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Por Cristian Franchi

“TEMBLABA DE MIEDO pero no me podía detener… era esto o morir. Tenía que seguir adelante por el bien de mi familia, y así lo hice… pero fracasé”. Relatos como estos inundan los rincones de los centros de detención y enriquecen la historia del narcotráfico. Todos con el mismo hilo, pero con diferentes desenlaces. El narcotráfico llegó para quedarse. ¿Realmente se podrá erradicar?

Los hechos y personajes que se describen son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

La Hidrovía Paraguay – Paraná es uno de los canales de mayor ingreso de drogas a la Argentina. Por allí viaja un importante volumen de cannabis que se produce en el centro y el norte de Paraguay. Se estima que son unas 50.000 toneladas al año, de las cuales el 20% se trafica hacia nuestro país. En este contexto, el Gobierno nacional sabe que el control de las aguas y fronteras es clave si pretende luchar contra el narcotráfico.

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EL JUEGO DE LA SEDUCCIÓN. Carlos vivía con su mujer y sus dos hijas en un coqueto barrio de la localidad de Puerto Rico, provincia de Misiones. Eran una familia tipo, ubicada socialmente en la clase media laburante, sin necesidades urgentes y con ganas de darse un gustito cada tanto. Con el fruto de su esfuerzo Carlos pudo darse ese gusto, lo habló con Rosa, su esposa y confidente, y decidieron comprar la lancha para avanzar en eso que a él tanto le apasionaba, la navegación y la pesca deportiva. El río Paraná siempre sedujo a Carlos, desde chico, cuando su papá lo llevaba a pescar a la orilla.

Una tarde de domingo, cuando el sol empieza a bajar y los rayos se van quedando sin ganas de estar, Carlos tuvo una visita inesperada. Dos hombres, con marcado acento guaraní se acercaron y le empezaron a hablar de pesca y de las características de su lancha.

Hasta que llegó el ofrecimiento. Era buena plata y no se la podía rechazar. Lo único que tenía que hacer era cruzar a Paraguay en unos pocos minutos y traer una carga de unos 500 kilos con su bote. Eso sí, tenía que ser de noche, cuando hay menos movimiento y preguntar lo menos posible sobre el contenido del cargamento.

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TRATO HECHO. Esta vez, sin consultarlo con Rosa, Carlos aceptó el trato. La primera vez sintió una adrenalina que pocas veces había sentido en su vida. Iba solo, le cargaban el bote y volvía a orilla argentina con otros dos tipos que bajaban la mercadería. Eso era lo último que vería antes de recibir una buena paga y volver a su domicilio. Lo hizo varias veces más y su economía fue mejorando, la plata era bastante buena y el trabajo era poco, así que estaba muy conforme.

Una noche de esas en la que lo llamaban para trabajar, Carlos sintió una sensación rara, un presentimiento de esos malos, como sabiendo que algo iba a pasar. Salió al río con su bote, lo cargaron en Paraguay y cuando estaba a punto de llegar a la orilla sintió la voz de alto y la luz blanca que lo encandiló. Ahí lo entendió todo y ya era tarde.

Los navegantes que circulan por la hidrovía son tentados con grandes sumas de dinero para trasladar río abajo la marihuana que se produce en Paraguay. Aseguran que son 10.000 dólares que se pagan por un viaje y que el entramado del narcotráfico incluye a ciudadanos argentinos, brasileños y paraguayos.

Antes de cruzar la frontera, la marihuana se carga en canoas o botes de aluminio con motores de 20 hp. En una canoa grande pueden entrar dos toneladas sin que se vean. A razón de US$ 30 el kilo, son US$ 60.000 que salen de la costa paraguaya y se convierten en US$ 250.000 del lado argentino (US$ 125 el kilo).

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PROTEGIDOS POR LA OSCURIDAD. Son las cuatro de la madrugada y el bote cargado de Carlos se acerca silenciosamente a la costa. Grandotes, desesperados y armados con fusiles de guerra, dos hombres de entre 30 y 35 años arrojaron cientos de paquetes prensados a la espera de que la bendita Chevrolet S-10 gris continúe con la carga por vía terrestre.

Lo único que los podía delatar en esa noche cerrada era el débil ruido del motor y dos faroles blancos a medio encender. Decidieron ir despacio, lentamente, para no levantar sospechas. Iban tranquilos hasta que de una de las curvas las luces de una camioneta los encandilaron. Agentes de Prefectura les ordenaron que se detuvieran. Ávidos y sigilosos arrancaron a toda velocidad y se perdieron en la noche con la pesada carga.

Eran lugareños y lograron sacarle ventaja a los prefecturianos. La noche profunda y un frondoso campo yerbatero les sirvieron de escudo. No esperaron a que la S-10 se detenga y se tiraron casi en movimiento. La dejaron en marcha y con las puertas abiertas, para infiltrarse y perderse rápido entre los yuyos y en la espesura del monte misionero.

Después viene el resto, más de la historia repetida: 900 panes de marihuana incautados, producidos en una de las tantas zonas que tiene Paraguay y que tiene como destino los grandes centros urbanos. Más de 800 kilos que representan apenas el 10% de los que se incauta, porque el resto –aunque usted no lo crea– pasa de largo.

Son 500 metros de agua los que separan la costa argentina de la paraguaya, en algunos lados. Son 500 metros donde los canoeros cruzan la droga como changas. Un día son cigarrillos de contrabando, otros son armas y marihuana. Como sea, el narcotráfico y la corrupción no tienen límites. El paisaje los esconde y les permite avanzar, mientras las ciudades los reciben. ♣♣♣