¿Cómo fue el complot regional para derrocar a Evo Morales?

Por Bruno Sgarzini

Por Bruno Sgarzini


Crónica del Golpe de Estado a un presidente que había ganado las elecciones por más de 10 puntos de diferencia. La participación de Argentina y Ecuador con armamento que se develó en los últimos días se suma al conocido respaldo brasileño.

Las sirenas de las patrullas irrumpieron en el silencioso mediodía como si el sonido de una orquesta rompiera, de repente, la tranquilidad del barrio militar de Irtavi en La Paz. Al detenerse, las camionetas rebotaron con sus frenos y lanzaron a la calle, en un mismo movimiento, a decenas de policías encapuchados que portaban la rabia de un perro que no come hace unos días.

A dos días del golpe, el escuadrón antiterrorista de la policía buscaba a Juan Ramón Quintana, el ministro de la Presidencia de Evo Morales, como un trofeo a mostrar en una rueda de prensa, vivo o muerto. Las puertas de la casa allanada se derribaban con la ansiedad de una pesquisa , sin éxito, donde la cara de Quintana era una silueta sin rostro, como si el allanamiento fuese una trampa para dejarlos en ridículo.

Ni el rastro de llamadas, ni algún dato confidencial sobre ubicación, daban con el ministro de Evo Morales a cargo de organizar la gestión diaria de gobierno.

En el medio de las corridas policiales, tres militares salieron del lugar con sus impecables uniformes verdes oliva y sus condecoraciones. Ninguno de los policías encapuchados, con armas largas, repararon en quienes eran, ni por qué salían de la casa vecina, minutos después del allanamiento, al que no paraban de llegar más uniformados para acordonar los alrededores del barrio militar. Tampoco en que los habían vigilado desde el segundo piso del hogar vecino como si supieran a qué iban.

“Ese 12 de noviembre de 2019, me salvó un milagro llamado error de GPS de la Policía por darles la ubicación de la casa vecina donde me escondía”, afirma Quintana desde su oficina en La Paz, donde continúa su carrera política como investigador académico, luego de escapar aquel día, vestido de verde oliva. Su plan original, luego del golpe, era esconderse en la casa del barrio militar de Irtavi, propiedad del padre uno de los oficiales del Ejército que lo protegían, y en el momento que pudieran, salir del país a través de Perú o Argentina.

¿Dónde buscarían menos al ministro de un gobierno derrocado por militares que en un barrio militar?, pensaron.

Pero el repentino allanamiento lo obligó a asilarse en la embajada de México por temor a que lo matasen junto a sus custodios. La ira por la fallida operación cayó, un mes después, sobre su empleada doméstica cuando la detuvieron por encontrar cuatro cajas de documentos, un arma de fuego y municiones en su antiguo hogar. Desde noviembre, contra el exministro de la Presidencia, pesaba una orden de aprehensión por terrorismo y sedición.

“A todos los ministros se nos buscaba para asesinarnos con la furia de las jaurías hambrientas, no para acusarnos de terrorismo o sedición. La excusa era que organizábamos una guerra civil, en respuesta al golpe”, remarca Quintana con la calma y parsimonia de alguien que sabe que vive de prestado desde aquel 12 de noviembre.

Como una paradoja, el día de su milagro coincidió con la llegada a La Paz de un cargamento de 70 mil municiones desde Argentina y otro con unas mil desde Ecuador. Jorge González Terceros Lara, comandante de la Fuerza Aérea y uno de sus perseguidores, agradeció la embajada argentina por “la colaboración prestada, en el marco de la situación conflictiva” que vivía Bolivia.

Dos días antes, el mismo comandante de la Fuerza Aérea había impedido que el avión presidencial de Evo Morales partiese de La Paz hacia el Trópico de Cochabamba. Mientras esperaba su autorización, el presidente insultaba frente a un televisor que trasmitía el vuelo de cazas militares sobre la movilización de sus seguidores a La Paz. Una orden que nunca había dado.

La capital había sido cercada por el movimiento cívico, dirigido por Luis Fernando Camacho del Comité de Santa Cruz. Los seguidores de Evo marchaban, desde el Altiplano, para romper el cerrojo y evitar el golpe, custodiados por los cazas militares que les disparaban.

Según Quintana, ahí “supieron que la cadena de mando se había cortado y los militares habían dado un golpe”.

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De reuniones a la articulación regional del golpe

Once años antes, el Oriente del país, rico en gas y soja, se había rebelado contra el gobierno de Evo Morales, con auspicio del embajador estadounidense, Philip Goldberg, y el papel estelar del gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas. El conato separatista solo se frenó con la movilización de miles de seguidores a las afueras de Santa Cruz, y la intervención de la Unasur después de una reunión en Santiago de Chile entre los países miembros, convocada por Michelle Bachelet.

