. Ya había dicho que intentaría “representar a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el Congreso”. Ahora, tendrá su oportunidad, en un momento donde el oficialismo más que nunca necesitará defensores capaces de convencer con el don del argumento. ♣♣♣

#PA.

Notas Relacionadas

“Habrá un antes y un después” de la movilización en Uruguay

Con la emoción contenida bajo un cielo de un solo color, una multitud de uruguayas y uruguayos de distintos ámbitos y procedencias, de los más diversos colores y sectores del sector productivo, social y económico del país, este miércoles 15 se celebró una jornada de lucha y reflexión, de propuestas y señales, de esperanza y futuro.