Argumentos olvidados en favor de la deformación de la lengua

Por Federico García

Por Federico García


La visibilización de las minorías a través de los signos, a debate. El tiempo y los hablantes, los únicos reguladores posibles de los cambios lingüísticos.

Argentina se convirtió en el primer país latinoamericano en habilitar una tercera opción en el documento de identidad para que aquellas personas que no se reconocen dentro de la taxonomía binaria de masculino/femenino puedan elegir una X en su lugar.

La normativa despertó todo tipo de comentarios, a favor y en contra, esto último incluso entre quienes son los presuntos beneficiarios del reconocimiento, que desde sus distintas agrupaciones se manifestaron diciendo que “no somos una X”, lo cual deja en evidencia que un debate profundo sobre la diversidad, igualdad e identidad de género debe incluir a los expertos en el lenguaje.

Estos dirían, quizás, que nadie es una letra, pero que éstas se articulan y se llenan de sentidos una vez que son retiradas de la caja contenedora e inalterable del abecedario y son volcadas a la gran conversación humana.

Así, la X, es decir, la letra que estamos acostumbrados a usar para tachar, eliminar, borrar, corregir o marcar un error, aquella que las ecuaciones matemáticas nos obligaban a despejar, puede ser resignificada para, por ejemplo, visibilizar a una minoría y darle entidad política, porque los grafemas, al igual que las palabras, no tienen una relación natural con aquello que designan.

Esa arbitrariedad con la que los sentidos se unen a distintas representaciones gráficas y sonoras es política e ideológica, es producto de una historia social común que nos atraviesa y atraviesa al lenguaje y, por ello, es objeto de la fatalidad del tiempo, que altera la lengua, organismo mutable si los hay.

Un argumento muy utilizado por los detractores del mal llamado “lenguaje inclusivo” se instala precisamente en ese lugar. Estos agoristas, que sostienen que “se deforma la lengua” cada vez que alguien utiliza una declinación que lleva la “e” al final de la palabra, tal vez se sorprenderían si supieran que el idioma que hablan es producto de una “deformación” del latín.

El surgimiento mismo del español, y de todas las lenguas romance, tiene una raíz política en un rechazo hacia la dominación romana. Aunque es contrafáctico, no cuesta imaginar el descontento de los emperadores, que veían cómo el poder se les escapaba de las manos a medida que los hablantes se reunían alrededor de un habla propia y vecinal, ya no restringida a los círculos exclusivos.

No obstante, insistir en la idea de que la lengua -el sistema de signos que utilizamos para comunicarnos- es inalterable no es menos que un error conceptual. Para comprobarlo, basta con hojear la primera gramática española, de 1492, o bien dar cuenta de las más de 3.000 palabras provenientes del árabe contenidas en nuestros diccionarios, lo que refleja, además, la dimensión política del surgimiento, desarrollo y muerte de los signos.

Al margen de ello, que los cambios introducidos por un grupo de hablantes no nos identifiquen ideológicamente es otra escena de la película, pero no se puede soslayar el hecho de que, si tiene que ser, sucederá inevitablemente. Una lengua que no cambia es una lengua muerta; pasa igual con todos los organismos vivos.

Frente a ese panorama, también es imposible y contra la naturaleza mutable de la lengua y el habla que un grupo, minoritario o mayoritario, pueda imponer u obligar al resto a adoptar palabras, usos y declinaciones instalados artificialmente, porque todo elemento nuevo estará sometido al único ente regulador del sistema lingüístico: los hablantes.

Son estos quienes, de forma inconsciente y a través del tiempo, desideologizan los nuevos términos y construcciones y los asimilan o los desechan. Sólo a través de ese dispositivo una modificación puede estabilizarse y pasar a formar parte de los usos cotidianos a lo largo de las generaciones.

No vale de nada más que para generar titulares de diarios que una institución u otra rechace o prohíba la implementación de ciertas terminologías, como las que buscan la inclusión lingüística de la terceridad genérica, porque no existe tal cosa como el poder de policía sobre un objeto autorregulado, como es el lenguaje.

Incluso, la Real Academia Española, el bastión de los defensores de la pureza lingüística, podría llegar a reconocer el uso de las declinaciones inclusivas y de nuevas marcas de género si, en un futuro, considera que su utilización es extendida. Las leyes, por su parte, vendrán a posteriori, y nunca al revés.

Por el mismo motivo, aunque el Estado se empeñe en reparar las diferencias de género con acciones políticas que tiendan a mostrar nuevas identidades a través de los signos lingüísticos, esas medidas estarán igualmente subyugadas a la voluntad de la masa de hablantes, que las incluirá o no.

Sin embargo, nadie que lea estas líneas hoy estará vivo para comprobarlo. ♣♣♣

#PA.

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