Estados Unidos invirtió cuatro millones de dólares para que los gobiernos regionales buscaran su independencia del central de Evo Morales. Goldberg era un experto en promover el separatismo luego de su paso como embajador en Kosovo, previo a la división entre Serbia y Montenegro.

Once años después, los cónsules de Argentina y España en Santa Cruz recibieron a Luis Fernando Camacho, quien les pidió asilo en caso de que el golpe saliera mal. “En 48 horas, los militares ocuparan la casa de gobierno”, avisó a sus interlocutores el español Agustín Uña Rodríguez y el argentino Roberto Dupuy. Según un cable diplomático, dirigido a la Cancillería de Buenos Aires, ambos intentaron persuadirlo de abandonar el movimiento golpista.

Argentina, como el resto de los países de la región y Europa, sabían mucho antes de la posibilidad de un golpe en Bolivia.

El 27 de julio de 2019, el subsecretario adjunto de Estados Unidos para América Latina, Mike O’Reilly, cenó en La Paz con el representante de la Organización de Estados Americanos, el jefe de la Misión de la Unión Europea y los embajadores de Brasil, Perú y Argentina. Según un cable argentino enviado a Buenos Aires, O´Reilly alertó a los diplomáticos sobre la posibilidad de un fraude por parte del gobierno de Evo Morales.

“El señor O´Reilly manifestó que el señor Evo Morales venciera en las elecciones, de cualquier manera, sea porque se dará el escenario que indican las encuestas, o porque si fuera necesario podría configurarse un escenario de fraude, en particular en las localidades más pequeñas del interior del país, en los departamentos donde el MAS es ampliamente favorito”, escribió Normando Álvarez, embajador argentino en La Paz.

En la cena, el encargado de Trump para América Latina también cuestionó la “falta de transparencias de los comicios del próximo 20 de octubre, en particular, por las ideas y vueltas del Tribunal Supremo Electoral, el vaciamiento del mismo, en especial en las áreas informáticas y técnicas, y la falta de contratación de una empresa para el conteo rápido”.

Luego del encuentro, el 6 de septiembre, el embajador alemán, Stefan Duppel, declaró, casi en el mismo tono, que le preocupaba el día después de las elecciones. “¿Qué va a pasar? ¿Están todos de acuerdo en que esos resultados son limpios? Yo creo que hay mucha desconfianza en general en las elecciones”, se preguntó luego de calificar de oficialista al Tribunal Supremo Electoral (TSE).

Por esos mismos días, la Unión Europea suspendió un convenio de cooperación técnica con el TSE, de acuerdo a Quintana.

Con justa precisión, la noche del 20 de octubre, el sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP), el famoso conteo rápido, se detuvo al 82% cuando faltaban por cargar los distritos rurales favorables a Evo Morales.  Al regresar, los resultados no vinculantes dieron como ganador presidente, en primera vuelta, por el 51% de los votos frente al opositor Carlos Mesa de Comunidad Ciudadana.

Un informe de la Misión Electoral de la OEA alimentó las protestas en contra de los resultados al señalar “irregularidades y manipulación dolosa” en 220 actas de los distritos rurales señalados por O´Reilly. La pericia de los técnicos de la Misión solo analizó el conteo rápido para no “validar los resultados emitidos por las autoridades electorales bolivianas”, en vez de la transmisión completa de las actas del final.

Los centros electorales eran incendiados por todo el país, mientras Luis Fernando Camacho, líder del Comité Cívico de Santa Cruz, llamaba a sacar a Evo Morales del Palacio Quemado.

A mediados de mayo, Camacho, un dirigente de extrema derecha conocido por sus vínculos con el grupo paramilitar de Unión Juvenil Cruceñista, se había reunido con el canciller de Brasil, Ernesto Araujo, y el presidente de Colombia, Iván Duque, para pedirles que apoyaran el reclamo opositor, frente a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, contra la “reelección indefinida” de Evo Morales por “no ser un derecho humano”.

Las visitas habían sentado las bases para posicionarlo como uno de los líderes del movimiento contra Evo Morales.

A su regreso, el nueve de julio, Camacho pidió la remoción de los jueces del TSE poco antes de que el primer ensayo de protestas contra Evo Morales se diera por los incendios en la Chiquitania, un bosque tropical ubicado en el departamento de Santa Cruz. Una de las figuras centrales del reclamo, por aquel entonces, fue Jhanisse Vaca Daza de la ONG Ríos de Pie, entrenada para liderar movimientos “no violentos” en la Escuela de Gobierno de Harvard y el Centro para la Aplicación de Estrategias y Acción No Violenta (CANVA), financiado por Estados Unidos a través del Instituto Nacional Demócrata.

