Un virus cosmopolita avanza ante la frágil idea de comunidad humana

Un virus cosmopolita avanza ante la frágil idea de comunidad humana

Por Federico García

La primera pandemia del siglo XXI comenzó en diciembre de 2019 en Wuhan, China, donde se detectó el primer caso de un nuevo coronavirus que en pocos meses trascendió las fronteras de Oriente y se apoderó de la agenda política, social y cultural del planeta.

La aparición de una amenaza semejante para el orden mundial llevó a los gobiernos a repetir las viejas y probadas medidas de aislamiento de sus predecesores seculares, lo cual puso a prueba la identidad humana y la cooperación internacional en un ecosistema político con características distintas pero con valores y luchas ideológicas similares de base.

Las primeras imágenes de las cuarentenas a nivel mundial mostraban a la naturaleza recuperando el espacio perdido por el avance de las ciudades y emocionantes actos solidarios entre personas a lo largo y ancho del globo.

Ese impacto inicial positivo en el espíritu comunitario generado por la pandemia llevó a filósofos e intelectuales a profetizar un futuro promisorio para la humanidad, que dejaría de lado las carencias morales y se uniría en el combate contra algo más poderoso y superior.

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Espíritu cosmopolita

La esperanza teórica se derrumbó rápidamente debido a la ideologización que desde su origen tuvo la irrupción del Sars-Cov-2, que desencadenó una guerra fría científica entre los históricos ejes del poder mundial. Del virus chino, pasando por la vacuna rusa y la cepa inglesa, el avance de los contagios reforzó poco a poco las ideas de lo propio y de la nacionalidad como defensa primigenia contra el otro.

Primero se aisló Wuhan, cuna de la pandemia, y luego los círculos se fueron masificando hasta instalar una lógica social mediada por la “burbuja” como horizonte organizador de la vida diaria.

Fronteras infranqueables para el afuera y limitación de circular al interior fue un dispositivo político-discursivo que fortaleció el rechazo al que viene de afuera, entendido a partir de entonces como el portador del mal, el que llega para interrumpir la paz de una aldea cada vez menos global y más vecinal.

A medida que el Covid-19 se iba haciendo más cosmopolita y conocía más ciudades y culturas, las diferencias volvieron a brotar y la solidaridad se convirtió en un minigesto serializado en las pantallas y presentado como objeto de consumo antes que como una concordancia gubernamental entre los Estados nacionales, características destacables de la primera pandemia que se desarrolla en el mundo mediático globalizado.

En un ambiente muy parecido a lo que hubiera sido una guerra mundial, la consolidación y materialización de los límites geopolíticos hizo mella en el espíritu internacionalista de cooperación y dio paso a la mismidad, al microcosmos de lo cotidiano, a lo provincial y municipal, conceptos que degradan la idea de comunidad humana y de ciudadano del mundo.
El cronotopo viral (la relación entre el tiempo y el espacio) redujo la persona a un microorganismo instalado en una esfera particular con conectividad 24 horas, lo que aceleró el testeo de la productividad intimista por parte de los ingenieros del capitalismo. Como nunca antes, la maquinaria social atravesada por la tecnología dispuso un laboratorio vivo para la experimentación y análisis del comportamiento.

Esto choca con la necesidad del poder hegemónico de volver al estadío prepandemia lo más pronto posible y evitar que las suficientes conciencias despierten y puedan fogonear cambios estructurales en el sistema de reparto de la riqueza y tratamiento del ambiente.

Quizás esa sea la razón fundamental para ganar la carrera de la vacuna que llevan adelante las potencias mundiales, que comprenden que erigirse como los épicos salvadores del mundo podría ponerlos a liderar el futuro en el que, frente al panorama actual, no habrá mucho lugar para definir a la humanidad según su acepción solidaria. ♣♣♣

#PA.