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Por Cristian Franchi

SED… DESESPERACIÓN, sed… angustia, sed… más bronca, sed… sed y más sed… sentimientos profundos de familias y familias que empatizan por pasar días y días sin poder acceder a ese líquido vital que circula por cada extremo de sus cuerpos y que hoy no está. El drama de vivir sin agua no es nuevo, pero se acentúa con el tiempo y puede llegar a ser un gran productor de historias tristes.

El calor de los primeros días de febrero no da tregua, más de cuarenta grados a la sombra no son fáciles de sobrellevar. Se percibe de cerca la desesperación de los habitantes que ya no recuerdan cuando fue la última vez que pudieron refrescarse, disfrutar el agua, sentir siquiera el caer de un gota desde el grifo. Nada. Absolutamente nada. Siguen a la espera. Siguen sin respuestas. Siguen sin agua.

No es el principal objetivo de este texto caer en la crítica (una vez más) al ya bastardeado y obsoleto sistema de servicios, sino tratar de graficar a partir de la experiencia de los damnificados, el drama de vivir sin agua.

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A UNOS DIEZ kilómetros del casco céntrico de Posadas está Ñu Porá, a la que llamaremos en este caso Villa Sequedad, uno de los tantos lugares que padecieron la falta de agua. En esta zona, las modificaciones a partir de la construcción de accesos y la eliminación de la garita sobre la Ruta 12 prometieron darle el progreso que merecía, sin embargo todo quedó en la nada. Allí, hace once años, vive Viviana y su familia. Ellos como tantos otros vecinos sintieron en carne propia y durante diez largos días lo que es seguir adelante sin el líquido vital.

En un principio el abastecimiento era normal, más allá de padecer la falta de presión durante algunas horas por la noche. La situación se agravó hace aproximadamente dos años. Lo que era un hilito de agua se transformó en nada, luego de dos semanas… no era nada.

Si había algo que faltaba, aparte del agua, era la experiencia para sobrellevar la situación. Viviana y su familia se fueron acostumbrando a convivir con ésta historia, sus hijos se nutren de esa situación y cuidan lo poco que puede llegar a salir del grifo. Con el tiempo, Viviana aprendió que podía comprar otro tanque para tenerlo abajo, por si el de arriba se queda sin agua.

Cambian los hábitos de vida, no lo quieren hacer, pero se ven obligados. Limpiar la casa todos los días es algo imposible, y el lavado de platos de la noche se deja para el día siguiente. Celebran que los niños no tengan clases para no tener que lavar los uniformes. No alcanza para el lavarropa y lo poco que hay se guarda para el lavado a mano. Todo es planificación, todo es especulación.

Agua, agua… buscan de donde sacar agua. El líquido que destila el aire acondicionado, se vuelve cada vez más atractivo para lavar los platos o trapear los pisos. Las noticias de que a tantas familias en otros países del mundo les falta ese tan anhelado líquido vital, ya no parece tan extraña. No todo es negativo en Villa Sequedad. Antes existía una alegría descomunal en el entorno de la infancia. Niños corriendo con bombitas, luchas con pistolas de agua y entradas y salidas constantes de la pelopincho familiar.

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LLEGAN LOS CAMIONES cisterna, adorados como un Santo en un pedestal, pero los conflictos se agravan en el lugar. Peleas entre vecinos por quienes tienen más derecho a cargar su bidón, por los avivados que van en auto y por quienes alejan a los que quieren ayudar.

Postales de una historia cotidiana, un día cualquiera dentro de Villa Sequedad, un barrio de familias de clase media que trabajan, ahorran, pagan las cuentas pero no disfrutan del agua. Siempre a la espera de respuestas que se resecan en la tierra que desde hace tiempo dejó de estar mojada. Ya no hay ni lluvia, dicen en Villa Sequedad. ♣♣♣