El hashtag de la campaña contra Evo Morales, viralizado en el mundo, fue #SOSBOLIVIA, con vídeos de influencers y reconocidos cantantes, promovida por Ríos de Pie.

Para las elecciones del 20 de octubre, además, habían paros de médicos, docentes y asomaba un reclamo gremial de la policía, como si confluyeran en una sola demanda; la salida del presidente de Bolivia. En los días previos, la voz de un exmilitar no identificado profetizó, en un audio filtrado por la prensa boliviana, que las Fuerzan Armadas exigirían al presidente que “cumpliera con la ley”, si el reclamo contras los resultados electorales era mayoritario.

Otra de las voces en el audio llamó a marcar las casas de los dirigentes del MAS para que fueran hostigadas después de las elecciones, como si conociera de antemano lo que se venía en el país.

Así la campaña contra Evo Morales, primero, lo deslegitimó con las críticas a su reelección indefinida, la transparencia de las elecciones y los incendios de la Chiquitania. Luego pasó a un calentamiento de las calles con los reclamos sectoriales y el grito de fraude luego de las presidenciales del 20 de octubre.

Con este ambiente, cuando Evo Morales sobrevolaba los cielos celestes de Cochabamba, el 10 de noviembre, el jefe de las Fuerzas Armadas, Williams Kalimán, dio la estocada final al declarar en una conferencia de prensa, que “ante la escalada del conflicto”, sugerían al presidente de Estado que “renunciara a su mandato presidencial para dar estabilidad de Bolivia”.

El último paso, como en una coreografía, se había dado con una fractura institucional apoyada desde fuera.

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Hostigamientos, escapes y el papel de los embajadores en la consumación del golpe

En los días previos al golpe, se instaló una percepción de inestabilidad general sin aparentes responsables. En una plaza, Patricia Arce, la alcaldesa de Vinto, Cochabamba, era llevada casi a las rastras con su ropa pintada y sus pelos cortados por un grupo de encapuchados. Sus vídeos pidiendo clemencia recorrían toda Bolivia, como si fuera un mensaje para el resto de dirigentes del MAS.

La policía, dirigida por Yuri Calderón, se acuartelaba, con la excusa de un reclamo gremial, por lo que su lugar en las calles era ocupado por los grupos de choque opositores.

En el sur de La Paz, la casa de Gabriela Montaño, la ministra de Salud, era hostigada con gritos que pedían su renuncia y piedras que rompían sus vidrios. Hasta que una de ellas cayó en la cama de una de sus hijas como si le expusiera los riesgos que corría su familia. Como recordatorio, el frente de su casa quedó “empapelado” con la carta de renuncia que Camacho quería que firmase Evo Morales.

La sorpresa se la llevo cuando se enteró que quien había filtrado su domicilio era Julio Enrique Pereira Sánchez Bustamante, un exfuncionario de la Embajada de Estados Unidos. La justificación del acosador fue que su hijo era el verdadero responsable de la convocatoria a protestar y hostigar la casa de Montaño.

Su exesposo, el fotógrafo Fabián Restivo, intentó que el embajador argentino, Normando Álvarez, ayudase, por lo menos, a sus hijas de nacionalidad argentina y boliviana. También que lo protegiese de la persecución contra la ministra y su familia, desalojada de su residencia luego del piedrazo en la cama de una de sus hijas.

Pero el éxito de Restivo fue que el embajador de España le diese asilo en su sede diplomática, pese a los continuos pedidos a Álvarez.

Montaño, con sus hijas fuera del país, desalojó el Ministerio de Salud luego de que algunos funcionarios escaparan, por los edificios vecinos, de un incendio provocado por opositores. “No me voy hasta que no salga el último funcionario”, avisó a quienes querían defender el ministerio de los saqueos permitidos por la ausencia de policías en las calles.

Dos días después, la ministra viajó con Evo Morales y su vicepresidente, Álvaro García Linera, al Trópico de Cochabamba. El piloto de la Fuerza Aérea intentó, sin éxito, evitar que los seguidores del presidente lo recibiesen en el hangar militar, como si la orden fuese encerrarlo para garantizar su detención.

En una reunión, horas después, escuchó la llamada de Víctor Borda, presidente de la Cámara de Diputados y tercero en la línea de sucesión, donde le informaba a Evo Morales su renuncia “indeclinable al cargo”. Una turba de encapuchados había secuestrado a su hermano, en una plaza de Potosí, y amenazaba con lastimarlo si no dejaba el cargo.

Renuncio para que mis hermanas y hermanos del MAS no sean más hostigados, perseguidos ni amenazados”, anunció el presidente unos minutos después en una conferencia televisada en toda Bolivia.

La formalización del Golpe, en opinión del exministro Quintana, generó dos movimientos represivos por parte de las Fuerzas Armadas; primero, el cerco a la Asamblea Legislativa para que los diputados y senadores no leyeran la renuncia de Evo Morales y nombraran su reemplazo, y luego, el hostigamiento a la presidenta del Senador, Adriana Salvatierra, la siguiente en la línea de sucesión presidencial.

La renuncia de Evo Morales debía ser leída y aceptada en el Congreso, de mayoría oficialista, para proceder al nombramiento de un sucesor. Unas horas después, el domingo 10 de noviembre, Salvatierra también renunció a su cargo por el hostigamiento a su familia. El camino se abrió para una propuesta que se leería, por la tarde, en una reunión en la sede de la Universidad Católica de La Paz .

“Si es para servir el país, aquí estoy”, respondió Jeanine Áñez, primera vicepresidente del Senado, cuando Ricardo Paz, del partido de Carlos Mesa, le preguntó, por celular, sobre la posibilidad de que asumiera la presidencia “interina” de Bolivia, frente al embajador de la UE en Bolivia, León de la Torre, el de Brasil, Octavio Henrique Cortes, y el de España, Emilio Pérez Agreda, y Carmelo Angulo, acompañante español del proceso de auditoría de la OEA.

“Lo que sucede en Bolivia no es un golpe de Estado”, explicó, luego, la Conferencia Episcopal en un comunicado firmado también por los comités cívicos de Bolivia, el partido Comunidad Ciudadana y el Comité Nacional en Defensa de la Democracia, participes de la reunión y las protestas contra de Evo Morales.

Solo faltaba que los congresistas del MAS aceptaran el nombramiento de Áñez como sucesora luego de que la oposición perdiera por diez puntos las elecciones. Pero ni el lunes 11 ni martes 12 de noviembre, la Iglesia los pudo convencer frente a los mismos embajadores que conocían el hostigamiento y la persecución a los ministros, alcaldes, gobernadores, diputados y senadores del derrocado oficialismo.

También descartaron por “inconstitucional” la propuesta del MAS para que el senador opositor Víctor Hugo Zamora asumiera la presidencia.

Por la noche, Jeanine Áñez se reunió, en el despacho de la presidencia del Senado, con monseñor Eugenio Scarpellini, y León de la Torre, delegado de la UE en Bolivia, minutos antes de que se proclamara sucesora de Evo Morales en un semivacío recinto de la Cámara Alta. Su juramento se basó en un fallo del Tribunal constitucional de 2003 que señala que, ante un vacío de poder, se debe proceder a la investidura de la autoridad legislativa que le sucediese al presidente.

El argumento jurídico ya había sido discutido en los encuentros entre la Iglesia, los embajadores en el país y los representantes opositores, a pesar de que las cartas de renuncia de Evo Morales, su vicepresidente Álvaro Línera García, los presidentes del Senado y Diputados, Adriana Salvatierra y Víctor Borda, siguientes en la línea de sucesión, no habían sido leídas y aceptadas por el Congreso.

Antes de saludar en un balcón a sus pocos seguidores, Williams Kalimán, jefe de las Fuerzas Armadas, le acomodó la banda presidencial a Jeanine Áñez frente al resto de los comandantes claves en el golpe.

Por esas mismas horas, las municiones enviadas por el gobierno de Macri llegaban al aeropuerto y el exministro Quintana escapaba vestido de militar de la persecución de la policía. En El Alto, los militares comenzaban a disparar contra quienes exigían el regreso de Evo Morales al poder.

La misma comisión facilitadora de la sucesión, integrada por la iglesia y los embajadores, intentaba convencer los dirigentes del MAS para que reconocieran a Áñez y abandonaran las calles, en medio de las persecuciones y los tiroteos.

“Los eventos en Bolivia mandan una fuerte señal a los regímenes ilegítimos de Venezuela y Nicaragua de que la democracia y la voluntad del pueblo siempre van a prevalecer. Estamos ahora un paso más cerca de un Hemisferio Occidental completamente democrático, próspero y libre”, escribió la Casa Blanca en un mensaje firmado por el entonces presidente Donald Trump.

Faltaban aún algunos días para que 22 bolivianos fueran asesinados en las masacres de Sacaba y Senkata cuando protestaban contra el golpe. ♣♣♣

#PA.

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